La deriva de la doctrina cristiana 3 – Pablo de Tarso, el agente de la escisión
La deriva de la doctrina cristiana 3 – Pablo de Tarso, el agente de la escisión
Extraña e inventada esa historia, peregrina donde las hubiere, de Pablo de Tarso, su caída del caballo y posterior encuentro con ˤIsâ – sobre él la paz -.
Historia contraria a la verdad y a la lógica de la Revelación sagrada que Dios le dio a Jesús, Su profeta, Su servidor.
Si a este personaje le hubiera sido dado tener algo con Dios, ¿por qué entonces no fue apóstol de ˤIsâ desde un principio?
A pesar de su nacimiento en Cilicia, mientras Jesús predicaba él se encontraba en Palestina (que no Israel). Era fariseo, de la tribu de Benjamín, y discípulo del rabino Gamaliel en Jerusalén. Esto demuestra su conocimiento directo de la persona de Jesús que no pasaba desapercibido para nadie en aquella época. Pablo tenía entonces entre 23 y 28 años.
No es esta la manera de actuar de Allâh. No permite Allâh que un hombre de Dios falte a la llamada de Su profeta.
Resumiendo, a todas luces, se trata de un burdo invento que no se tiene de pie, y que no resiste a una primera inspección juiciosa, equilibrada y realista. Y más, cuando quienes la inventaron quieren hacernos pasar por tontos a aquellos que, de una manera u otra hemos recibido una Ciencia de Su parte.
¡Vio una luz y se cayó del caballo! Al menos no nos ha llegado la noticia de si tuvo una fractura y debió andar con escayola y muletas por esa Palestina de antaño. Pudiera ser…pero no lo sabemos
Seguramente, la teoría más coherente es que fue un infiltrado judío o judío /romano (de entre ambas cosas tenemos dudas) cuya misión era desarticular la doctrina del Cristianismo incipiente. Sabiendo cómo actúan los Sionistas, introduciendo elementos en las “filas enemigas” desde hace ya una buena veintena de siglos, nos parece lo real y lo adecuado.
No vamos a referirnos a las fantasías escritas en “Los hechos de los apóstoles, ni en las cartas de Pedro y Pablo, o de otros; sería tedioso perder el tiempo explicando esto, porque sabemos a ciencia cierta que todo ha sido inventado, o seriamente cambiado en el mejor de los casos. Ya lo demostramos cuando comentamos aquél “único signo” que Jesús dio a los judíos.
Lo que acabamos de decir queda demostrado por el hecho de que, tanto en Oriente Medio como en la Península Arábiga existían monjes como Nestor y Bahira que tenían a Jasús como profeta y estaban esperando a Muḥammad – sobre él la plegaria y la paz -; pues éste fue anunciado por Jesús el día que ascendió a los cielos.
Igualmente era cristiano, el tío de Jadiya (la esposa de Muḥammad), llamado Waraqa Ben Nawfal, quien reconoció en Muḥammad al profeta anunciado por Jesús.
Volviendo a Pablo, sus cartas, su doctrina, sus palabras plenas de errores, de inventos y de mentiras, llevan el sello de un espía infiltrado. Pablo nunca fue cristiano y aprovechó que Jesús ya no estaba para viciarlo todo.
Con él se escindió el Cristianismo, convirtiéndose una parte en cristianos unitarios, que no creían en la divinidad de Jesús ni en la trinidad; y la otra parte en trinitarios, espoleados por él falso apóstol judío fariseo de Cilicia.
Los cristianos deberían preguntarse a qué se debía la enemistad entre Pedro y Pablo. Si tenemos en cuenta que Pedro era un buen seguidor de Jesús, delegado por él como cabeza de los cristianos, ¿cuál podría ser la causa de la enemistad? ¿Problemas personales? Seguro que no, una persona santa como lo era Pedro no podía caer tan bajo.
Ahora bien, que elogiemos a Pedro no quiere decir que admitamos la autenticidad de lo que se ha dado en llamar “sus cartas o epístolas”, y mucho menos la historia peregrina de que fuera crucificado en Roma boca abajo.
Así dicho, queda claro que fue la influencia de Pablo la que escindió el Cristianismo poco después del nacimiento de la nueva doctrina.
Esta escisión se fue agrandando a medida que pasaban los años, los decenios, los siglos; hasta que llegó el Concilio de Nicea en el año 325. En él, se admitieron como auténticos los cuatro evangelios que hoy maneja el Vaticano, así como el resto de literatura que ha completado lo que se ha dado en llamar “El Nuevo Testamento”.
Un libro sospechoso, una segunda parte de la Biblia cogida con alfileres, muy mal redactada y con múltiples contradicciones; sin planchar y cosida con remiendos múltiples de gran tamaño.
Asimismo en dicho concilio se eligió al Catolicismo como doctrina oficial de lo que quedaba del Imperio Romano. Los intereses políticos no faltaban, y en toda evidencia se puede comprender que precisamente estos intereses eran la base de todo.
Antes del Concilio, hemos de decir que la facción Unitaria del Cristianismo se encontraba encabezada por los obispos Arrio y Donato, y que ellos debieron sufrir una feroz persecución a muerte de parte de los “devotos” Católicos y de uno de sus adalides conocido como Agustín de Hipona, quien en sus Confesiones calumniaba a Arrio diciendo que adoraba al Sol y a la Luna; cuando en verdad Arrio adoraba a un solo Dios Unico y sin asociados.
Los católicos ponían la otra mejilla; pero resulta que no era la suya, que era la del otro. Y no solo la mejilla, sino la seguridad personal y la propia vida. Los brutos siempre arreglan las cosas a palos.
Dedicaremos el siguiente capítulo al susodicho Concilio de Nicea, a Agustín, a Arrio, a Donato, a los Unitarios y los trinitarios, hasta terminar con el que era el estado del Cristianismo en la época del nacimiento de Muḥammad – sobre él la plegaria y la paz – en el día 12 de Rabi’a al Awal del Año del Elefante.