18 abril 2024
Sufismo

Diccionario sufí: al-murâqaba

Por el cheij Ahmad ben ‘Aŷîba. Traducción y notas: El Mehdi Flores

Al-murâqaba, la atención vigilante

La atención vigilante  es el estado del servidor perpetuamente consciente del hecho de que el Señor está al corriente de todo; o del que respeta los derechos de Dios (ḥuqûq Allah) en secreto y abiertamente, guardándose de toda ilusión y siendo sincero en su veneración (iḥtirâm).

La atención vigilante es la fuente de todo bien y la contemplación (muṡâhada) es proporcional a ella: el que tenga una atención vigilante extrema alcanzará una contemplación extrema.

Para la “gente del exterior” (ahl al-ẓâhir), la murâqaba consiste en preservar los órganos externos de los extravíos  (hafawât); para la “gente del interior” (ahl al-bâṭin) consiste en impedir que el corazón sea arrastrado por los pensamientos (jawâṭir) o por las distracciones (gaflât); para la “gente de lo íntimo” consiste en impedir que la conciencia profunda (sirr) repose en otra cosa que no sea en la Presencia divina.

Notas

En  la Filocalia (en griego Φιλοκαλíα, de φιλíα ‘amor’ y καλóς ‘bello, belleza’), nombre que recibe una colección ya clásica de textos dedicados a la mística y ascesis en la Iglesia ortodoxa, el monje Nicéforo declara que la “atención vigilante es el principio de la contemplación, mejor dicho, su base permanente”.

En otro lugar Ibn ‘Aŷîba declara: “la murâqaba es la observación atenta sobre el corazón (al-‘assa ‘alâ-l qalb) para impedir que salga de la Presencia divina”. Es el equivalente a lo que en el budismo se conoce como dhyana, término sánscrito que en japonés se conoce como zen.

Consiste en mantener la mente totalmente concentrada en la Presencia divina sin que sea perturbada por ningún tipo de fenómeno que pueda distraerla. Ese grado de concentración total y máxima es al que se alude en la azora de la Estrella, cuando se habla del viaje nocturno del Profeta más allá del Azufaifo del Confín hasta la Presencia divina “a la distancia de dos tiros de arco, o aún más cerca”: “mâ zâga al-báṣaru wa mâ ṭagà” (la mirada no se distrajo ni se desbordó). Alcorán, 53, 17. En estos dos verbos tendríamos expresado de manera excelente todo el arte de la meditación y contemplación: por un lado la plena concentración de la atención en el fundamento, la madre o lecho del río (al-bâtin) de la existencia que permite el discurrir incesante de todo fenómeno; por otro la visión del fenómeno (al-ẓâhir) que aparece cuando el prisma de nuestra mente hace posible el contraste, es decir, la dualidad. Cuando el Corán alude a que la mirada no se desbordó, no se salió de madre (mâ ṭagà) hace referencia a la visión perfecta de la Realidad en la que al-ẓâhir (el fenómeno) y al-bâtin (el númeno) son tratados con la misma cortesía (adâb), pues ambos aspectos son el Rostro de Dios (waŷh Allah), entendiendo aquí por Rostro el aspecto esencial a la vez que aparente de las cosas.

Y Allah está más allá y más acá de las miradas.