27 mayo 2024
Sufismo

Los maestros de Ibn Arabi

Extracto del libro «El Espíritu de Santidad» de Ibn Arabí

El primer sufí que encontré por el Camino de Allah fue Abû Ŷa’far Aḥmad al-’Uryanî.Este maestro vino a Sevilla cuando yo empezaba a adquirir el conocimiento de este noble Camino. Fui el primero en acercarme a él; al entrar en su casa, hallé a alguien dedicado a la invocación (ḏikr).Me presenté y supo de inmediato la necesidad espiritual que me había conducido hasta él.Entonces me preguntó: «¿Estás firmemente decidido a seguir el Camino de Allah?». Y yo le respondí: «El siervo puede tomar la decisión, pero es Allah quien decide». A continuación me dijo: «Cierra tu puerta, rompe tus lazos, toma al Generoso como compañero (al-Wahhâb), Él te hablará con claridad». No cejé en mi empeño hasta que obtuve la Apertura (al-fatḥ).

Aunque este hombre del campo era iletrado y no sabía ni escribir ni contar, bastaba con escuchar sus enseñanzas sobre la doctrina de la Unidad (at-tawḥîd) para apreciar su nivel espiritual. Dominaba los pensamientos (al-jawâtir) con su energía espiritual (himma) y podía superar los obstáculos de la existencia con las palabras. Se le veía invocar en estado de pureza ritual, vuelto hacia la alquibla y casi siempre en ayunas.

Un día, los cristianos le hicieron prisionero. Como sabía lo que iba a ocurrir incluso antes de suceder, había advertido consecuentemente a los miembros de la caravana en la que viajaba que serían apresados todos al día siguiente. Por la mañana, como había previsto, el enemigo les tendió una emboscada y los apresó.Con todo, tuvieron mucha consideración con el cheij y pusieron a su disposición un alojamiento cómodo y servidores. Poco después, consiguió la libertad a cambio de la suma de quinientos dinares y se puso en camino hacia nuestro país.A su llegada, le propusieron que recolectara el rescate entre dos o tres personas.Y replicó: «No, me gustaría recibirlo de todas las personas posibles. Si pudiera, lo obtendría cada uno en pequeñas sumas, pues Allah me ha hecho saber que, en cada alma que ha de ser pesada en la Balanza el Día del Juicio, hay algo que merece salvarse del Fuego. De esta forma, obtendría el bien de cada uno para la comunidad de Muhammad».

Cuentan que, estando todavía en Sevilla, alguien fue a informarle de que la gente de la fortaleza de Kutâma necesitaba lluvia. Aunque la fortaleza estaba separada de nosotros por el mar y por un viaje de ocho días a través del país, se puso en camino con uno de sus discípulos, llamado Muhammad. Antes de su salida, le sugirieron que rezara por ellos sin emprender el viaje, pero contestó que Allah había ordenado que se dirigiera a ellos en persona. Cuando llegaron, no los dejaron entrar.Sin embargo, incluso ignorado, hizo la oración de petición de la lluvia (istisqâ) y Allah les envió lluvia poco después.A su regreso, vino a vernos antes de entrar en la ciudad.Su discípulo, Muhammad, nos contó más tarde que, cuando Allah envió la lluvia, ésta cayó alrededor de ellos, pero que ni una gota los había tocado. Al expresar al cheij su sorpresa por el hecho de que la misericordia divina no hubiera descendido sobre él también, el cheij gritó y dijo:«¡Así habría sido si yo lo hubiera pensado!».

Un día en que estaba sentado junto al cheij, se presentó un hombre con su hijo. Le saludó e indicó que hiciera lo mismo. Por aquella época, nuestro cheij había perdido ya la vista. El hombre le dijo: «Oh, Sîdî, este es mi hijo, que se ha aprendido el Corán de memoria».Al oír esto, la actitud del cheij cambió por completo, bajo la influencia de un estado espiritual (ḥâl). Entonces dijo al hombre: «Lo Eterno lleva consigo lo transitorio. ¡Que el Corán nos guíe y nos proteja a nosotros y a tu hijo!». Esta anécdota es un ejemplo de sus estados de Presencia espiritual (ḥuḍûr).

Era inquebrantable en la religión de Allah e irreprochable en todas las cosas. Siempre que iba a verle, me recibía con estas palabras: «Bienvenido sea un hijo filial, pues todos mis hijos han carecido de franqueza hacia mí, han renegado de mis favores, excepto tú que siempre los has recibido y que siempre te has mostrado agradecido por ellos. Allah no lo olvidará».

En una ocasión le pregunté sobre los inicios de su vida espiritual. Me informó de que el sustento de su familia para un año era de ocho medidas de higos y que cuando estaba en recogimiento espiritual, su mujer vociferaba contra él y le injuriaba, diciéndole que se moviera y que hiciera algo para satisfacer las necesidades de su familia. Estas reprimendas le turbaban y entonces se ponía a rezar: «Oh, Señor, estos asuntos se interponen entre Tú y yo, pues mi esposa se obstina en importunarme. Si quieres que permanezca en Tu compañía, líbrame de sus reproches; si no, dímelo». Un día, Allah le llamó interiormente: «Oh, Aḥmad, permanece en Micompañía y ten por seguro que, antes de que el día termine, proporcionaré veinte medidas de higos, lo suficiente parados años y medio». Continuó su relato diciéndome que, menos de una hora después, un hombre se presentó en su casa para ofrecerle una medida de higos. Allah le indicó que ésa era la primera de las veinte medidas. Así, a la puesta de sol, dejaron veinte sacos en su casa. Su familia estaba gozosa y su mujer, satisfecha, le dio las gracias.

