Siguiendo el mundo de las sombras

Abdul Karim Mullor

Siguiendo el mundo de las sombras

¿Acaso este mundo en el que vivimos, actuamos y pensamos no es el mundo de las sombras?

¿Qué es una sombra? Es un reflejo de un objeto que la luz imprime sobre una superficie determinada. El objeto tiene su propia realidad y vida, la sombra no. Ella es una copia empobrecida del cuerpo que la da vida. Cuando vas a acariciarla ves que no existe. Si el objeto principal se mueve, ella también; si él queda inmóvil, ella también lo está.

Somos una sombra de lo que somos, de nuestra propia realidad. Pero el ojo no se puede ver a él mismo, ve nuestra proyección, y eso es lo que llega a comprender.

Corremos, no detrás de los objetos, sino detrás de sus sombras, porque nuestra consciencia no llega a visualizar la realidad.

Durante el día, tal y como lo vivimos, solamente hay un momento en el que no hay sombras, y dicho instante coincide con el Zenit, es decir, con la máxima intensidad de luz solar. Porque al final todo es luz, y es en ese momento en el que la realidad se presenta en todo su esplendor.

Todo cuanto acabamos de explicar se refleja en el Tiempo. Si somos adecuadamente inteligentes, comprenderemos que no hay un instante al que podamos aislar diciendo que es el Presente. Al igual que existe un solo momento en el día en el que no hay sombra (el Zenit), asimismo el Presente, que no es sino la huella de la Eternidad en este mundo. Luz y eternidad. El mundo se reduce a una expresión de la una y de la otra. ¿Quién puede comprender esta realidad?

No queremos decir de manera absoluta que este mundo no posea una realidad; la tiene. No obstante, su verdadera forma, su verdadero aspecto no coincide con lo que lo que podamos observar y conocer de él. Se trata de una realidad condicionada y englobada en otra de la cual es una sombra o una imagen impresa en un espejo. La sombra y la imagen se refieren a y dependen del objeto real, pero ellas no son, en ninguna manera, la realidad representada en ellas.

Así ocurre con el Ser humano. Como tal, posee una realidad que alberga todas las posibilidades, así como las facultades potenciales que se encuentran en él. No obstante, cuando esa realidad toma un cuerpo y queda contenida en él, refleja solamente algunas de las cualidades que se encuentran vinculadas a su naturaleza original.

Un hadiz dice:

El creyente es el espejo del Creyente.

Es decir, el verdadero creyente es el reflejo de Aquel de cuyos 99 Nombres, El Creyente es uno de ellos.

Dicho reflejo se efectúa solamente en el verdadero creyente, pues este es el único que, de una manera o de otra, partió de ser una sombra para ir constituyéndose, poco a poco, en realidad; es decir, se va encontrando y conociendo a él mismo.

Si, como hemos visto, El creyente es el espejo del Creyente, debemos comprender que la imagen solamente refleja algunos aspectos de la Realidad. En este caso, la realidad es Allâh manifestando Su Nombre “El Creyente”. En la imagen, que es el verdadero creyente, solamente se reflejan aspectos externos de la Realidad, que es Allâh en tanto que El Creyente”. El contenido por tanto es imposible que podamos ir a encontrarlo en el espejo.

Es así, descendiendo de una realidad a la otra, que el hombre que camina y actúa por este mundo. Él no llega a ser sino una sombra del verdadero creyente. Si despierta, adquiere la Ciencia y es lúcido con respecto a su verdadera naturaleza, entonces, y solamente entonces, conseguirá ser consciente de su propia realidad esencial.

Son niveles de luces y de realidad. El versículo de la luz comienza como sigue:

Allâh es la luz de los cielos y de la tierra…

Esta luz es asimismo discernimiento. Aquello que nos ayuda a separar unas cosas de otras, así como, en una mayor escala de importancia, unas realidades de otras.

La falta de discernimiento podemos llamarla asimismo, ausencia de consciencia. El discernimiento no ha llegado entonces a iluminar la consciencia, quedando así nuestro ser en las sombras de la ignorancia.

Todo esto entronca con la aleya que habla del Ser humano como siendo precipitado.

El hombre pide el mal de la misma manera que pide el bien, el hombre es siempre precipitado. (17-11)

Y esta precipitación no puede venir de otro lugar que de la triste oscuridad de la  ignorancia.