5 octubre 2026
Nuevos Musulmanes

Los más probados – Una historia con Iblis el lapidado

Abdul Karim Mullor

Los más probados – Una historia con Iblis el lapidado

Saˤíd Al Judri – que Allâh esté satisfecho de él – relató que el Mensajero de Allah –sobre él la plegaria y la paz –  dijo:

“Cuanto más duras son las pruebas más se multiplica nuestra recompensa».
Entonces le fue preguntado: ¡Oh Mensajero de Allâh! ¿Quiénes son las personas más probadas?
Él dijo: «Los Profetas».
Dijo: ¿Y luego quiénes?
Él dijo: «Los sabios».
Dijo: ¿Y luego quiénes?
Él dijo: “Los piadosos. Uno de ellos fue probado por la pobreza hasta no encontrar sino la ropa que llevaba. Uno de ellos fue probado con piojos hasta que eso lo mató; Y algunos de ellos sentían más felicidad por la prueba que cualquiera de ustedes cuando recibe una bendición”.

En cuanto a los profetas se refiere, no es el asunto que hoy nos ocupa, puesto que esto merece una atención especial.

En lo que se refiere a los piadosos, se trata de gente que desean hacer el bien en cualquier circunstancia. Tampoco esto forma parte de nuestro escrito de hoy.

Sí es necesario tratar, y queremos hacerlo, de la suerte de los sabios.

¿Quiénes son los sabios?

Con este hadiz que sigue y otros similares, el Profeta magnifica la situación del sabio, del que aprende, del que audita y del que simpatiza con el saber. Todo lo demás está muerto y no sirve para nada.

Sé un sabio, un estudiante, un auditor o un buen amigo de la ciencia religiosa y no formes nunca parte de la quinta categoría de gentes (un ignorante) que te llevará a la ruina. (Recopilado por Al Bayhaqi)

En otros hadices encontramos que los sabios son los herederos de los profetas.

No nos referimos aquí a los sabios que aprenden las ciencias del Exterior. Al contrario, estos se encuentran limitados por lo limitado de esta propia ciencia. Hablamos de los verdaderos sabios que conocen y controlan todas las ciencias del Islâm, que muy pocos son, aunque iluminados con la luz de Allâh de una manera que nadie puede llegar a comprender.

Es a estos sabios que se refiere el hadiz diciendo que, después de los profetas son los más probados.

El código más elemental de comportamiento de estos sabios que acabamos de mencionar, pasa inexorablemente por no anunciarse ni atribuirse importancia alguna a ellos mismos. No obstante, siendo esto así, se encuentra en ellos una sabiduría profunda y transformadora.

Ellos son los ˤibadu-r-Râḥman (Siervos del Misericordioso) que dice el Corán:

Los siervos del Misericordioso son los que van por la tierra humildemente y que, cuando los ignorantes les dirigen la palabra, dicen: « ¡Paz!». (25-63).

Esta humildad es la antesala del Saber. Ellos se aseguran de esta manera que ningún orgulloso ni manipulador venga hacia ellos, pues los orgullosos les creen débiles e insignificantes. Ese velo es espeso y actúa como pantalla protectora contra las insidias y los desmanes de las gentes faltas de escrúpulos y de pudor.

Hoy vamos a relatar una de las muchas pruebas que pasaron aquellos quienes se han dado al Saber y a la Ciencia.

 Es un asunto que conocemos bien y, aunque no vamos a desvelar en público de quien o de quienes se trata, si decimos que quienes nos conocen saben muy bien a qué me refiero. Y, si por ventura, el pobre diablo a quien le ha correspondido hacer el papel de Iblis llega a leer estas líneas, también sabrá que estamos refiriéndonos a él, pues el mal que ha causado entra mucho más en la naturaleza y en las maldades obscenas del šaytan que en la de un ser humano malvado.

Conocí esta historia, que si fuera propia no voy a decirlo para así dejar a los personajes en el incógnito. Sin embargo, como la conozco bien y de cerca, voy a relatarla con todo detalle sin, no obstante, llegar a ser empalagoso.

Hay que saber primeramente que no cualquier diablo ataca a los conocedores de Allâh. El mismo Ibrâhîm recibió la visita de Iblîs en persona, y así aquellos que han decidido o intentado conocer a Allâh.

El diablo se presenta a estas gentes con forma humana, y trata de, si al menos no pueden dañar a los conocedores, sí intentar separar a los demás de ellos a través de calumnias y de acciones deshonestas o soeces.

