Significado de la Futuwwa II – Fernando Mora
Continuación
Los miembros de la futuwwa debían respetar el código de honor y manifestar generosidad, solidaridad, valor y hospitalidad hacia los otros miembros de su grupo, virtud esta última no necesariamente aplicable a la sociedad en general.
Los grupos de futuwwa eran por lo general urbanos, constituidos por jóvenes probablemente que formaban asociaciones no demasiado numerosas. Algunos vivían separados en casas club especiales, con los novicios bajo el cuidado y disciplina de los superiores. Cada casa club (bayt) se distinguía de las demás por una creencia u opinión particular y a menudo había animosidad entre los grupos. Las casas se subdividían en partidos (hizb, pl. azhab), cada uno bajo la supervisión de un anciano (kabir) con el que los miembros mantenían un vínculo mutuo. Los miembros o compañeros (sing. rafiq) tenían el máximo respeto por el kabir, que supervisaba su comportamiento y dirimía las disputas entre ellos. Si los compañeros no estaban de acuerdo con el kabir, podían mudarse a otra casa.
En este mundo cambiante, las órdenes futuwwa ofrecían un nicho a los hombres carentes de estatus social o de prestigio genealógico. Al hacer hincapié en las cualidades personales como criterio de nobleza, y no en el parentesco tribal, el linaje familiar y religioso o el prestigio militar, las organizaciones futuwwa proporcionaban a los individuos marginales vínculos sociales que traspasaban las fronteras de clase y religión.
Como parte de su programa para revitalizar el califato ʿabbāsida, ante las amenazas militares y la competencia por el liderazgo, el califa An-Nāṣir li-Dīn Allāh utilizó la futuwwa como mecanismo para inculcar lealtad al califa. Este se hizo miembro de un grupo futuwwa de Bagdad y, en el año 1207, se proclamó jefe de todas las organizaciones futuwwa de la ciudad y de todo el mundo islámico. Creó una versión elitista y cortesana de la caballería espiritual con ciertos privilegios, prohibió la cría de palomas y el tiro con ballesta salvo bajo sus auspicios, y promulgó decretos que establecían el comportamiento adecuado de los miembros. Como jefe de la futuwwa, an-Nāṣir utilizó los códigos de conducta de la caballería espiritual para reducir los conflictos endémicos en Bagdad y, tras iniciar a los gobernantes vecinos en la orden, también para forjar lazos diplomáticos entre las dinastías locales y él mismo.
Las nuevas normas vinculadas a la tradición fueron legitimadas por ʿUmar al-Suhrawardi (1145-1234), confidente de an-Nāṣir y fundador de las órdenes sufíes pragmáticas, y por Ibn al-Miʿmar (m. 1248), cuyo Kitāb al-Futuwwa fue escrito para proporcionar a los interesados información relativa a la caballería espiritual, subrayando que esta estaba incorporada a la šaʿria, y que sólo un verdadero creyente puede ser fatā. Los defensores de la futuwwa vinculaban de manera decidida y abierta los ideales de la caballería espiritual con la poesía preislámica, el Corán y los hadices.
Volviendo a los posibles sentidos de la palabra futuwwa, esta designa en árabe, como sabemos, aquello que traducido libremente al castellano suele verterse como «caballería espiritual», siendo un término que tiene su correspondencia en el idioma persa, donde se dice javānmardī, el cual entraña, entre otros significados relacionados con las actividades «caballerescas», el de altruismo o generosidad, un sentido como veremos nada desdeñable. Tanto en la tradición árabe como en la persa se trata asimismo de una noción relacionada con el concepto de «juventud»; de ahí que en árabe exista una palabra de la misma raíz que designa al joven (fatā; pl. fityān), aunque no con un mero sentido cronológico, sino recogiendo el significado metafísico de que, con independencia del momento temporal en que se encuentre, la entidad siempre es enteramente nueva y se halla, por así decirlo, en el principio de su devenir –como si fuese creada de continuo–, de igual modo que el sabio contempla la realidad con ojos nuevos, como si siempre estuviese recién estrenada, o, dicho de otro modo, como si la realidad fuese siempre ahora. Este último concepto nos sugiere la célebre frase del cristiano san Gregorio de Nisa (335-400 d.C.), quien declara: «El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo por comienzos que no tienen fin». En cualquier caso, la definición exacta del concepto de futuwwa todavía sigue siendo objeto de debate en la actualidad.
