17 junio 2024
Nuevos Musulmanes

La identidad de los pueblos

Abdul Karim Mullor

La identidad de los pueblos

Cuando pensamos que formamos parte de un pueblo, de una nación, recurrimos a la noción de identidad. Esto implica a aquello que nos une y nos hace reconocibles como sociedad pensante y pueblo con señas y fines comunes.

Por esta sencilla razón, cada pueblo busca su identidad en raíces que son comunes a la mayor parte de la población. A principios de base que, de alguna manera, hayan calado en el seno de los hogares y del pensamiento de los individuos. Así, de una forma u otra, se sentirán identificados con los modelos de filiación que darán lugar a una serie de principios patrios por los que la sociedad haya de regirse.

Para esto hacer se recurre comúnmente a la Historia, a los acontecimientos que han desembocado en la formación de ese modelo de identidad llamado nación.

Cuando los acontecimientos históricos son interpretables, de tal manera que representan vagamente a la sociedad porque se encuentran adheridos a los intereses de una clase gobernante, entonces en ese caso, no pueden constituirse en argumento suficiente para convencer y cautivar a la mayor parte de los conciudadanos. Se vulneran entonces los datos históricos reales y se inventan otros en los que presuntamente el pueblo haya conseguido gestas que le definan como tal.

Históricamente, las raíces de identificación de los pueblos se vinculan a la religión. La creencia en verdades universales e irrefutables, en una realidad superior que todo lo puede es suficiente como nexo de unión entre unos y otros. De esta manera, en el transcurso de la Historia se ha visto manipular la religión a fin de amoldar ésta a los intereses de las clases gobernantes. Estas, secundadas por un clero férreamente establecido, han remodelado y retocado los textos que consideran sagrados. De esta guisa han llegado a maniatar a la masa popular a través del miedo y de la superstición.

Este es y ha sido el acicate para que las clases gobernantes puedan vivir en todo lo alto de la pirámide social. Desde ella esos mandatarios han podido “convencer” al pueblo de la sacralidad de su misión redentora, beatificada por los representantes de una religión cuyos textos y principios han sido adulterados de manera previa.

En todas y cada una de las religiones que existen y han existido en el Orbe existe una clase sacerdotal que, conformada de una manera u otra, ha sido la detentora de los libros sagrados y de su autenticidad, sin que el pueblo tuviera voz y voto en ello.

No es por mi pertenencia a la religión musulmana que declaro firmemente que es el Islâm la única religión en la que los libros sagrados son intocables. Es que se trata de una realidad que puedo defender probando fehaciente y fácilmente mi afirmación ante cualquiera que pudiera contradecir estas palabras.

La Inteligencia Divina ha establecido un libro revelado (el Corán). Cualquier persona puede aprenderlo de memoria. No hay por tanto necesidad alguna de que un clero pudiera custodiarlo para que no se perdiera. Y por la misma razón nadie puede adulterarlo.

En cuanto a las palabras del Profeta – sobre él la plegaria y la paz – ocurre exactamente lo mismo. Ellas se encuentran protegidas por un elenco de sabios, estudiantes y publicaciones. En el Islâm no hay clero; la jerarquía religiosa habita en los corazones de las personas que se han dado a Dios en cuerpo y alma. Ya puede tratarse de un panadero o de un rey quienes conozcan el Corán de memoria y hayan estudiado las palabras del Profeta, las cuales se encuentran a disposición de unos u otros en los mismos formatos, en los mismos textos.

De esta manera, podemos constatar que un zapatero puede ser el rey y el sol de la religión. Contrariamente a esto, un gobernante, puede darse la circunstancia de que sea un ignorante en esta materia.

Podría decirse que, como consecuencia de lo que acabo de exponer, las raíces de identidad de las naciones de mayoría musulmana sean las mismas y que lógicamente podría derivarse de ello una natural tendencia a constituir una sola nación. Este pensamiento es cierto ya que, durante siglos hemos comprobado que la vocación de los gobiernos musulmanes siempre ha sido universal. Los pueblos del Islâm han convivido los unos con los otros, ya sea a nivel de un califato, ya sea al de pueblos y naciones que se han vinculado por el férreo lazo de la Fe.

De esta manera, la Historia, si llegó a manipularse, lo fue para gloria de uno o varios gobernantes. Con ello quisieron de justificar que el gobierno recayera en alguno de ellos. Nunca, eso sí, para establecer ni reforzar la identidad de los pueblos, que ya estaba ampliamente justificada por la Revelación del Islâm. Dicha revelación enseña que todos los musulmanes son hermanos y componentes de una sola comunidad.

Nos encontramos ante una verdad irrefutable. En nuestros tiempos los intereses de gobierno en cualquiera de los países que conforman la Geografía política del Globo terrestre son, por grado o por fuerza, simplemente económicos y políticos. Y a la mayor prte de ellos no les interesa el modelo de Hombre que propone la Religión.

El mundo ha sido arrastrado por lo que se ha dado en llamar “globalización”. Ya no interesa alterar los textos sagrados pues la creencia se va desarraigando a marchas forzadas de los corazones de las gentes.

Consecuentemente, la tendencia globalizadora, los intereses neo identitarios actuales se conforman alrededor del establecimiento de una nueva “revelación”. Ella es enseñada a los cuatro vientos por el aparato propagandístico de turno. La tendencia es la del establecimiento de un régimen que ya no precisa ni de moral, ni de principios ni de identidades nacionalistas.

Ahora el poder tiende a globalizar las mentes, los espíritus, la manera de vivir. De esta manera todos seremos miembros de una masa sin cerebro, que vaya de un lado a otro sin razón, sin guía, sin finalidad. La masa ha de pensar que se vive por el mero hecho de estar dotados de un cuerpo y una mente. Se establece como principio de la propia vida esa vaga noción del “bienestar” y el pensamiento de que somos un saco de huesos, músculos, sangre y piel que se mueve por un universo global regido por el azar.

Decidme pues ¿qué noción de Humanidad puede tener aquél que se cree la cantinela de que descendemos de aquellos monos? ¿De esos primates que podemos encontrar en los zoológicos de cualquier ciudad, o que hacen pareja con aquella cabra que se sube por la escalera al son de la trompeta? Una monada, vamos.

Nada mejor en materia de esclavitud que tener atenazados las mentes y los espíritus de las gentes.