La naturaleza del cielo

Nota del traductor:

Este capítulo que presento es de la obra del Chayj Al Alawi: «La llave de los testimonios», de la cual me encuentro en proceso de traducción. Dentro de seguramente algunos días esta obra se encontrará totalmente traducida y a vuestra disposición. – Abdul Karim Mullor

Capítulo XIII – La naturaleza del cielo 

El cielo es un cuerpo real cuya forma es desconocida, en razón de su pureza y de su sutilidad extrema. Lo que queremos decir es que se trata de una realidad que la vista no puede percibir y cuya materia (madda) es (en este sentido) próxima a la del aire. Es esto lo que dice la Revelación: Luego la dirigió al cielo, que era humo (dujan)[1]. Es bien conocido que este dujan original era toda pureza, desprovisto del menor atisbo de impureza, estando vacío de todo cuerpo sólido, pareciéndose al vapor que escapa del agua en ebullición. La palabra de Ibn Abbas[2] citada por Nasafi[3] va en ese sentido.

Es por esto que el cielo puede sostener cuerpos inmensos e impedirles que desaparezcan. Tomemos la naturaleza innata del vapor ya que ella es capaz de mover barcos enormes. Siendo así, el cielo no es visible en razón de su extrema sutilidad, así como de su alejamiento en referencia a nosotros. Lo que podemos ver son vacíos imaginarios al alcance de nuestra vista. Algunos de nuestros sabios dicen esto, como el juez (qadi) Abu Bakr Ibn Al ˤArabi[4] entre otros. Este último dice que “nosotros no vemos el cielo”, explicando entonces que es necesario interpretar los textos coránicos que hablan en apariencia de visión, después el qadi añade: “No es porque no le veamos que él no exista, siguiendo el principio de todos aceptado que no es porque nosotros no veamos una realidad que ella no tenga existencia”.

Lo que prueba su pureza y su extrema sutilidad es que la luz del Sol y las de las estrellas llegan hasta nosotros a través de él. Si hubiera sido opaco por alguna razón estas luces estelares no nos llegarían, de la misma manera que ellas no nos alcanzan cuando el cielo se encuentra cubierto; y ello a pesar de que incluso una nube es menos densa que el resto de los cuerpos materiales.

¡Que sutilidad la de este cielo! Si existiera en él la menor densidad, la distancia le haría ser más espeso, y el primer cielo nos impediría ver lo que hay en el segundo, y a fortiori lo que contienen los otros. Sin embargo, llegamos a ver lo que contiene el Pedestal (al Kursi), como son las Pléyades y otras constelaciones, siendo que la distancia que las separa de nosotros es incalculable. Todo esto demuestra la muy débil densidad del cielo puesto que su existencia misma no constituye un obstáculo para la vista.

En cuanto a los relatos que transmiten algunos sobre la existencia de un cielo de oro, otro de plata, etc., estos deben ser interpretados, suponiendo que sean auténticos, ya que ellos no remontan hasta el Profeta; suponiendo que lo sean, es necesario entender que esas palabras se refieren al lugar y al estado en el que se encuentra, es decir al cuerpo que ocupa ese cielo, como por ejemplo lo hace Saturno; entonces, eso querría decir que ese lugar estaría compuesto de oro y plata en relación a la plaza que ocupamos nosotros. Pero si estos relatos no se encuentran trasmitidos por alguien que sea infalible, entonces no debemos interesarnos en ellos, pues contradicen la aleya que afirma que el cielo se encuentra formado de gas, y la razón constata su sutilidad tal y como acabamos de ver.

El cielo no es tal sino en referencia a aquél que se encuentra por debajo de él. Si te representas como ocupando el lugar que se encuentra abajo, entonces lo que se encuentra por encima de ti es tu cielo. Pero si nos colocamos desde el punto de vista del cuerpo celeste que en él se encuentra, se trata de una órbita (falak). Desde este punto de vista los siete cielos son la designación del movimiento de los siete planetas, es decir, la trayectoria fija que ellos describen y que les impide desviarse: No procede que el sol alcance a la luna, ni que la noche se adelante al día. Cada una va en una órbita.[5]Cada uno tiene su vía propia. Allâh ha dicho: Y hemos creado por encima de vosotros siete vías.[6], y ellas son las trayectorias de los planetas como lo acabamos de decir.

Esta vía no puede ser calificada ni como alto ni como bajo. Hablamos de arriba simplemente  en relación a la dirección de la vista del que mira, como lo hemos visto precedentemente, tratándose en efecto que las esferas se encuentran incluidas las unas en las otras y que el cielo no se encuentra cualificado por una dirección determinada más que por otra. Todos los cuerpos celestes transitan en su órbita.

Así, aquel que reflexiona convenientemente verá que la Tierra, al igual que los otros cuerpos celestes, se encuentra en movimiento permanente y constatará que ella cambia de estado. ¿Cómo podría ser de otra manera? Tú observas como Saturno, cuando se pone, pasa por debajo de la Tierra, mientras que en realidad él se encuentra en el séptimo cielo. ¿Dónde pues se encontraría la Tierra para aquel que se encontrara en Saturno, por poner un ejemplo?

Pero esto ya lo hemos visto anteriormente. Dicho brevemente, las nociones de alto y de bajo no se aplican al conjunto de estos cuerpos como acabamos de mencionar. Esta especificación no tiene sentido alguno salvo que ella es en relación a nosotros, y si queremos ir al fondo de las cosas, ello carece de sentido, pues lo alto no lo es sino en relación a lo que se encuentra abajo y no en relación a lo que en él se encuentra. Todo lo alto tiene un arriba, y todo lo bajo tiene un abajo. No hay en realidad ni arriba ni abajo. Escribí en este sentido los versos que siguen:

Si tú dices: “lo alto de lo alto” entonces lo bajo se encuentra por encima de él

Y si dices: “lo bajo de lo bajo”, entonces lo alto se encuentra por debajo suyo

Lo alto no es otra cosa que lo bajo, y lo bajo se encuentra por encima suyo

Y si lo alto es lo bajo, ¿qué hay entonces por debajo suyo?


[1] Corán 41-11. La significa « Su Voluntad »

[2] “La primera cosa que Allâh creó fue una sustancia. La miró, inspirando en ella el temor reverencial que la hizo fundirse y descomponerse, elevándose de ella un gas bajo el efecto del calor (dujan bi-taslit a-n-nar)”.

[3] Naŷm ad-Dīn Abū Ḥafṣ ‘Umar ibn Muḥammad an-Nasafī (1067-1142); jurista, teólogo, historiador uzbeko que escribió sus obras en árabe.

[4] No hay que confundirle con el conocido maestro sufi Ibn ˤArabi quien en el Oriente Medio fue más conocido por su papel de sabio de la Jurisprudencia y del hadiz que por su carácter de sufí. Este Ibn ˤArabi nació 100 años antes (468 hégira) que el šayj al Akbar y fue el gran cadi de Sevilla.

[5] Corán 36-40.

[6] Corán 23-17.