19 julio 2024
Editorial

Donde no hay realidad solo queda la palabra

Cuando no hay realidad queda sólo la palabra

Requiebros didácticos, postulados más o menos incisivos, afirmaciones que pretenden sobrepasar el mundo de lo racional, curiosamente sazonadas con el razonamiento más ralo y simple; dichos y respuestas apoyadas en el mundo de la lógica pretendiendo trascender el discurso con el discurso. Resumiendo, una llama que se consume a ella misma, que ni alumbra ni calienta.

Palabras, palabras, palabras… Hablar de lo espiritual y creerse lo que uno dice resulta ser una contradicción; ya que, por definición, aquello que no es material no puede ser designado con palabras, por naturaleza las sobrepasa, las trasciende.

Sí, los libros son las cenizas del conocimiento.

Los discursos enrevesados sobre la Haqiqa no tienen validez en ellos mismos; es como si un caminante se encontrara con unas matas de espinos que le cierran el camino, la emprende contra las matas, una a una, en lugar de apartarlas con sabiduría; se pincha, siendo los pinchos los discursos, y termina sangrando y desgarrando sus vestidos. En una frase: se enreda en lo superfluo.

La palabra, en lugar de elevar nos entretiene con las cosas de este mundo; las afirmaciones didácticas queriendo apuntalar la Verdad son como aquél que, ignorante, pretende acaparar el viento con sus manos, y una vez abiertas hacer creer que es el viento lo que de ellas sale.

La Verdad no tiene palabras, la Verdad o se conoce o no, no hay otra; y aquel quien la conozca no puede vehicularla por medio de las palabras sino en una infinitésima parte.

La Ḥaqiqa es un país elevado en el que no hay fronteras y en el que el permiso de entrada solamente se emite a personas muy específicas. Ellas han dejado la charlatanería, los discursos metafóricos, las alusiones, para zambullirse en el mundo de las realidades (ḥaqa’iq).

Di Allâh y déjalos en sus vanos juegos – dice el Corán

¿Puede un niño de 5 años describir la naturaleza de un acto sexual? ¿Puede un ignorante curar a un enfermo sin ser doctor? ¿Puede un ciego decirnos lo qué es el sol?

Lo mismo aquel que no se ha zambullido en el mundo de las realidades no puede ni debe referirse a ellas; esto, sinceramente, es una falta de honestidad; un atentado contra la Sabiduría. Y menos, pronunciando discursos razonados en los que uno intercala para auto justificarse palabras prestadas de gente de conocimiento.

No vive aquel que pide prestada la vida de otros. No sabe aquél que pronuncia palabras y citas ajenas.

La serenidad, la quietud del alma, es la única actitud capaz de absorber la Sabiduría; y cuanto más ella llega al corazón más se ilumina el interior. Podemos ver el fondo del mar cuando éste se encuentra sereno. Entonces se comprende que las palabras no llegan, que es delito hablar de lo que no se conoce y se siente; no queda otra que esperar el toque de gracia para ir más allá, y cuanto más lejos vayamos más luz habrá, y entonces veremos el mundo de las palabras como un pequeño universo de diretes y enredos, de va y viene ciego que no procede de fuente legítima sino de imitación de dichos mal comprendidos.

Es por todo esto que los maestros de todos los tiempos han llamado a este estado “Ḥaqiqa” (realidad espiritual). Ella se nutre de la luz, no de las palabras, de verdad no de la apariencia. Allí donde los espíritus llegan no pueden acceder los discursos. Allí el silencio el luz y la palabra vanidad.

Y es entonces que la Verdad se impone sobre la mentira, pues esta se encuentra destinada a desaparecer. Al igual que en la Ka’aba no podemos poner ídolos, en el mundo de las realidades no caben las palabras. Todo cuanto hablemos de la luz no será sino para describir el sol a un ciego; todo cuanto reseñemos sobre la Ḥaqiqa no será que un discurso cuyo referente se encuentra en otro mundo, y que jamás podremos encontrar en este.

Venimos de un mundo en el que solamente existían dos frases. La una pronunciada por Allâh (¿A lastu birabbikum – Acaso no soy Yo vuestro Señor?); la otra por nosotros (Bala’ – Sí). Y llegamos al mundo de lo manifestado, de las palabras, de la comunicación en el cual hablamos diez veces más de lo necesario. Con las palabras necesarias vivimos y adoramos, nos relacionamos; con las sobrantes complicamos lo fácil y nos apartamos de lo que realmente importa.