18 abril 2024
Editorial

La farándula «espiritual»

Por Abdul Karim Mullor

A-s-salamu ‘alaykum

Mi experiencia en la Vía espiritual me ha dado a entender cosas de las que no debo hablar, otras de las que sí puedo hablar, y otras que, aunque lo hiciera; no obtendría nada; por eso es mejor dejarlo como está, en ausencia de un interés concreto.

Lo que sí es cierto es que una de las gracias que he recibido de Allâh es saber distinguir lo verdadero de lo falso, y por supuesto, al verdadero del falso. Cuando este discernimiento se hace luz, uno ve claramente si las palabras contienen una realidad interior o son fruto de la imitación y del deseo de notoriedad. No quisiera ser brusco a la hora de relatar como he encontrado decenas que hablan de lo que otros dijeron, arrogándose estados de los que no disfrutan y adjudicándose conocimientos que solamente leyeron en los libros de otros.

¿Y cómo no podría darme cuenta si, como Allâh dice, los que seguimos el Camino del Rahman hemos sido sacados de las tinieblas a la luz? ¿A qué luz? A la del discernimiento, a la del conocimiento, a la de la misericordia, a la del Amor. De ahí que soy taxativo cuando juzgo porque lo que digo lo veo con claridad, con nitidez meridiana, con la luz la cual, sin merecimiento alguno por mi parte, me ha sido procurada por Allâh (gracias le sean dadas por toda le Eternidad).

Mero espectador de los movimientos de unos y otros para hacerse notar y abarrotar sus arcas, así como sus posesiones de discípulos; viendo el ansia que tienen por dominar y reinar sobre las voluntades ajenas, observo, con perplejidad un espectáculo propio de una pieza de Comedia, donde los actores se mueven actuando en un rol que no es el suyo, sino prestado. Y, como en aquellas obras de teatro griegas, en las que el coro acompañaba la tragedia, vemos a gentes vitoreando las proezas prestadas de sus héroes con pies de barro, quienes, cual estatuas de cera, representan humanos sin serlo.

Como donde no hay realidad, hay que dar nombres; estas gentes necesitan poner nombres a todo para “apuntalar” aquellos bienes ficticios que nunca tuvieron, que solamente acariciaron con sus oídos o con sus ojos, imbuidos en incesantes lecturas en busca del Tesoro, cuya propiedad tendría la facultad de hacerlos célebres.

Y así escuchamos un día y otro, esbozando una sonrisa que disimula una pena, palabras rimbombantes como apuntalando un castillo de arena que se cae al menor soplo de viento, frases como:

El shayj es el sultan de los awliyya – el chayj es el Qutb y nosotros los abdal – mi chayj desciende de los chayjes Fulano y Mengano, tan conocidos y considerados – el chayj es el hombre del siglo – el chayj es clarividente y te da luz –

Y cuando hablan de hombres sabios de verdad, a fin de utilizarlos como mecenas de sus grupos dicen: Fulano fue el Qutb – el otro era un abdal – el otro era el colmo del Conocimiento superior- el chayj tal fue… y tal, y tal, y tal. Hablar y hablar de cosas que no se conocen y que no son capaces de llegar a comprender; todo ello para apuntalar su grupo, poner la bandera y airear los blasones.

Y tantos y tantos nombres que, gastados por lo usados, se pueden encontrar ya en los mercadillos de antigüedades, ya de tanta y tanta desidia que da escucharlos por doquier.

Como decía el buen Machado: «De diez cabezas, nueve embisten y una piensa.»

Más hubiera querido el Lazarillo ser tan listo; por no hablar de Pablos, aquél buscón marionetizado por Quevedo. A fe mía que hubieran hecho fortuna y ganado miles de maravedíes.

El mundo de la farándula, de la farándula espiritual, donde como decía Disney, los sueños se hacen realidad.

Se habla de los estados como si se conocieran, con una liviandad que suscita el enrojecimiento de los rostros inocentes. Se copian y pegan una y otra vez, palabras sustraídas de libros, exentas de realidad en sus sustractores.

Y uno, ve lo que ve, y no siente ningún ánimo de gritar en el desierto, porque desierto es el corazón de aquel quien oyendo no escucha y mirando no puede ver.

Y se airean los blasones, se avientan los escudos de armas, ondean las banderas, suenan los clarinetes, repican los tambores, porque, como dicen por aquí en Marruecos:

Lignasa kabira – al mayit huwa al fara. (Un gran entierro y el muerto no es más que una rata), cosa que se dice cuando fallece alguien de renombre y acuden a su entierro centenares de personas, siendo el muerto una persona sin pena ni gloria como ser humano.

Lo mismo ocurre con aquellos de nombres rimbombantes y de realidades huecas; al final las máscaras se caen y los rostros muestran la verdadera naturaleza de cada uno.