El cheij se entregaba mucho a la meditación, y sus estados espirituales le proporcionaban mucha alegría y esperanza.En el momento de mi última visita, ¡que Allah sea misericordioso con él!, estaba con mis compañeros. Cuando entramos en su casa, se encontraba sentado; uno de nosotros tenía la intención de hacerle una pregunta pero, nada más entrar, levantó la cabeza y dijo: «Examinemos un problema que ya te he expuesto, Abû Bakr (se refería a mí),pues siempre me ha sorprendido esa palabra de Abû al-’Abbâs «…hasta que se extinga lo que no ha sido y permanezca lo que nunca ha dejado de ser».Todos sabemos que lo que nunca existió se extingue (fâni) y que persiste (bâqi) lo que nunca ha dejado de existir, pero ¿qué entendía él por eso?” Como ninguno de mis compañeros estaba en condiciones de responderle, se dirigió a mí. Aunque era capaz de tratar este asunto, me quedé en silencio, evitando hablar de ello.El cheij lo sabía y no repitió la pregunta.

Guardaba su ropa para dormir y no se turbaba durante las sesiones de samâ’, pero cuando oía recitar el Corán, abandonaba todo recato y se ponía muy inquieto. Un día, estaba rezando la oración de la mañana en su compañía, en casa de mi amigo Abû ‘Abdallâh Muhammad al-Jayyât. El perfecto dominio que normalmente tenía de todos sus estados, tanto de sueño como de vigilia, le protegía de cualquier mancha indeseada, pero la efusión de gracia que comporta el «embargo» del Corán le sumergía sin que pudiera controlarla. Cuando llegó el versículo: «¿No hemos dispuesto la tierra como un lecho y las montañas como pilares?» me distraje del relato del imán y ya no escuché nada más. Interiormente vi a nuestro cheij Abû Ŷa’far, que decía: «El mundo es el lecho y los creyentes son los pilares, los creyentes son el lecho y los cognoscentes los pilares, los cognoscentes son el lecho y los profetas los pilares, los profetas son el lecho y los enviados los pilares…». Enumeró otras verdades espirituales (haqâ’iq) y después mi atención se centró de nuevo en la salmodia del imân, que recitaba: «...y ha dicho la verdad. Es el día de la Verdad».Después de la oración, le pregunté sobre lo que había visto y me di cuenta de que sus pensamientos respecto a ese versículo habían sido idénticos a los que había oído expresar en mi visión.

Un día, un hombre armado con un cuchillo se abalanzó sobre él con la intención de matarlo. El cheij le ofreció tranquilamente su cuello. Sus discípulos quisieron dominarlo, pero les dijo que le dejaran hacer lo que había venido a hacer. No había hecho más que levantar el cuchillo para degollarlo, cuando Allah hizo girar el arma en la mano del hombre, quien se asustó y la arrojó al suelo. Luego se derrumbó a los pies del cheij, lleno de remordimientos.

Si no fuera por falta de espacio, habría relatado otras muchas cosas admirables sobre este cheij, sobre sus sentencias alusivas y sobre las charlas que tuvimos respecto a temas espirituales.

Este cheij se volvió hacia Allah asistiendo a las sesiones (maŷlis) del cheij Abû ‘Abdallâh b. al-Hawwâk, al que conocí y con el que trabé una verdadera amistad; no hablaré de él porque no entra en la categoría de las personas consideradas en esta obra. Al-’Uryanî era conocido por practicar el ḏikr, tanto en estado de vigilia como de sueño; yo mismo observé cómo se movía su lengua en la invocación mientras estaba dormido. Sus estados espirituales eran intensos y las gentes del lugar estaban tan mal avenidas con él que uno de los notables de la comunidad llegó a hacerle desterrar. Así fue como llegó a nuestra casa en Sevilla. A raíz de su acción, Allah envió a las gentes del lugar un ŷinn llamado Jalaf, quien penetró en la casa del notable en cuestión y lo expulsó de ella a la fuerza. Este ŷinn se quedó y llamó a las gentes del lugar. Después de llegar a la casa, oyeron cómo le preguntaba a uno de ellos si había desaparecido algo de su casa y si sospechaba de quién lo había cogido. Al contestar el hombre afirmativamente a las dos preguntas, el ŷinn le dijo que sus sospechas no tenían fundamento y que el nombre del verdadero culpable era Fulano, que se había quedado prendado de su mujer y había cometido adulterio con ella. El ŷinn le ordenó que fuera a asegurarse en persona y pudo comprobar que todo lo que le había dicho era cierto. Continuó de esta forma descubriéndoles, igual que a sus hijos, los males y vicios ocultos, hasta que quedaron reducidos a la desesperación. Cuando le suplicaron que les dejara en paz, les contestó que había sido ‘Abdallâh al-‘Uryanî quien les había impuesto su presencia.Se quedó entre ellos durante seis meses. Después fueron a buscar al al-’Uryanî y le suplicaron que regresara a su ciudad, implorando su perdón por lo que le habían hecho. El cheij reconsideró la decisión y se marchó con ellos para librarlos del ŷinn. El hecho se hizo célebre en toda Sevilla.

Un día que yo estaba con él, pidió algo para beber.Uno de sus discípulos se levantó y le trajo, en una bandeja de cobre, una jarra con un tapón de cobre. Cuando bebió, exclamó: «No deseo beber lo que está contenido entre dos cosas maléficas”. Le llevó otra jarra. Allah hacía de cada cosa que le comunicaban sus sentidos un medio de enseñar alguna sabiduría.