19 julio 2024
Diálogo intercultural

¿Nos dirigimos hacia la destrucción de la Familia?

A-s-salamu alaykum – La paz sobre vosotros

Hace no mucho, una persona de cuyo nombre no queremos acordarnos, tuvo la genial idea de decir una frase que desvela muchas intenciones ocultas, en concreto dijo: “Los hijos son de la sociedad”. Esta frase es el envoltorio exterior de un pensamiento que algunos podrían calificar de marxista y otros de masón, sin que seguramente esas calificaciones se encuentren nada lejos de la verdad.

Según personajes como estos los padres somos la cadena de producción de individuos, de bienes que van a ser educados por la sociedad y sus iluminados o “iluminatis” elementos educativos en principios sociales que se encuentran muy muy lejos de aquellos que representan la naturaleza sublime del Ser humano.

Ahora que comienza la vuelta a clase, y debido al desbarajuste  causado por la pandemia, algunos padres van a tener verdaderos problemas para cuidar de sus hijos e irlos a recoger a aquellos centros que deberían representar, según la protagonista de dicha frase épica, un laboratorio de diseño social de alto standing.

Pero ¿y esa sociedad a la que con tanta “ilusión” y convicción aludía este personaje, qué tiene que ofrecer a nivel educativo a no ser un entrenamiento destinado a educar para  poder ser apto en el mundo del trabajo en un futuro, una moral mínima de base y unas consignas superficiales y generales?¿Dónde encontró este personaje la existencia de una enseñanza y educación tan subliminales que pudieran convertir a nuestros hijos en seres humanos fuera de serie, aspirantes de principios superiores?

Allah (Dios) es Sabio; con una Sabiduría superior, inaprensible para el ser humano. El, en Su Sabiduría infinita ha establecido la Familia como base de la sociedad; una familia que algunos teóricos de la ignorancia quieren disolver a toda costa; una familia en la que el motor de las relaciones es el amor incondicional. Una familia que ha comenzado a ser sometida mediante acciones y consignas tendentes a fomentar un materialismo consumista en nombre del cual seguramente hablaba nuestro personaje en cuestión.

En la época de la transición a la Democracia todavía podemos recordar como los precios de las viviendas treparon artificialmente un 50 0 70% debido a la irrupción de las mujeres al mundo laboral. La tan cacareada igualdad de la mujer fue utilizada por los actores financieros para aportar beneficios y dividendos; pues una vivienda no costaba ya su valor de construcción más un moderado beneficio; no; la vivienda costaba lo que, calculado de manera sibilina, una familia media podría llegar a pagar a un banco mensualmente por su hipoteca. No estamos, por supuesto, en contra del trabajo femenino, sino contra el abuso de las circunstancias de parte de los actores financieros, quienes sin barreras, han impuesto sus criterios con inusitada facilidad.

¿Es esta la sociedad por la que personajes como estos nos va a arrancar a nuestros hijos de nuestros amorosos brazos? ¿Son estos los principios que quieren inocular en estas inocentes criaturas a quienes se pretende convertir en robots, hijos de un solo padre y de una sola madre? Ni Joseph Stalin en el pleno desarrollo de sus facultades mentales podría haber llegado tan lejos.

Esto no quiere decir que aboguemos para que nuestros hijos no vayan a los centros educativos; quiere decir que estos centros deben limitarse única y exclusivamente a la enseñanza de las materias las cuales se encuentran cualificados para impartir, pues el resto, la educación en la vida, las creencias y la moral es responsabilidad de los padres, así como que es un derecho para los hijos que los padres se la impartan, en un ambiente de amor que es lo que caracteriza a una familia bien constituida.

La incapacidad de personajes así ha quedado patente en una crisis como la que estamos viviendo; una crisis en la que hasta ahora nadie ha presentado un programa que haga salir a un país con un potencial como el nuestro de los umbrales de la miseria. Un país con solamente 100 habitantes por Km2 con campos yermos inutilizados; suntuosas fincas de dimensiones disparatadas para el gozo de unos pocos y un potencial minero incuantificable; un país cuya única estrategia es endeudarse. No hemos visto nada, nada remarcable; ninguna idea que eleve a nuestro país a la altura que merecen sus tierras y sus gentes. Y gentes como estas van a decirnos que los hijos son de la sociedad. No, por favor, ustedes a lo suyo y nosotros a lo nuestro.

Bien es cierto que muchos padres no se encuentran cualificados para educar a sus hijos. Seguramente porque no han comprendido que para hacerlo son necesarios unos valores que ellos no han aprendido, entre otras cosas, porque las consignas que se transmiten socialmente son eminentemente todas aquellas que nos incitan a sumergirnos en cuerpo y alma en la sociedad materialista y consumista. Y es cierto que hay gentes que no tienen la fuerza de voluntad suficiente para prescindir de estas consignas y buscar cual es el verdadero principio de la vida, para encontrándolo beneficiarse ellos mismos y sus propias familias.

Existe un problema generacional con dos ramificaciones bien definidas: una social y económica, otra moral. Nuestros hijos pasarán verdaderos problemas para encontrar un trabajo dignamente remunerado y no encontrarán consignas morales otras que la tolerancia. Bien nos parece, por supuesto, que haya que ser tolerante; pero ¿dónde están los sublimes principios que hace que un ser Humano sea consciente de su propio valor y sus posibilidades potenciales?

Sea como sea, la sociedad en la que vivimos no nos ofrece garantías, ni morales, ni laborales. Nuestros hijos tiemblan; muchos se irán a otros países porque aquí no encuentran cuanto necesitan. Se predica lo que no se hace y no se quiere hacer. No hay fuerza moral para exigirles en los estudios cuando ellos mismos saben que saldrán de los centros educativos y penarán para ganarse dignamente la vida, si es que llegan a conseguirlo.

La labor y responsabilidad de la familia, en concreto la musulmana, es educar a los hijos en los valores morales, en informarles qué hacen en este mundo, cuál es su naturaleza y finalidad; en inculcarles el amor en el corazón y el respeto hacia sus familiares y semejantes.

No somos esclavos de la sociedad, ni siquiera lacayos de librea, y nuestros hijos tampoco; y seguramente tenemos mucho que enseñar a personajes que transmiten esta clase de ideas descabelladas, pues mucha prepotencia hay que tener para presentarse como sustitutos de aquello que nosotros sabemos hacer mil veces mejor que ellos: amar, cuidar y educar a nuestro hijos.