En este caso, se trata de un personaje que se hizo musulmán en los años 80 a quien yo conocí pues venía de Elche a Madrid para integrarse en un grupo de recuerdo de Allâh.

Cuando murió su maestro (Abderrahman Bedrán) el cuadro que tenía colgado en la pared de su casa con el Nombre Supremo de Allâh cayó estrepitosamente. Signo éste de que su Islâm se derrumbó y hoy todavía no existe.

Antes de su muerte, estando yo en presencia de Abderrahman Bedrán, éste me comentó que el tal Mahmud (ahora Sulayman) tenía las vísceras cambiadas de sitio, incluido en ello el corazón.

Preguntándole yo, en tono jocoso, que pudiera ser que la cabeza la tuviera en los pies, me dijo que sí y que un día lo iba a ver. Y ahora lo he visto, 40 años después.

Todo fue para él, integrarse salvajemente en el mundo del dinero, del trapicheo, de las drogas y demás vicios. Estando en Perú y fumando ayawasca dañó a su cerebro; daño este que fue acrecentado por sus viajes a la India, país en el que el opio es el pan de todos los días.

Recaló más tarde en Marruecos en el que se arrimó a un personaje cercano a la familia real. Seguramente, debido a sus maldades, detalles que no conocemos, este hombre que conoció se desentendió de él y rompió el hilo.

Se fue a Chawen, pueblo de Marruecos bien conocido por porreros, kiferos, hippies, trasnochados y amantes de lo chabacano. Allí se congració con el Hšiš, a pesar de su grave problema de corazón, cosa que, aun a pesar de las prescripciones de su médico hace a menudo.

Lo peor de todo, y lo que nos hace estatuar de que se trata de un šaytan es que recaló en un sitio donde la gente, teniendo pena de él, le trataron con una consideración impropia de su imagen y de su comportamiento.

No contento con eso, al darse cuenta que ciertos miembros de esa familia eran malvados y actuaban en contra de quienes les acogieron; él se decantó por los malvados, pensando que con ellos iba a sacar provecho.

A esto hemos de decir que en la misma familia de los profetas hubo hijos buenos como Yussuf y degenerados como Judá y Simeón. Es ley de vida; es algo que entra en la Sabiduría divina, cuya penetración llega hasta lo más profundo de la Verdad inmutable.

Es así que este desvergonzado entró a echar fuego en lo más sagrado que son las relaciones familiares, cuya ruptura Allâh ha declarado tratarse de uno de los más grandes pecados, inmediatamente después de la idolatría y el crimen.

Es un timador profesional que, estando en Tetuán, dejó deudas en la compra de sustancias tóxicas y en otros vicios no confesados. Estando en una vivienda que le alquilaron llegó a pasar en el apartamento de un hermano, faltándole a éste como resultado cosas de valor.

Entraba en las intimidades de las familias, intentando que le contaran sus penas y desgracias, todo para sacar provecho de ellos y vivir gratis del cuento, intentando desvalijar los sitios donde entraba.

No se percató que la herencia de la Sabiduría, que otrora detentaba el shayj de esta gente, éste ya la había pasado a aquellos de quienes él mismo abusó.

Estas actitudes:

De hacerse el débil y necesitado con mentiras

De entrar en la vida íntima de las familias

De robar todo cuanto pudiera gracias a la confianza que la gente le brindaba.

De jugar con la salud de su propio cuerpo.

El hecho de que su corazón haya nacido en el lado contrario.

El modo soez con el que se expresa.

El egoísmo exagerado que experimenta…

El entrar en la Casa de la Sabiduría con los zapatos de su personalidad llenos de barro y hollín.

Junto con la constatación de que nadie le ha visto hacer buena obra alguna, eso le identifica al menos como un gran chaytan.

Pues el Profeta – sobre él la plegaria – dijo que el peor chaytan es el que separa al hombre de la mujer; y él justo es lo primero que intentó hacer.

El hecho de no atender a su salud indica que el cuerpo que habita poco le importa, y le identifica como Iblis sin duda alguna.

Y es que quien hace el mal lo termina pagando y sus malas obras adornan a los justos y a los buenos y les hace triunfar frente a toda circunstancia.

¡Que Allâh nos haga como Omar Ibn al Jattab cuyo shaytan se cambiaba de lado de la calle cuando él pasaba de miedo a que le castigara!

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