7 octubre 2026
Sufismo

Significado de la Futuwwa III – Fernando Mora

Como hemos indicado, el caballero espiritual es, atendiendo a la etimología del término árabe, el joven por excelencia, si bien no en un sentido temporal sino en un sentido espiritual. Este término se refiere, en origen, al ser humano que se halla en plenitud de sus fuerzas y facultades, estando dispuesto a sacrificarse por su prójimo en aras del bien común. Por ese motivo, si bien el término fatā se refiere en estricto sentido a la juventud temporal, también se aplica al adulto que se halla en plena posesión de sus facultades físicas, mentales y espirituales. Debemos entonces interpretar dicha «completud» no tanto como una cualidad relacionada con la juventud cronológica sino como una categoría iniciática.

El fatā también es «el que va delante», el «primero», «el que abre» la marcha. En relación con lo anterior, otra palabra árabe vinculada a este término es la de al-Fātiḥa (La-que-abre), referida, como sabemos, a la azora que inaugura el Corán. En ese sentido, fatā es, insistimos en ello, el que siempre inaugura la marcha o se adelanta tanto en la batalla como en cualquier otro aspecto de la vida. Como ocurre, por ejemplo, con la misma Fātiḥa, que antecede al Corán y de la que, según se explica, contiene en esencia todo el Libro sagrado.

Recordemos asimismo la aparición que, en el año 1204, se manifiesta a Ibn ʿArabī mientras lleva a cabo el tawaf, la circunvalación ritual alrededor de la Kaaba, donde se le aparece un joven caballero (fatā) en cuyo cuerpo lee de manera sintética y simbólica los entresijos de las Futūḥāt al-makkiyya, una de sus más voluminosas obras maestras. Este joven caballero es una expresión del espíritu divino, cuya juventud, belleza y luminosidad externas no son sino un reflejo de su perfección espiritual interior. De este «joven eterno», como lo califica el Šayj, nos dice: «no está ni vivo ni muerto, [es] el compuesto simple, el envolvente y lo envuelto […], el conocimiento, lo conocido y el conocedor». La palabra Futūḥāt está relacionada con el término fatā en el sentido de apertura y, por ese motivo, muchas veces se traduce el título árabe de la obra como «Las aperturas de La Meca» (al-Futūḥāt al-makkiyya).

En el contexto del islam, el profeta Muḥammad es el modelo supremo de generosidad, altruismo y caballería espiritual, puesto que, como hemos indicado antes, en el Día de la Resurrección, hablará en favor de los resucitados y, según se afirma, todo aquel que tenga un mínimo rastro de fe en su corazón será salvado del Fuego. Sin embargo, el Profeta no satisfecho con lo anterior continuará diciendo: «¡Mi comunidad, mi comunidad!», hasta que todos los seres se vean liberados del castigo eterno. Las palabras precedentes nos transmiten la idea de la suprema magnificencia de Muḥammad –una de las cualidades de la futuwwa–, quien en lugar de procurar la salvación para sí mismo, sólo pensará en el bien común. Obviamente, las palabras «mi comunidad» se refieren, según Ibn ʿArabī a todos los seres con independencia de que sean o no musulmanes, algo que no siempre es fácil de aceptar por las personas que anteponen la letra muerta al mensaje vivo de la misericordia infinita.

         A partir del siglo ix, la futuwwa comienza a aludir a dos realidades complementarias aunque distintas. La primera de ellas es de orden netamente espiritual, mientras que la segunda (que no está desconectada completamente de la primera) se halla ligada a los gremios u oficios. La confluencia entre las dimensiones exterior e interior de la naturaleza y la actividad humana no debe sorprendernos desde un punto de vista islámico, pues es sabido que en el islam no existe ese tipo de separación flagrante entre mundano y espiritual. Siempre que es posible los grandes santos participan decididamente de la vida social, contrayendo matrimonio, teniendo hijos, desempeñado distintos trabajos, etcétera. En mi opinión, este es uno de los rasgos distintivos de la revelación islámica, es decir, la no separación entre las dimensiones sagrada y, supuestamente, mundana de la existencia. Son muy interesantes y acertadas las ideas del historiador Américo Castro (1885-1972) sobre este particular, lo que conduce, en palabras de Castro, a «la integración de la conciencia con la totalidad de la persona y las circunstancias que la rodean». Américo Castro explica que la concordancia entre exterior e interior, entre eventos cotidianos y vivencia íntima, hace que la realidad se «animice», lo impersonal se personalice y nada sea completamente ajeno al sujeto experimentador. Y esta es también una de las cualidades de la futuwwa, es decir, espiritualizar cosas que, a primera vista o con una mirada superficial, nos parecerían mundanas.

