Significado de la Futuwwa IV – Fernando Mora
La futuwwa es también la luz del sendero malamī de abnegación y de defensa de los desprotegidos (malamī es un término muy importante en la espiritualidad islámica que denota la presencia del santo que se hace pasar por una persona ordinaria). El caballero siempre se pone del lado del más frágil, y, si la situación lo requiere, también él se hace pasar por débil y desprovisto de toda riqueza espiritual o cualidades reseñables, lo que suele ser la norma de conducta que caracteriza a los malāmiyya. Desde la perspectiva malāmiyya, la futuwwa, tal como la definió Abū Hafs, consiste en ser recto sin creerse por ello con derecho a dar lecciones al prójimo. El éxito en esta misión se alcanza en el momento en que el buscador no tiene ya miramientos hacia su propio «ego» ni hacia el del prójimo, sino que dirige toda su himma, hacía Dios únicamente. Para Ibn ʿArabī, el malamī (palabra que emplea con preferencia a malamati) es el que, después de haber alcanzado el conocimiento divino, ha llegado al estado de pura servidumbre en la que ya no tiene ningún miramiento sobre sí mismo. Afirma el Šayj: «No hay nadie, salvo ellos (los malāmiyya), que haya alcanzado los grados de la futuwwa y de la excelencia del comportamiento con Dios…».
Otra historia que nos muestra las alta virtud y la extrema humildad de los auténticos caballeros espirituales dice así:
Se cuenta que un grupo de jóvenes caballeros visitó a alguien que reivindicaba [seguir el código] de la caballería espiritual, y el anfitrión dijo [a su sirviente]:
–Muchacho, trae la mesa para servirles [de comer].
Pero él no se movió. El dueño de la casa se lo repitió una segunda vez, y luego una tercera. Entonces [los visitantes] se miraron unos a otros diciendo:
–No es propio de la caballerosidad que este hombre utilice los servicios de alguien que lo desobedece cuando le pide poner la mesa, ¡sobre todo de esta forma pertinaz.
–Por qué te demoraste en traer la mesa? – le preguntó el hombre a su sirviente luego de que sirviera la comida.
–Había –respondió el joven– una hormiga sobre ella y no es de buena educación (ādab) poner a los caballeros una mesa con hormigas, y [además] no es propio de la futuwwa expulsar a una hormiga de la mesa, por tanto me retrasé hasta que ella se fue [por sí misma].
–¡Has sido muy preciso y delicado –señalaron los visitantes al escuchar esas palabras–, muchacho! Como tú lo haces, así se sirve a los caballeros.
Este relato contrasta con uno muy similar que nos propone Ibn ʿArabī en los capítulos de las Futūḥāt al-makkiyya en los que aborda el tema de la futuwwa, si bien él lo explica –como tendremos oportunidad de ver– con otros matices. Por otro lado, este relato aparece, como veremos, en otros autores sufíes.
Se ha identificado la caballería espiritual con el camino de la «amistad divina», queriendo decir con ello que esta empresa –insistamos en ello– poco tiene que ver con la guerra sino más bien con la paz y, sobre todo, con la paz con uno mismo. Al igual que ocurre con la alquimia, que es una ciencia interior que aspira a transformar el plomo del estado egoico en el oro del estado espiritual, la futuwwa es un sendero de combate contra el propio ego, que poco tiene que ver con la lucha exterior, aunque, sin duda, también ha habido personas espirituales que no desdeñan ese tipo de lucha cuando esta se torna imprescindible para defender el derecho de los más débiles.
«Futuwwa es estar de parte de tu Señor y en contra de tu ego», escribía el famoso santo del siglo ix Muḥammad at-Tirmidhī. En cuanto a la armonía de lucha exterior y de actitud interior, es interesante y muy ilustrativa el siguiente par de anécdota, que tiene por protagonista ʿAlī ibn ʿAbī Ṭālib, más conocido como simplemente ʿAlī, símbolo supremo de los fityān, cuarto califa y primo y yerno del Profeta puesto que estaba casado con su hija Fātima, y que nos transmite que la caballería espiritual poco tiene que ver con la violencia sino que es un estado netamente interior.
