Ŷalal y Ŷamal – Belleza y rigor – Conciliación de antagónicos

Bismi-l-Lâhi-r-Rahmâni-r-Rahîm

Y la plegaria y la paz sobre la corona de los enviados, nuestro señor Muhammad

No realizamos descubrimiento alguno si aseguramos que este mundo sensible es la morada de los contrarios. Elevemos la mirada y contemplemos como cada acto de nuestra vida se encuentra limitado por valoraciones antagónicas, irreconciliables en la mayoría de los casos:

Placer-dolor, alegría-tristeza, bien-mal, amor-desdén, riqueza-pobreza, verdad-mentira, creencia-increencia, vida-muerte, halal-haram, etc

Infinito en Su gloria es Aquel que ha creado opuestos en todo lo que la tierra produce, y en los mismos hombres, y en lo que aún no conocen. (Corán: 36:36).

Y en todo hemos creado opuestos, para que tengáis presente que sólo Dios es Uno. (Corán: 51:49).

Mención especial estamos obligados a hacer a aquellos antagónicos reconciliables, pues ellos nos dan las claves de la existencia de una unidad englobante carente de toda oposición. Todas las dualidades, exceptuados “verdad-mentira” (pues la mentira es evanescente) o bien-mal (siendo esta última una consecuencia directa de la anterior), son conciliables cuando llegamos a la fuente de la cual emanan. Nuestra especial mención es para tres de ellas, las cuales, como tres estandartes luminosos en un mundo de oscuridad, nos mostrarán el camino de la resolución de nuestra visión dual de las cosas: “vida-muerte”, « masculino-femenino”, “belleza-rigor” (Ŷamal-Ŷalal), siendo a esta última a la cual vamos a dedicar nuestro análisis de hoy.

Si la vida y la muerte son conciliables en virtud de las palabras del Qur’an donde el Libro sagrado nos explica que Allâh hace salir la muerte de la vida y ésta de aquella, no menos conciliables son masculino-femenino, fuente de la continuidad de la creación y base del amor. Sin embargo, la dicotomía belleza-rigor, aparentemente irreductible, lo es, siempre y cuando ascendamos por los estados espirituales hasta el punto de llegar a conciliar sus términos dentro de nosotros mismos.

Pero: ¿qué es esto de belleza-rigor? ¿Por qué no belleza-fealdad? La belleza de la cual hablamos aquí, no puede ser contrapuesta a fealdad pues estamos hablando del sentido más completo del término belleza y no del específico que se refiere a la percepción sensorial. Belleza pues, es sinónimo de bienestar, alegría, placer, comodidad y otros, considerados mediante consenso como aspectos positivos de la realidad sensible y psíquica; siendo rigor lo contrario.

La dicotomía en cuestión puede ser aplicada a tres colectivos distintos: Los no creyentes, el común de los creyentes y la élite de los creyentes. Son estos en realidad los tres colectivos más reales que pudieran existir, ya que se corresponden, en gran parte de los casos, con los tres grupos definidos en la surat al Waqi’a (56): los compañeros de la derecha (aṣḥabu-l-yamin), los compañeros de la izquierda (aṣḥabu-š-šimal) y los aproximados (muqarrabun).

Para los no creyentes la belleza-rigor (la cual a partir de ahora llamaremos Ŷamal-Ŷalal) se manifiesta en el placer y la contrariedad. Para ellos, disponer de una buena salud, dinero y amor fácil es el resumen del Ŷamal; así como estar enfermos, ser pobres y esforzarse para vivir resulta ser el Ŷalal.

Para los creyentes ordinarios, Ŷamal no solamente significa bienestar, salud y dinero, sino que además podemos enumerar cosas tener una familia feliz, un buen o una buena esposo/a y el encontrar la dulzura de la fe del Islam en su corazón; mientras que tomarán por Ŷalal: la enfermedad, los problemas económicos, la desgracia en el matrimonio o en la familia o las faltas que nos separa de la religión de Allâh y entristecen el corazón.