A pesar de que muchos autores sostienen que la futuwwa comienza con el profeta Adán, no son menos los que declaran que, en el islam, el linaje de la caballería espiritual se remonta al profeta Ibrāhīm, quien porta en ocasiones el sobrenombre de «destructor de los ídolos». El hecho de que se tenga a Ibrāhīm por el primer caballero viene dado porque el Corán se refiere a él de ese modo (21:60). Por otro lado, el apelativo de «destructor de los ídolos» le es otorgado a Ibrāhīm porque, cuando el pueblo de Israel se encontraba confinado en Babilonia, este profeta rompió en añicos con su bastón los ídolos a los que las gentes rendían adoración, lo cual le granjeó la condena a muerte por parte del rey de la que escapó milagrosamente, pues en el momento de su ajusticiamiento, las llamas que debían consumirlo se transformaron en un fresco jardín. Recordemos el jardín entre las llamas del famoso poema akbarí («Mi corazón es capaz de adoptar todas las formas»), el número 10 u 11 (según se contabilice o no el poema introductorio de la colección), del Tarŷumān al-ašwāq (El intérprete de los deseos ardientes), que en sus versos hace alusión a este hecho: «¡Qué maravilla un jardín/ en medio de tantos fuegos!» Esta confluencia de frescura y sequedad, también nos indica alegóricamente que en el instante en que se trascienden cualquier tipo de ídolo (espiritual, mental y material) se alcanza la llamada «unión de contrarios» (al-yamʾ bayna l-addād), una figura alquímica muy querida también por Ibn ʿArabī. Podría decirse que el objetivo de cualquier sendero espiritual se cifra, a la postre, en alcanzar dicha confluencia de opuestos.

Insistiendo en esta idea, Abū al-Qāsim al-Qushayrī (m. 1074 d.C.), en su célebre Risālah, define el término fatā del siguiente modo: «El fatā es el que rompe el ídolo», añadiendo: «Y el ídolo de cada hombre es su ego». No debemos olvidar esta formulación, máxime teniendo en cuenta que esta es una empresa netamente espiritual, si bien el ego es capaz de adoptar los disfraces más sutiles y sofisticados, incluido, paradójicamente, el atractivo y deslumbrante disfraz de la espiritualidad.

Lo anterior viene a colación porque en numerosas ocasiones se relaciona casi de manera exclusiva la caballería espiritual con una empresa exterior, propia de la vida militar. Nada más contrario a la realidad, la futuwwa es principalmente una disciplina netamente interior e íntima que tiene su reflejo y confirmación en el tipo de relaciones que establece la persona que se halla en la vía del conocimiento. El comentario de al-Qushayrī también es pertinente porque las trampas en el camino espiritual son extremadamente sutiles y difíciles de sortear.

Al ser Ibrāhīm el primero en recibir la designación de caballero en el Corán –es decir, el nombre de fatā–, eso lo convierte, sin duda, en el modelo de todos los que aspiran a hollar este sendero. Desde la época de Ibrāhīm, la caballería espiritual ha florecido tanto de manera abierta como en secreto en los lugares más insospechados.

