13 abril 2024
Nuevos Musulmanes

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Abdul Karim Mullor

Ser li-l-Lâh

Continuando con lo que dijimos unos días ha, sobre la dificultad habida para discernir entre el Ego y el Nafs, habremos de decir primeramente, como ya lo expresamos antes, que la palabra Ego en su sentido etimológico no presenta en ella misma connotaciones negativas. Al contrario, algunos la han otorgado esta connotación de manera tan gratuita como injustificada, y de esta mala praxis han derivado palabras con connotaciones adversas como «egoísmo».

Ego significa “Yo”; y este “yo” es aquél que será recompensado o condenado en la otra vida; es más, este “yo” es nuestra esencia, nuestra personalidad, la que, una vez descubierta, se encuentra con la Personalidad de las personalidades, es decir la de Allâh, que no es otra que la ‘Ilahiya.

El “Nafs” es aquello en lo que hay que poner una atención especial. Ahora bien, no podemos identificar el “nafs” con el “yo” puesto que ese “yo” no podría existir sin ese soplo Divino que Allâh depositó en Adam – sobre él la paz – y por ende en toda la Humanidad.

Creo que esto deja bastante clara la diferencia entre el Ego y el Nafs que no es otra que la presencia directa del Espíritu en el primero, lo cual provoca que exista una personalidad eterna en cada uno de nosotros.

En la Surat Yussuf, se dice que el Nafs tiende al mal, no que el Hombre (el Yo) tienda al mal.

Esta personalidad implica directamente una responsabilidad “amana”, la cual astutamente quiere ser eludida por doctrinas sibilinas como la del Budismo, que curiosamente se escapa de la responsabilidad negando la personalidad a fin de liberarla de las obligaciones necesarias que Allâh nos ha impuesto. Este hecho hace de estas doctrinas exactamente lo contrario de lo que es el Sufismo, siendo que quien subyace detrás de ellas no es otro que el Daŷŷal, como es en el caso del Buddismo o Belcebú en las doctrinas masónicas del perennialismo y otras.

Tampoco podemos confundir el «yo» con la «consciencia». Pues aquello de lo que somos conscientes de nosotros mismos no es nuestro yo, no es nuestra personalidad. Por este motivo el Profeta – sobre él la plegaria y la paz – vincula el conocimiento del Señor al de nosotros mismos; siendo pues que nuestro «yo» no es lo que sentimos que somos, sino lo que somos en realidad, lo conozcamos o no.

Sobra decir que aquel pretendido sufí que considere que en esas doctrinas sucedáneas hubiera algo de espiritualidad, debe renunciar a llamarse sufí, pues este nombre le viene demasiado ancho, encontrándose en un estado de confusión total como el mismo confiesa, sin saber distinguir lo que viene de Allâh y lo que viene del mal; pues no saber reconocer donde está el arte de Harut y Marut es una prueba clave de su falta de discernimiento. Curioso estado este que muestra, una vez más, la confusión de muchas almas, que, por otra parte se destacan por una curiosa avidez por “tener sin trabajar”; y que por otra parte dicen que el Ser humano “no es” para darse la libertad de hacer todo cuanto uno quiera. Ni tan siquiera el espíritu anarquista de Bakunin pudo llegar a un tal grado de caos.

Así pues, el Ego es la Personalidad, lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos. Muhammad – sobre él la plegaria y la paz – es Muhammad, Abu Bakr es Abu Bakr, Umar es Umar, ˤAli es ˤAli, siempre lo serán y nunca en toda la Eternidad dejarán de serlo. Nosotros somos nosotros, y al igual que ellos nunca dejaremos de serlo por toda la Eternidad.

¿Qué es entonces aquello que muere objeto del hadiz: “Morid antes de que os llegue la muerte”? ¿Qué es lo que se extingue cuando nos extinguimos?

Ni muere el “yo” ni se extingue. Muere la voluntad personal, muere nuestro querer, muere lo que nos separa de Allâh, muere la mentira para dejar paso a la Verdad; muere lo que creemos ser para dejar paso a lo que realmente somos. Y cuando muere la propia voluntad es entonces que se cumplen las Palabras divinas según las cuales Allâh se convierte en la mano con la que tomamos, el pie con el que marchamos, la lengua con la que hablamos…

El mensaje astuto de decir que “no somos”, no es otra cosa que el vehículo de las sombras que busca inutilizar en el creyente las armas benditas para combatir el mal. Si no somos entonces ¿para qué obrar? ¡Ese es el mensaje propio del Daŷŷal! Este cura viejo, con el ojo derecho como una uva, ciego además de ese ojo, nos quiere engañar trayendo un fuego detrás del cual hay agua refrescante y un agua detrás del cual no hay otra cosa que fuego, tal y como dice el hadiz. “No hagas nada, duerme, levita, concéntrate en el vacío, no seas” – eso dice el Daŷŷal. Porque si tú no eres, será él entonces quien ocupe tu lugar, y serás el esclavo sometido a sus órdenes pensando que nada importa porque nada eres. Y tú, que tan inteligente crees ser, has caído bajo el auspicio del ojo tuerto y deforme de este engendro de humano que con su locuacidad convence a los débiles.

La susodicha “sabiduría oriental”; esa «espiritualidad» baldía, no es otra cosa que el arte de Harut y Marut vestido de naranja o de amarillo; es la negación de la Verdad, de lo Eterno, de lo consistente, de lo Real.

Resumiendo con una palabra: “Somos”. Sí, hermanos/as, somos, gracias a Allâh que somos. Pero los verdaderos creyentes, quiera Allâh que nos encontramos entre ellos “somos li-l-Lâh” (somos para Allâh).