De ese modo, el origen de la futuwwa como disciplina caballeresca y espiritual se remonta muy atrás en el patrimonio histórico del mundo musulmán. Sus raíces remotas están representadas por el fatā preislámico, modelo ideal del hombre libre (hurr), el caballero noble, virtuoso, generoso, indulgente, valiente, sabio, firme y defensor de los débiles, del cual el caballero preislámico, al que Ibn ʿArabī, dicho sea de paso, remonta su propia genealogía, es Ḥātim bin ʿAbdallāh bin Saʿd aṭ-Ṭāʾiyy (m. 578), figura paradigmática y modelo de generosidad. Otros caballeros preislámicos son ʿUrwa Ibn al-Ward (540-607 d.C) y Imruʾ al-Qays (501-544 d.C.). Estos personajes históricos manifiestan muchas de las cualidades que posteriormente caracterizarían a los caballeros espirituales.
La palabra fatā y su plural fityān son mencionadas varias veces en el Corán, y aún de manera más prolija en la tradición profética (ḥadīth). El Corán, por ejemplo, refiriéndose a Ibrāhīm lo designa como «joven»: «Hemos oído a un joven (mozo) llamado Abraham que habla mal de ellos (ídolos)» (21:60). Asimismo: «Cuando los jóvenes, al refugiarse en la caverna dijeron “¡Señor, concédenos una misericordia procedente de Ti» (18:10-13). También en el viaje de Moisés hasta la confluencia de los dos mares: «Le dijo al joven: trae la comida, que nos hemos cansado con este viaje» (18:60-62). Y refiriéndose a José: «Cuando las mujeres lo vieron, lo encontraron un joven bien parecido» (12:31). Por otro lado, tenemos las siguientes referencias coránicas relacionadas también con José: «Con él entraron en la cárcel dos jóvenes; uno de ellos dijo: “Me he visto prensando uva”. Y el otro dijo: Yo me he visto llevando sobre la cabeza pan” del que comían los pájaros» (2.36). Así pues, sin lugar a dudas se trata de un término con raigambre coránica.
La esencia de la futuwwa es que el siervo se afane siempre en los asuntos de los demás, satisfaciendo en primer lugar las necesidades del prójimo, renunciando a toda disputa con ellos, haciéndose el desentendido de sus faltas, acercándose a quien lo perjudica para honrarlo y disculpando a quien lo calumnió. Como reza un antiguo adagio sufí: «No cesa Dios de estar comprometido con las necesidades del siervo mientras este se halle comprometido con las necesidades de su hermano».
Sin embargo, la virtud de la futuwwa sólo alcanza su verdadera y plena perfección en Muḥammad, porque el Día del Juicio, todos clamarán para salvarse, pero él pedirá por toda su comunidad. Futuwwa también supone disculpar los deslices de los hermanos en la fe, así como ser adversario de nuestro propio ego. Porque el caballero más valiente no es contrario de nadie salvo de sí mismo. Este sentido de combate con uno mismo es sumamente importante, constituyendo la esencia de este camino. La caballería espiritual también significa ser justo con los demás, sin esperar justicia de ellos o verse recompensado de algún modo. Asimismo, tiene que ver con dar –tanto bienes materiales como espirituales– sin pedir nada cambio. La futuwwa también consiste en renunciar tanto a este mundo como al otro. Se trata, en suma, de una caballerosidad trascendental. Es, en suma, una virtud a la que se accede sin que uno mismo se vea investido de ella, ni crea que la posee o la domina, es decir, no sabiendo de manera consciente que posee dicha cualidad y, por tanto, no presumiendo de ella.
No hay que confundirse con la expresión «caballería espiritual» porque no tiene que ver solamente con los caballeros varones, sino que incluye tanto a hombres como a mujeres.
Por ejemplo, Ibn ʿArabī comenta la aleya 37 de la sura Nūḥ, donde se nombra a aquellos «varones» (riŷāl) cuyos asuntos cotidianos no les distraen de la invocación de Dios, señalando que el término riŷāl no se refiere, solamente al género masculino, sino que agrupa a hombres y mujeres. Para Ibn ʿArabī, la ruŷuliyya no está unida a la masculinidad biológica, sino que manifiesta la plenitud de la perfección humana, la cual es sexualmente indiferenciable, es decir, tanto masculina como femenina. Y lo mismo se aplica a la caballería espiritual o al hecho de ser un caballero en este ámbito.