En una batalla, ʿAlī había vencido a un guerrero enemigo y tenía su espada en la garganta del hombre, cuando el no creyente le escupió en la cara. De inmediato ʿAlī se levantó, envainó su espada y le dijo al hombre:
–Quitarte la vida es ilegal para mí. Vete.
El hombre, que había salvado su propia vida escupiendo en la cara del venerado ʿAlī, se quedó asombrado.
“Oh ʿAlī –preguntó el hombre–, me encontraba indefenso, estabas a punto de matarme, te insulté y me liberaste. ¿Por qué motivo?
–Cuando me escupiste a la cara –respondió ʿAlī–, ese acto despertó la ira de mi ego. Si te hubiera matado, no habría sido por el bien de Allāh, sino por el bien de mi ego. Habría sido un asesino. Eres libre de irte.
El guerrero enemigo, conmovido por la integridad mostrada por ʿAlī, se convirtió al islam en el acto.
Otra anécdota, muy similar a la anterior, recoge lo siguiente.
ʿAlī se encontró con un joven y apuesto guerrero que se dispuso a atacarle. Su corazón se llenó de piedad y compasión hacia el joven descarriado.
–Oh joven, ¿no sabes quién soy? Soy ʿAlī, el invencible. Nadie puede escapar a mi espada. Huye y sálvate –le gritó ʿAlī.
El joven continuó andando hacia él, espada en mano.
–¿Por qué deseas atacarme? –preguntó ʿAlī–. ¿Por qué deseas morir?
–Amo a una joven que juró que sería mía si te mataba –respondió el joven.
–Pero, ¿y si mueres? –volvió a preguntar ʿAlī.
–¿Qué hay mejor que morir por la persona que amo?– respondió él–. En el peor de los casos, ¿acaso morir no me aliviaría de las penas del amor?
Al escuchar esa respuesta, ʿAlī dejó caer la espada, se quitó el casco y extendió la cabeza como un cordero de sacrificio. Confrontado por tal acción, el amor hacia la joven se transformó en amor por ʿAlī y por Aquel a quien ʿAlī ama.
Este poner a los demás por encima de uno mismo no sólo es el método idóneo para vencer las trampas de nuestro ego, sino que recuerda intensamente a la obra de los bodhisattvas en el budismo mahāyāna, quienes se plantean este mismo cometido como principal camino hacia la salvación, renunciando a su propia iluminación hasta que todos los seres sintientes no alcancen la liberación del sufrimiento.
Y ya para concluir este apartado, quisiera citar otra edificante historia que nos transmite el genuino sabor de este sendero espiritual. Se cuenta que un hombre se quedó dormido en [la mezquita de] Medina [la ennoblecida] durante la peregrinación, y [cuando despertó] pensó que le habían robado su bolsa. Salió y se encontró con Ŷāfar As-Ṣādiq [a quien no conocía] y entabló conversación con él. Le preguntó:
–¿Tú has tomado mi bolsa? –le preguntó.
–¿Qué había en ella? –preguntó [Ŷāfar].
–Mil dinares –respondió el hombre.
Entonces Ŷāfar lo llevó a su casa y pesó para él mil dinares [que le entregó]. El hombre volvió a su albergue, y encontró allí la bolsa que supuso le habían robado [pues generalmente la llevaba consigo]. Entonces salió rápidamente, dirigiéndose a la casa de Ŷāfar para disculparse y devolverle los dinares. Pero él se negó a recibirlos diciendo:
–¡No recupero algo que he dejado salir de mis manos.
–¿¡Quién es ese!? –preguntó el hombre posteriormente.
–Ŷāfar As-Ṣādiq –le respondieron.
Ŷāfar As-Ṣādiq (702-765) fue el sexto imán de la rama chií del Islam. Pasó la mayor parte de su vida en Medina, siendo conocido por su sabiduría y enseñanzas religiosas tanto entre chiíes como sunníes.