Como decíamos antes, la denominación de fityān (pl. de fatā) se aplica asimismo a los Compañeros de la Caverna (aṣḥāb al-kahfi) (18:9-26), quienes, huyendo de la idolatría de su pueblo y de las persecuciones religiosas auspiciadas, según algunos comentaristas, por el emperador romano Dacio (que reinó entre los años 249-251 d.C.), se vieron sumidos en un profundo sueño, en el interior de una cueva, del que no despertaron, de acuerdo al relato de algunas crónicas, hasta transcurridos aproximadamente trescientos o trescientos nueve años, según se compute el tiempo con el calendario solar o el lunar. De acuerdo con la versión cristiana de la historia se dice que estos jóvenes eran siete cristianos de Éfeso –acompañados de su perro llamado Qiṭmīr o al-Raqim– que huían de la persecución propiciada por el emperador, aunque según la transmisión coránica su número no se conoce con exactitud. De hecho, el Corán baraja varias cifras: «Unos dirán: “Eran tres, cuatro con su perro. Otros dirán: Eran cinco, seis con su perro”, conjeturando sobre lo oculto. Otros dirán: “Eran siete, ocho con su perro”. Di: “Mi Señor sabe bien su número, sólo pocos les conocen”» (18:22). En cualquier caso, los jóvenes de esta historia eran, en buena medida, similares a Ibrāhīm, en el sentido de que su creencia en Allāh no admitía concesión alguna, lo mismo que su rechazo a unirse a las prácticas idólatras prevalecientes en la sociedad de su época.

Como hemos visto, el espíritu de la futuwwa se pone de manifiesto también en la protección que José brinda a la reputación de Zulayka, esposa de Putifar y a pesar de las insinuaciones sexuales de esta y que terminaron con José encarcelado por orden del marido. En Corán 12:30, se hace referencia a José como fatā. El uso de este término es importante en las discusiones sobre la futuwwa, significando algo más que simplemente «un joven», refiriéndose en cambio a una persona virtuosa, es decir, poseedora de futuwwa. De hecho, en su comentario del mencionado pasaje, Ibn ʿArabī utiliza la palabra futuwwa para designar de ese modo algunas de las acciones de José.

Otro término que el estudioso francés Henry Corbin relaciona con este concepto es el de fiṭra, relacionado con la naturaleza primordial del ser humano o su dimensión luminosa dado que la futuwwa es fidelidad al pacto eterno establecido entre Dios y las criaturas antes de que estas ingresen en la corriente del devenir, mencionado en la siguiente cita coránica: «Y sacó de los riñones de los hijos de Adán a su descendencia y les hizo atestiguar contra sí mismos: “No soy yo vuestro Señor”. Dijeron: “¡Claro que sí, damos fe!”» (7:172). Desde este punto de vista, la iniciación a la futuwwa consiste en revitalizar la propia fiṭra o disposición natural mediante la renovación constante del pacto original con Dios, es decir, del reconocimiento de quién es el Señor de los universos.

El término árabe fiṭra es un tema muy tratado en el pensamiento islámico. Los lexicógrafos árabes presentan un significado bastante amplio e interrelacionado de su raíz trilítera f-ṭ-r, a saber, partir, escindir, agrietar, hacer surgir, producir y crear. Cuando se aplica a objetos como el camello, la arcilla o la masa, el verbo significa ordeñar, presionar y apretar para liberar o hacer salir algo. En el Corán, aparece varias veces en el sentido de «crear» o «constituir», mientras que su forma de participio activo se utiliza en ocasiones para referirse a Dios como «creador» (fāṭir) de los cielos y la tierra. En definitiva, la fiṭra es una luz que brilla en lo más profundo del ser humano, aun cuando se halle cubierto con los velos de las pasiones y el olvido. En ese sentido, la futuwwa crea las condiciones adecuadas para disipar ese olvido y permitir que la luz del espíritu brille sobre la oscuridad del mundo. El objetivo de la futuwwa estriba en conseguir que se actualice el potencial de la naturaleza primordial, de acuerdo a la cual todos hemos sido creados y que supone el reconocimiento de la presencia divina. Todos somos creados a partir de ese reconocimiento que luego se ve eclipsado por nuestra entrada en el mundo de las apariencias.

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