Las puertas de la soledad

A-s-salamu ‘alaykum – La paz sobre vosotros

Bendito día de viernes a todos; el mejor día sobre el que sale el Sol.

No hace falta estudiar Psicología, ni ser licenciado en ciencia alguna, para ver y tratar las enfermedades del alma. ¡Qué nadie piense que tener el alma enferma no es cosa común y que represente una alteración del orden establecido! Todas las almas lo están; unas en mayor medida que otras. Pues enfermedad es, a causa de estar velado por nuestras facultades sensoriales y mentales, no poder ver las realidades que moran en nuestro interior. Una parte de un hadiz qudsi dice:

¡Oh, siervos míos! Todos vosotros estáis extraviados con excepción de aquellos a quienes Yo he guiado, así que buscad de Mí la guía y Yo os guiaré

El extravío no es otra cosa que el desconocimiento profundo de nuestra propia esencia, y por tanto de la manera de acercarse y dirigirse a nuestro Creador. Es pues una enfermedad en ella misma, que bien podríamos comparar a la ceguera o a la sordera. A la ceguera porque no podemos contemplar la realidad; a la sordera porque, a pesar de leer, una y otra vez, el Libro de Allâh, escuchar hadices o sentencias, no podemos comprender debido a la incapacidad congénita de aquel a quien no le ha sido concedida la Luz Divina del Discernimiento.

Algunos padecen la enfermedad del ruido de su alma. Sufren por la imagen que dan al exterior; conceden demasiada importancia a la propia apariencia, a lo que otros pudieran pensarse de uno. No se aperciben del espejismo en el que pretenden vivir, de la apariencia vacía de una imagen de lo que no se es. Este sentimiento es una esclavitud, y aunque a veces se tiña de excusas como de que la Sunna nos anima a comportarnos con otros de una determinada manera, ello se hace únicamente pensando en la imagen individual que se transmite o que se desea hacer notar. Otra cosa es la actitud del verdadero creyente que cumple los mismos preceptos de la Sunna para no parecer grosero y que los demás no se espanten; e incluso, para intentar no hacer daño a nada ni a nadie. Esta última actitud es la auténtica, mientras que la anterior no es otra que un simple lavado de cara sin consistencia alguna, que toma, vanamente, tintes de falsa humildad.

La soledad

Si algo es la prueba fidedigna de nuestro estado interno, ello es la soledad. Es el termómetro que mide nuestra temperatura interna; la balanza que pesa nuestro valor; las coordenadas que calculan el lugar exacto en el que nos encontramos. No hablamos de la soledad buscada por un motivo u otro, labrada por uno mismo, sino de aquella que se nos impone en una fase más o menos extensa de nuestras vidas. Es así que, aquello que se nos impone, es más auténtico que lo que nosotros buscamos, porque ello viene de Allâh, sin que nuestra voluntad haga de intermediaria en manera alguna.

En la soledad cada clase de persona se ve confrontada a su propia realidad. De esta manera, podemos constatar que hay gentes que no la soportan. Esto indica que dichas personas viven inmersas en el ruido, en el mundo de las apariencias, en un mundo en el que ni se pueden encontrar a ellos mismos, y ni siquiera se buscan. ¿Cómo una persona tan superficial podría establecer sólidamente su personalidad con esta actitud? ¿Cómo esa persona, carente de solidez, podría auxiliar a otros, sino le han sido dadas entidad ni armas para ello?

Otras personas, cuando se ven solas, se ven confrontadas a su propio mal; se trata de personas egoístas que se auto encuentran a ellas mismas planificando, diseñando; algunas de ellas, de tal manera, que ni el propio diablo llegaría a su nivel. Estas personas, como además poseen un ego muy grande, lo planifican todo para dirigir a los demás y tomarlos como rehenes de sus propios caprichos y ambiciones.

A menudo, encontramos personas que no soportan estar solas porque desean, necesitan, verse arropadas por otras. En realidad, el propio matrimonio se encuentra diseñado para que las personas no vivan en soledad; y esto se trata de una ventaja, ya que el ser Humano, el creyente, nunca podría soportar entrar en soliloquio continuo, so pena de perderse en los propios recovecos de su alma; que muchos, sí que tenemos. Ahora bien, hay personas que en este camino, exageran, y buscan, con insistencia terca, compañía a todas las horas y los minutos del día. No se trata ya de cónyuges, sino de familiares u otros que, al no soportarse a ellos mismos buscan saberlo todo de todo, controlar y contar. Estos personajes han llegado a arruinar familias enteras, y, seguramente, buena parte de la tasa de divorcios existentes, e in crescendo, en países islámicos, como Marruecos, pueden deberse muy bien a esta clase de agentes corrosivos. Cada cual entonces que se limite a ocupar el lugar que le corresponde sin traspasar los límites, pues dice el Profeta – sobre él la plegaria y la paz -:

El gran chaytan es el que separa al hombre de la mujer”.

Luego, existe la soledad del que no soporta a las gentes. Y esto puede ser porque se hayan recibido importantes reveses en la vida, o a nivel familiar. Quizás porque las personas en quienes más se confiaba, nos han fallado. Esta soledad puede llegar a ser curativa y un camino para podernos poner en contacto con nuestro yo interior y comenzar a conocernos.

Finalmente existe la soledad impuesta por Allâh para acercar a Su servidor a El – alabado sea -. En ella uno se encuentra con un mar interior, en comunicación con todas las fuerzas que se encuentran en la persona. El verdadero creyente, en este caso, nada como pez en el agua, sabiendo distinguir de donde proceden todos y cada uno de los pensamientos; zambulléndose de pronto en la búsqueda de los significados de las aleyas del Corán; reconociendo las directrices a seguir; auscultando el pulso de su alma, con la que guarda una conversación sincera y pausada. En esta soledad afluyen conocimientos nuevos, se gestan las bellas ideas y proyectos; se da forma a la personalidad para, saliendo al exterior en su momento, servir como apoyo y ejemplo a otros. Se aclara la visión, se calma el interior y aflora la Verdad. Se ve, se distingue, se aprecia, se oye, se piensa, se decide con el beneplácito de un Dios, a Quien se siente cerca y en perpetuo contacto.

Esta soledad existe y se extiende a la vida social; aunque se salga al exterior se sigue estando en soledad, en comunicación con las verdades que nos habitan.

En la tierra hay signos para quienes tienen certeza. Y en vosotros mismos, ¿es que no vais a ver? (51-21y 22)