27 mayo 2024
Fiqh y jurisprudencia

La Luna arábiga y el mantel volador

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La luna, la pobre luna, tiene la culpa de todo. Impertérrita, sin quejarse, sigue ahí, dando una vuelta a la Tierra cada mes, testigo mudo de los arreglos que se hacen a su alrededor.

Por sino hubiera bastado con señalarla 12 veces al año para fijar los comienzos y finales de los meses, ahora resulta que es fuente de conflictos. Resulta que ahora, los que han llegado a la Luna no son los astronautas, sino los camelleros del desierto, que como dijo el Profeta – sobre él la plegaria y la paz – “pobres diablos”, construirán altísimos edificios. Enajenados, quieren adelantarla y retardarla a sus antojos en su majestuoso recorrido mensual. Mientras, en su ruta, ella los mira con extrañeza preguntándose cómo después de siglos y milenios aquellos pastores de camellos y cabras han prosperado saliendo de las tiendas para albergarse en palacetes con piscinas y aire acondicionado, debido al producto de la venta de un viscoso líquido negro que mana del ombligo de su tierra. Y así, el pastor se hizo príncipe, y se puso un mantel a cuadros encima de su cabeza. Nuestro respetado astro blanco, todavía sin llegárselo a creer les observa desde allá lejos. Vigilando de un guiño su reloj selénico, nuestro bello astro constata que no hay fallos en su motor ni en su recorrido. Todo transcurre como siempre, al minuto, al segundo, con precisión minuciosamente lunar.

Llegan las vísperas del Ramadán, y los camelleros y cabreros acuden a una curiosa subasta. Se subasta la Luna durante dos días, y como dinero tienen, la compran y la hacen marchar a su antojo. No importa cuando veamos el creciente; ellos ya han comprado la Luna y ellos son los que dicen cuando se va a producir. Si de lunáticos era hablar y actuar sin ton ni son, hoy, estos adquisidores del astro ocupan los estrados más elevados de la ilustrada dejación del uso de las facultades mentales, y, haciendo acopio y uso de su blanca y nueva propiedad, deciden quienes van a verla y en qué día. Y así, para presumir de su adquisición, deciden que todos hayan de contemplarla el mismo día, porque si no lo miras hoy, en el día que ellos decidieron, la devolverán a su órbita para volver a adquirirla un mes después.

Nuestra luna, vejada y maltratada, llora de desconsuelo, se queja, se desgarra, esperando que alguien la oiga. Pues ella se vanagloriaba desde siempre de guiar a los seres humanos, de ser soberana y decidir sobre el comienzo y fin de los meses. Razón tiene, nuestro pobre astro, al sentirse mancillada por los intereses de unos camelleros y cabreros, quienes, para afear más el acto de haber violado lo inviolable, se colocan un mantel de cuadros en la cabeza.

Y ese mantel ¿Qué mantel! El mantel de Aladdin, que vuela de mezquita en mezquita por todo el mundo con un sobre en los pliegues que contiene el mensaje con las instrucciones de cuando se ha de ver la Luna que ya ellos adquirieron en subasta. En el pliegue oblicuamente opuesto se encuentra otro sobre, el cual contiene unos papeles con bandas magnéticas al que las gentes llaman dinero.

Y es que esos billetes hacen adelantar y retrasar la Luna al antojo del emisor. No sabemos por cuánto la adquirieron, pero si podemos decir que nuestra Luna, desde arriba, boquiabierta, observa como cuatro ganapanes trafican con su bella imagen y majestuosa presencia.

Sí, el mundo se esta volviendo loco, contesta ella a sus hermanos los astros, cuando preguntada sobre los hechos la acosan con sus preguntas.

-Yo no he hecho nada -; cumplo mi función como siempre – son esos del mantel a cuadros que trafican en mi nombre-.

Nosotros te inocentamos querida Luna; te absolvemos. No fuiste tú quien nos intentó engañar; fueron ellos, los de siempre; aquellos antiguos gañanes, que poco hace se tiraban piedras unos a otros, se mataban por el agua de los pozos y se paseaban ufanos por las ferias de esos animales con jorobas, que, por tenerlas, no llegan a ser tan jorobados como sus amos.

Si de jorobar se trata, ellos si que entienden, señora Luna. Pero no te preocupes, sigue tu curso como siempre, que nosotros desde aquí te seguiremos admirando y nos sentiremos agradecidos por tu majestuosa presencia.