13 abril 2024
Editorial

Reflexiones de un amante luchador

Abdul Karim Mullor

Reflexiones de un amante luchador

Hoy, recién comenzando mi trabajo de la tarde, gracias a Allâh, con una infusión a mi derecha, esta página que os escribo delante de mí, me pregunto cuál es la clave para despertar los corazones de las gentes. Una montaña a mis espaldas, en cuya falda me encuentro; una ciudad delante que desemboca en el mar, y un corazón triste por la deriva de los acontecimientos que empañan la maravillosa estampa de nuestra religión.

Incapaz de aceptar la realidad, es cierto. Rebelándome ante lo evidente, veo que yo solo no puedo cambiar las cosas. Es una decisión Divina que me supera, y tal vez debiera pensar en acomodarme a los resultados que de ella se derivan. Todo esto sería simple de hacer, sino fuera porque siento que Allâh tiene gentes como yo para rebelarse y anunciar con estruendo lo lejos que nos encontramos de la Verdad. Es verdaderamente triste ver avanzar al verdadero Islam como condenado hacia el patíbulo para ser vilmente castigado por manos indignas y corazones tan oscuros como las noches de Luna nueva.

Mas, aunque mis desvelos no produzcan frutos materiales, aunque mi fatiga sea grande, mi lucha no produzca los resultados que ella merecería por lo verdadero de sus postulados; en realidad mi mayor recompensa no es otra que trabajar por la causa de Allâh. Mi obligación es laborar inteligente y denodadamente, y los frutos han de ser de Allâh. ¿Por qué entraría yo en Su terreno, siendo El Sabio y Misericordioso?

No obstante, cuando vuelvo la vista atrás y comparo con la situación actual, soy consciente que en este periplo he encontrado buenos amigos que trabajan para el mismo fin. Siento entonces que esos 12 o 13 años de trabajo han dado fruto, y que son mis ojos miserables los que empequeñecen la grandeza de lo obtenido. Entonces le digo a mi nafs: ¿dónde quieres llegar tú; qué te has creído que eres?

Trabajar por la Verdad sin buscar ni esperar recompensa es cosa de locos, siempre que se mire desde una atalaya racional que busca sustancia productiva en el esfuerzo. Pasar días y tardes trabajando sin paga alguna, mes tras mes, año tras año, en las valoraciones que hacen las gentes de este mundo, es cosa de gente atrasada. No saben que el secreto del éxito es el propio esfuerzo, no el resultado. El resultado es el esfuerzo, cosa que casi nadie queremos ver.

Allí donde el horizonte esconde lo que se encuentra tras él; allá donde nuestros ojos no pueden llegar, se encuentran unas realidades sustraídas a nuestro conocimiento por una Inteligencia superior. ¡Pobres ilusos nosotros!

La estampa de una situación es fabricada por nuestro estado de ánimo. Luchar por la Verdad no es hacerlo contra el viento, es dejarse mecer por una Mano invisible que dignamente nos educa con un gran esmero. Nuestra vida es corta para que deseemos parar el tiempo recreándonos en la suerte.

Si decimos que somos li-l-Lâh (por Allâh) debemos saber que ya otros pasaron a través del tiempo que también lo eran. En esos tiempos hubo guerras, matanzas, injusticias de todo tipo. Allâh da menos importancia a esta Dunya que al ala de un mosquito.

 ¡Y nosotros queremos que la Victoria irradie de nuestras manos!

Allá donde el amor se esconde y se tiñe de nostalgia; allá donde el amante no encuentra el objeto de su amor, solamente queda derribar los velos y descubrir lo que persistía detrás de ellos. Aquel que trabaja por Allâh, no solamente es un guerrero, es un amante que lucha por el objeto de su amor. Y cuando este amor es pasión; cuando este amor alumbra el fuego del corazón, todo a su alrededor se ilumina, todas las impurezas se queman; toda la luz sale al exterior, en una danza que imita tawaf alrededor del centro. Quien está enamorado de la Verdad, ya se ha ofrecido a ella, ya es suyo. ¡Qué nadie lo reclame para sí!

Los latidos de un corazón vivo se expanden en el Universo llegando más allá del poder de las miradas, perdiéndose en lo más lejano para llegar a su fuente, de la que emana el fluido que le da vida, a fin de ofrecer aquello que le fue dado cuando se retraía sobre sí.

“Allâh”, dice el corazón. ¿Qué otra cosa podría decir si está vivo? Y con este alegre sonido se regocijan nuestros oídos, se sobrecogen nuestros pensamientos y ¿qué más podemos desear?

Y cuando llegue ese final estaremos dispuestos, esperando, de pie, de frente, con una sonrisa en los labios, diciendo:

“Bienvenido hermano Asra’il. Ni te apresuraste, ni tardaste; viniste al tiempo. Hoy deseo ir con El. Llévame, apresúrate; estuve esperando con amor”.