¿Qué hay de todo esto para aquellos quienes se quieren acercar a Allâh por la vía del ‘Iman y del Iḥsan y desean alcanzar un maqam (estado permanente) de proximidad y amor a Allâh (subhanahu wa ta’ala – glorificado y exaltado)? Es este un caso en el que no se puede medir con la misma vara.

Efectivamente, nos encontramos frente a un universo totalmente diferente de todo lo demás. El  Ŷalal toma un protagonismo inesperado en la vía del tasawwuf. No olvidemos que los estados elevados del Iman son objeto, nada más ni nada menos que el “Ŷihad al-Kabir” (la Guerra santa Mayor) de la cual Rasulu-l-Lâh – sobre él la plegaria y la paz – hace mención en el ḥadiz: la guerra contra nuestras pasiones, arraigadas en nuestra alma como el bebé se encuentra arraigado al vientre materno del cual se nutre.

Si queremos avanzar en la vía del conocimiento, debemos saber primeramente cual es el camino; debemos someternos efectivamente a la Voluntad de Allâh. Dicho sometimiento, aunque se encuentren englobado en él las obligaciones y prohibiciones de la Ley revelada, debe ser total y no limitarse solamente a las indicaciones colectivas. Es un sometimiento individualizado, a medida de nuestra nafs. Debemos decir que a fin de garantizar dicha sumisión total, preludio de la suma extinción, tenemos necesidad de experimentar el Ŷalal.

 No nos queda sino Allâh para imponer el Ŷalal (rigor). Efectivamente; provisto que ninguna criatura tiene derecho a imponernos el rigor, es Allâh quien lo hace directamente. ¿Cómo? A través de todo aquello lo cual desagrada y repugna a nuestro nafs. El Ŷalal se manifiesta en forma de: dificultades reales, miedos, disgustos, pérdida de salud, problemas financieros, problemas familiares, pérdidas y/o contrariedades de todo tipo y muchas más cosas. No existe catálogo alguno, pues cada alma es distinta y cada una de ellas tiene sus puntos débiles; allá donde un alma es sometida otra se muestra rebelde y viceversa. Es así que el papel del maestro se consagra a ayudarnos a dar la respuesta debida a las vicisitudes que se presenten.

No obstante, los muchos momentos de Ŷalal se ven compensados con nubes del Ŷamal, las cuales llegan a compensar el rigor sufrido y a acariciar el alma del creyente a fin de que Allâh le muestre un preludio de Su Complacencia y Misericordia. Y aunque estos momentos son pocos, son, no obstante, suficientes para hacernos comprender que el sol ardiente del Ŷalal no puede llegar nunca a quemarnos del todo, puesto que su finalidad es educarnos y hacer de nosotros siervos sometidos. Por eso, y a pesar de todos los miedos de verse frente a un abismo desconocido y profundo y caer en él para nunca más volver, Allâh nos muestra su Ŷamal a fin de compensar. No en vano dijo al Šayj al-Alawi en una qasida a sus discípulos destacados:

Antum fi amani-l-Lâh (vosotros estáis en la seguridad de Allâh); y también esto otro:

Antum mulukul-l’ard min hayzu qurbihi (Vosotros sois los soberanos de la tierra en tanto os encontréis en la presencia de Allâh)

Sí: tenía razón el šayj: ¿Qué mejor soberano que aquél quien ha hecho del Ŷalal de Allâh su vestido y del Ŷamal su ornamento?

Efectivamente, el ˤabd se va acostumbrando al Ŷalal pues ve en él la prueba de la proximidad y el amor de su Señor. El Ŷalal nos ha educado, nos ha formado, cual soldados victoriosos capaces de presentarnos ante la puerta del palacio del Malik. Sin duda, el Malik (Allâh) nos recibirá con la mayor de las complacencias, cuando vea nuestros exquisitos modales fruto de una noble y sabia educación.

Nuestros vestidos estarán puros como la nieve, nuestros adornos serán los convenientes para la ocasión, pues ella lo merece.

Nos encontraremos pues ante aquella Presencia única donde Ŷalal y Ŷamal son uno, reconciliados en nuestro corazón desde el día en el cual el alma claudicó.

¡Oh alma pacificada, regresa a tu Señor complaciente y complacida! (89- 27 y 28)

Abdul Karim Mullor