La libertad (Al-ḥurriya)

Vocabulario del maestro Ibn ˁAǧība.

Traducción y comentarios de El Mehdi Flores

La libertad (Al-ḥurriya)

La libertad es la purificación de la psique de todo lo que no sea amor al Real hasta que no quede nada que no sea para Dios. Esta libertad es la que se denomina ‘libertad adquirida’ y es un motivo para obtener la ‘libertad obsequiada’. Esta última es la desaparición del siervo en los ‘lugares de epifanía’ del Señor, de modo que la sombra de lo pasajero es subsumida en la luz de lo eterno y las formas de la servidumbre se disuelven en la epifanía de los lugares de manifestación señoriales y permanece solo El Real sin criatura alguna (yabqà al-ḥaqq bilā jalq). En ese instante se le expide al siervo el certificado de emancipación de manera que a partir de entonces su actos de servicio y su servidumbre son por pura gratitud, no por obligación, como dijo el Profeta Muḥammad, (Dios lo bendiga y salve), señor de los gnósticos : ¿Acaso no he de ser yo un siervo agradecido? Dijo al respecto Ğunayd, el imam de esa comunidad: ‘Para los gnósticos, el servicio divino es una corona en sus cabezas’.

Comentario

Este corto texto de Ibn ˁAǧība contiene un importante vocabulario sufí que merece la pena que veamos en árabe. En primer lugar el concepto de ḥurriya, derivado del término ḥurr que en árabe incluye los significados de libre, genuino, precioso y noble. El hombre libre se contrapone al esclavo y lo genuino es aquello que no está mezclado con impurezas, es decir, que es puro y por lo tanto precioso, de ahí que lo puro sea considerado también ‘noble’, ‘auténtico’, adjetivos que también puede aplicarse a las personas. En castellano, el verbo ahorrar, derivado del árabe, significaba además de su significado moderno, el hecho de emancipar o liberar a un esclavo.

La ‘purificación de la psique’ es mi traducción de ‘taṣfiyyatu-l-bāṭin’ en donde al-bāṭin indica toda la esfera interior u oculta del ser humano, a saber, el alma con sus pulsiones y emociones, la mente con la memoria y la razón, el corazón junto con sus afectos etc. es decir, toda la dimensión interna del ser humano, que traduzco por el término griego de psique. La definición de la libertad como una purificación se entiende mejor a la luz del significado de ‘pureza’ que recoge como hemos visto la raíz árabe ḥ-r-r. Es un proceso alquímico en el que se separa la mena de la ganga, es decir, la parte del mineral precioso de la parte inútil. En esto consiste fundamentalmente la obra alquímica a la que aluden a menudo los sufíes.

Dios está más cerca de ti que tu vena yugular, se oculta en la profundidad de tu ser y aspira a ser conocido, a salir a la luz. Tú eres responsable de ‘darle a luz’, de existencializarlo, de ahí la necesidad del servicio o culto divino (ˁibāda) que haga de Allah, esa realidad siempre misteriosa, el Señor (Rabb), el Dios personal manifestado por cada criatura. Ese es el secreto que el siervo no debe revelar, a saber, que el Rabb necesita del ˁAbd (siervo) para existir, lo mismo que el padre necesita al hijo para poder ser llamado padre.

El Real es la traducción del término Al-ḥaqq. También se podría traducir como El Verdadero.

Para Ibn al- ˁArabī, Al-ḥaqq es la Realidad en su absolutidad primera y primordial o el Ser absoluto. Es lo Absoluto antes de que comience a manifestarse, es decir en un estado en que todavía no muestra ni el mas leve presagio de manifestación. El Ser absoluto se revela en un infinito número de grados. Esos grados o etapas del Ser, Ibn ‘Arabi los reúne en cinco niveles principales, los ‘cinco planos del Ser’ y denomina cada uno de esos planos del Ser ‘ḥaḍra‘ o ‘presencia’. Cada ‘ḥaḍra‘ es una dimensión ontológica particular en que el Ser absoluto (al-wuǧūd almutlaq) se manifiesta.

El Ser absoluto, en todas las formas de manifestación, lleva el nombre de Al-ḥaqq. Los cuatro estados restantes son las formas esenciales en que lo Absoluto ‘desciende’ de su absolutidad y se manifiesta en niveles que son para nosotros más reales y concretos. Ibn ‘Arabí da a esta actividad de manifestación de lo Absoluto el nombre de taǧallī, una palabra que significa literalmente ‘descubrir algo oculto tras un velo’.

Todo en la visión de mundo de Ibn ‘Arabí, ya sea lo espiritual o lo material, lo invisible o lo visible, es un taǧallī de lo Absoluto, excepto lo Absoluto en su absolutidad, que, huelga decirlo, no es un taǧallī sino la fuente misma de todos los taǧalliyyāt.

La segunda ḥaḍra es lo absoluto manifestándose como Allah. La tercera lo absoluto manifestándose como Señor (Rabb), la segunda lo Absoluto manifestándose como cosas medio espirituales y medio materiales y la quinta ḥaḍra lo Absoluto manifestándose como mundo sensible.

Al-ḥurriya al-kasbiyya, la libertad adquirida, es la que se alcanza mediante el cumplimiento de las obligaciones religiosas, es decir, con el esfuerzo por parte del siervo, mientras que al-ḥurriya al-wahbiyya es la que viene concedida graciosamente como un don (wahb) por parte de Dios. Ibn ˁAǧība declara que esta última suele ir precedida de la primera, aunque Allah retribuye a quien quiere sin cálculo alguno.

Esta libertad obsequiada, al-ḥurriya al-wahbiyya, supone la desaparición del siervo en los ‘lugares de epifanía’ del Señor. El término técnico para esos lugares es maẓhar (pl. maẓāhir) y son los moldes o formas (qālib, pl. qawālib) que contienen la esencia divina y que no son otra cosa que las criaturas. Las criaturas son pues las diferentes formas que adopta la divinidad al existencializarse por lo que no tienen esencia propia.

La creación es como un espejo en el que se reflejan las imágenes del Único Real. Las imágenes no tienen esencia sino solo existencia, no son por lo tanto Él pero tampoco son algo distinto de Él.

La libertad obsequiada conlleva también la desaparición o ausencia (gayba) de todo lo contingente en la realidad eterna al igual que la luz de una candela durante la noche se subsume en la luz del día al amanecer. La candela sigue encendida pero su luz viene absorbida por la intensidad de la luz del día, de modo que solo queda Al-ḥaqq sin criatura alguna (yabqà al-ḥaqq bilā jalq). Desaparece lo que nunca ha sido y permanece lo que nunca ha dejado de ser. Tras este fanà o extinción se da el baqà o permanencia eterna, de la que dijo el šayj Al-ˁAlāwi: ‘La permanencia eterna es que no quede rastro de ti’.

Es entonces cuando el siervo es emancipado de sus obligaciones serviles (ˁibāda) y su servidumbre (ˁubudiyya) a las que sin embargo no renuncia por puro amor y gratitud hacia Dios. El siervo sigue siendo siervo y el Señor sigue siendo Señor. Esta es la seña característica del Islam que distingue el mensaje del Profeta Muḥammad de todo discurso panteísta o similar.

Pero Allah sabe más del asunto.