La servidumbre (al-ˁubūdiyya)

Vocabulario del maestro Ibn ˁAǧība.

Traducción y comentario de El Mehdi Flores

La servidumbre es que mantengas el buen comportamiento (adāb) con tu Señor siendo consciente de la debilidad de tu humanidad.

Algunos sufíes han dicho: ‘La servidumbre es que honres las obligaciones estipuladas con Dios con pleno respeto aunque veas que es insuficiente por tu parte o también que abandones la elección del destino aunque para ti pueda resultante evidente o que te liberes de la ilusión de poseer fuerza, poder o capacidad de obrar sabedor de que Él te cuida y te abastece de sus mercedes’.

La definición más inclusiva de la servidumbre es la que dio Ibn ˁaṭāˀiLLah: ‘La servidumbre es guardar los principios revelados, cumplir con los compromisos con Dios, estar satisfecho con lo que se tiene y ser paciente por lo que se ha perdido’.

Lo que mejor puede aclararte qué es la servidumbre es que supongas que compras un esclavo con tu dinero. Tal como esperas que se comporte contigo así debes comportarte tú con tu Señor. Un esclavo no posee cosa ni bien alguno, ni siquiera es dueño de su vida y ante la absoluta dominación del señor carece de capacidad de obrar por su cuenta y de elegir. De lo único que se siente orgulloso es de poder llevar a cabo con esmero lo que su señor le ordena o prohíbe hacer. Si además es atento y solícito hará lo que le agrada al señor antes incluso que este se lo mande y entenderá los deseos de su amo al más mínimo gesto. Este es el comportamiento del esclavo servicial.

Dijo un vez Abu ˁAliy al-Daqqāq: ‘La servidumbre es más completa que el servicio divino. El primer grado es el servicio divino (ˁibāda), después viene la servidumbre (ˁubūdiyya ) y finalmente la servidumbre absoluta y total (ˁubūda). El primer grado es propio del común de los musulmanes, el segundo de los selectos y el tercero de los elegidos entre los selectos.

He de añadir que la servidumbre absoluta y total equivale a lo que en el capítulo relativo a la libertad denominamos «libertad obsequiada» por Dios.

Y Dios sabe más del asunto.

Comentario

La raíz semítica ˁbd posee los significados de ‘trabajar, servir, ser esclavo, consagrarse al servicio divino’ etc. En árabe aparece bajo las formas ˁabada, dar culto, adorar, servir, ˁibāda, servicio divino, ˁabd con los plurales ˁibād y ˁabīd, siervo, esclavo, adorador y derivados como ˁubūdiyya (servidumbre), maˁbad que significa lugar de culto, templo, santuario’ etc. Forma parte de muchos nombres propios que expresan consagración a una divinidad: ˁabdu-llah (siervo de Allah), ˁabdu-r-raḥmān (siervo del Misericordioso) etc.

En el Corán Allah califica a los hombres de ‘siervos’ mientras Él aparece como Señor (Rabb). Según Abu ˁAliy al-Daqqāq se dan tres niveles de servidumbre: la ˁibāda, servicio divino, que consiste básicamente en cumplir con el culto divino, es decir, la plegaria, el ayuno obligatorio, el pago del azaque etc. la ˁubūdiyya, objeto de la definición que nos ocupa y la ˁubūda, la servidumbre absoluta. Esta última equivale paradójicamente a la libertad denominada al-ḥurriya al-wahbiyya o libertad obsequiada al siervo por pura gracia. Y es que cuando el siervo abandona toda pretensión de poseer fuerza, poder o capacidad de obrar por si mismo (lā ḥawla walā quwwata illa bi-LLāh) y reconoce que solo pertenecen a Allah, entonces deja de actuar por si mismo y es Allah el que obra a través de él. Se produce entonces una unificación (tawḥīd) en la que el Señor y el siervo se funden en una biunidad, es decir, una unidad que, sin anular ninguna de las partes, funciona como un solo ser. Ibn Arabi compara este estado con un corazón que late con sus movimientos de sístole y diástole. El término biunidad define muy bien lo que representa el hecho de ser dos y uno al mismo tiempo. Esta paradoja se resuelve en un nivel superior de realidad en el que es posible la coincidentia oppositorum o coincidencia de los opuestos, nivel que es al que llamamos Allah. Los niveles de realidad ontológica, que Ibn Arabi llama ḥaḍra o presencia, no se anulan entre si, de tal modo que una ḥaḏra superior engloba a la inferior conservándola.

Henry Corbin (La imaginación creadora en el sufismo de Ibn Arabí) lo expresa de manera magistral: «Las múltiples formas sucesivas, con sus movimientos e iniciativas, sólo aparecen separadas del Único al estar veladas por un velo sin transparencia. Adquirida la transparencia, sabrás lo que son y por qué son, por qué hay unión y separación entre lo Oculto y lo Manifestado, por qué hay Señor y vasallo, Adorado y Adorador, Amado y Amante; por qué toda afirmación unilateral de una unidad que les confunda o de una separación que oponga sus dos existencias como si no fueran de la misma esencia, equivale a traicionar la intención divina y de ahí la Tristeza que en cada ser aspira a su distensión mediante la manifestación de Su secreto».

Nada de lo que existe puede dejar de existir, pues ‘Allah era al principio tal como es ahora’. Decir que el mundo fenomenal y temporal no tiene existencia es decir un verdad a medias. No tiene existencia propia, su grado ontológico es menor que el mundo superior, pero existe y gracias a ello podemos experimentarlo. Ibn Arabi pone el ejemplo del mundo onírico, mundo de los sueños, en comparación con el mundo de la vigilia. Decir que el mundo de los sueños es una ilusión no significa negar su existencia o que sea totalmente falso. Desde el mundo de la vigilia, sin embargo vemos los sueños como poseedores de menor ‘presencia’ (ḥaḍra), cosa que sucede con el mundo de la vigilia cuando se asciende a un nivel superior de conciencia.

Las personas que han experimentado una experiencia cercana a la muerte hablan de este nivel como de ‘hiperrealidad’. Un buen ejemplo de ello es el relato del Dr. Eben Alexander, profesor de la Escuela de Medicina de Harvard en su libro ‘La prueba del cielo. El viaje de un neurocirujano al Más Allá’ donde narra su experiencia cercana a la muerte:

‘Aunque no sabía dónde estaba ni lo que era yo mismo, había algo de lo que sí me sentía del todo seguro: el lugar al que había llegado de repente era absolutamente real. La palabra «real» expresa algo abstracto y resulta frustrantemente inadecuada para transmitir la idea que intento describir. Imagina que eres un niño y vas al cine un día de verano. Imagina que es una buena película y has disfrutado viéndola. Pero entonces termina y, junto con los demás espectadores, sales en fila del cine a la intensa, viva y acogedora calidez de la tarde estival. Y al respirar el aire de la calle y sentir los rayos del sol sobre ti, te preguntas por qué demonios decidiste desaprovechar un día tan hermoso sentado en el oscuro interior de una sala de cine. Multiplica esa sensación por mil y seguirás sin acercarte a la que me inspiró a mí aquel lugar’.

Lo espiritual es pues más ‘real’ que el mundo físico aunque a nuestra percepción pueda aparecer como ‘abstracto’, solo al despertar del sueño de la vigilia podemos comprobar nuestro error y ver este mundo físico como un sueño, tal como dijo el profeta Muhammad: ‘los hombres sueñan; cuando mueren despiertan’.

A Allah sabe más del asunto.