También recoge Ibn ʿArabī una historia en el libro traducido por Miguel Asín Palacios como Vidas de santones andaluces: la epístola de la santidad, en la que nos habla de «una esclava de Qāsim al-Dawla», como él la denomina. De ella consigna que vivía en La Meca y tenía el don de cubrir largas distancias con suma rapidez. Y nos dice también que poseía todas las cualidades de la caballería espiritual (futuwwa) y practicaba una dura disciplina ascética. Es evidente que el Šayj no entiende la noción de caballería en un sentido estrictamente masculino y, por eso, declara que «no conoció a nadie más caballeroso que ella en la época en la que vivió».
Desde la perspectiva del taṣawwuf, los atributos del llamado «ser humano perfecto» (al-insān al-kāmil) coinciden con las cualidades sobre las que se asienta la futuwwa y que patentizan quienes participan de sus virtudes, es decir, respeto hacia los demás, sacrificio del propio ego, devoción, auxilio a los débiles y desvalidos, amabilidad hacia todo lo creado, mantenimiento de los pactos y la palabra dada, solidaridad, desprendimiento, olvido de las afrentas, protección, indulgencia, humildad, etcétera. Estos valores se ven refrendados por las características que deben sobresalir en el buscador espiritual, en su acercamiento a Dios a través del taṣawwuf: no prestar nunca oídos a lo negativo que se diga de los demás, no caer en la murmuración ni recordar defectos de los amigos y conocidos, practicar una sincera humildad, percibir las propias carencias personales, perdonar el daño que a uno se le hace, dar generosamente sin petición previa y testimoniar una fidelidad constante al que ha sido compañero en tiempos difíciles.
La futuwwa –escribe Ibn ʿAjība al-Ḥasanī (1740-1807)– consiste en dar preferencia al otro por encima de uno mismo. Y eso es, en esencia, lo que define este camino espiritual, así como otros senderos espirituales. Por eso, esta disciplina se centra, en esencia, en situar a los demás siempre por encima de uno mismo. Y sigue señalando Ibn ʿAjība: «Entre la gente común, la caballerosidad se manifiesta mediante la generosidad con los bienes materiales; entre los selectos, poniendo a disposición su propia persona; entre los elegidos de los selectos, ofrendando su alma al Amado». Y leemos en el Nuevo Testamento, más concretamente en Juan [15:13] unas palabras que resuenan con la anterior definición: «Nadie tiene más amor que el que da su vida por sus amigos». Y escribe, por su parte, Abū Al-Qāsim Al-Qušayrī en su Tratado sobre la ciencia del ṣūfīsmo a modo de ejemplo de la extrema generosidad que caracteriza a los caballeros espirituales:
Cuentan que un hombre pactó casarse con una mujer, pero antes de formalizar el matrimonio ella enfermó de viruela [quedando desfigurada]. Entonces el hombre [compadeciéndose de ella y para mitigar su tristeza por los efectos de la viruela] dijo:
–Tengo una enfermedad en los ojos y, al tiempo [cerrando los ojos comunicó] y me he quedado ciego.
La mujer entonces se casó con él, y al cabo de veinte años ella murió. El hombre abrió entonces sus ojos y le preguntaron qué había pasado, a lo que respondió:
–No estaba ciego. Sólo fingía la ceguera para que ella no se entristeciera.
–¡Has superado a los caballeros! (fityān) –le dijeron entonces.
Todas las cualidades recién reseñadas confluyen en las dos virtudes esenciales, ya citadas, que engalanan la futuwwa: generosidad y servicio al prójimo. El hecho de preferir a los demás por encima del propio yo es uno de los más excelsos grados de realización espiritual, siendo de hecho una manifestación de walāya, santidad, amistad o proximidad a Dios, entendida esta como la disolución de la propia voluntad personal en el Señor. No obstante, como también veremos, al hablar de los capítulos que Ibn ʿArabī dedica a la futuwwa en sus Futūḥāt al-makkiyya, una de sus obras maestras, en última instancia siempre hay que preferir a Dios por encima de todo lo demás, incluidos nuestros semejantes. En eso consiste, precisamente, la estación (maqām) que, según él designa, está más allá de la estación de la futuwwa.