MUJER CREADORA: DAMA SABIDURÍA. La visión del sufismo

Que Al-lâh cuenta cada una de las lágrimas que las mujeres derraman por culpa de los hombres o que el Paraíso está bajo los pies de las madres, son frases que más de una vez he escuchado en boca de mis amigos musulmanes y que no parecen denotar una especial aversión hacia las mujeres ni el principio femenino, sino más bien todo lo contrario. Por eso, no puede sino llenar de estupor que haya personas, mal llamadas musulmanas, que traten de justificar lo injustificable, es decir, que es lícito golpear o castigar corporalmente a las mujeres. Sólo intenciones oscuras y perversas, de las que la historia de todas las religiones nos brinda nutridos ejemplos, son capaces de tamañas perversiones hermenéuticas.

El sagrado Corán no prescribe en ninguno de sus pasajes que el castigo corporal deba ser aplicado específicamente a las mujeres y, mucho menos, recomienda ocultar las huellas de tan reprobable conducta. Debemos remitirnos a la Sura 24, titulada An-Nur (La Luz) —donde se establece el castigo corporal tanto para adúlteras como para adúlteros, caso de que no medie arrepentimiento de por medio—, para constatar que la única vez que el Corán menciona el castigo corporal incluye a uno y otro sexo.

Según la tradición, el Profeta amaba fundamentalmente tres cosas en este mundo, las tres cosas que, seguramente, más le recordaban a Allâh: el perfume, la oración y las mujeres. Así pues, ¿cómo no iba a amar, a respetar a todas las mujeres —comenzando por la propia esposa— cualquier digno seguidor suyo?

Parece casi una obviedad recordar a las maestras sufíes como Rabi’a, Fatima al-Nisaburiya (maestra de Du-l-Nun al Misri) o a las maestras de juventud de Ibn ‘Arabi, como Shams de Marchena o Fátima de Córdoba, de quien el gnóstico murciano sostiene que “gracias a ella llegó a la convicción de que no existe impedimento alguno para que la mujer alcance el grado más elevado de la santidad”.

Si nos remitimos a la visión interior del Islam, a la corriente de amor y sabiduría representada en general por todos los sufíes y, en particular, por maestros tan sobresalientes como Ibn ‘Arabi, Jalâloddîn Rûmi o Ruzbehan Baqli, la mujer no sólo debe ser respetada, sino que es la teofanía suprema, es decir, el “lugar” idóneo para acoger el reflejo de Allâh. Por su parte, Rûmi llega a afirmar que la mujer es superior al hombre porque, al igual que Allâh, ella es creadora mientras que el hombre es creado:

La mujer es el rayo de la Luz divina.
No es el ser que el deseo de los sentidos toma por objeto.
Habría que decir, más bien, que ella es creadora,
y no criatura.

Cualquier mujer puede transformarse en el reflejo perfecto de Allâh en la tierra, la representación de la Madonna Intelligencia, la Sophia Aeterna, la Beatriz cantada por Dante o la Nizam de Ibn ‘Arabi. Y no sólo eso, sino que la iniciación a Dios a través de una mujer concreta es una línea iniciática fundada, muy probablemente, por el gran sufí Ruzbehan Baqli, que pasó en Europa a los Fieles de Amor y los trovadores. El mismo Ruzbehan define este camino completo y autónomo respecto de otras formas de espiritualidad del siguiente modo: “Los Fieles de Amor son aquellos que reconocen que la experiencia de un culto de amor dedicado a un ser bello es la iniciación necesaria al amor divino e inseparable de ella”. La identificación última entre mujer, iniciación y teofanía hace que Ibn ‘Arabi dedique a la teofanía femenina versos muy encendidos en su Taryuman Al-Aswaq [El intérprete de los anhelos ardientes]:

La belleza misma pierde ante ella el juicio
y almizcle y azafrán sus perfumes exhalan. (LXI)

Al saludar resucita a quien con la mirada mató
y con su belleza y generosidad
los mejores regalos concede. (XXXVIII)

Desde luego, en el Islam la mujer ocupa un lugar privilegiado. Quienes sostienen otra cosa no conocen ni el Islam exotérico ni el esotérico. Por eso, ante ese despliegue de amor y respeto por el principio femenino no cabe sino la incredulidad y un sereno rechazo hacia todos los que tratan de distorsionar el genuino mensaje de amor a lo femenino que rezuma el mensaje de los santos sufíes, comenzando por el Profeta.