27 mayo 2024
Ceuta

LA DELICADA PORCELANA DE LA EDUCACIÓN

Tula Fernández, profesora de Lenguas Clásicas en Ceuta y novelista https://www.tulafernandez.es/451607180

“El gran maestro y el guardián se dividían la administración de un monasterio Zen. Cierto día, el guardián murió y fue preciso sustituirlo. El gran maestro reunió a todos los discípulos para escoger quién tendría la honra de trabajar directamente a su lado.—Voy a presentarles un problema —dijo el gran maestro— y aquél que lo resuelva primero, será el nuevo guardián del templo. Terminado su corto discurso, colocó un banquito en el centro de la sala. Encima colocó un florero de porcelana carísimo, con una flor que lo decoraba.—Este es el problema, —dijo el gran maestro— resuélvanlo. Los discípulos contemplaron perplejos el “problema”. Veían los diseños sofisticados y raros de la porcelana, la frescura y la elegancia de la flor. ¿Qué representaba aquello?, ¿qué hacer?, ¿cuál sería el enigma? Pasó el tiempo sin que nadie atinase a hacer nada salvo contemplar el “problema”, hasta que uno de los discípulos se levantó, miró al maestro y a los alumnos, caminó decididamente hasta el florero y lo tiró al suelo, destruyéndolo.— ¡Al fin alguien que lo hizo! —exclamó el gran maestro— ¡Empezaba a dudar de la formación que les hemos dado en todos estos años! Usted es el nuevo guardián.Al volver a su lugar el alumno, el gran maestro explicó:—Yo fui bien claro, dije que ustedes estaban delante de un “problema”. No importa cuán bello y fascinante sea un problema, tiene que ser eliminado.   Este cuento de autoría incierta nos enseña que solo existe una manera de lidiar con un problema: abordándolo de frente y que hacemos mal en dejarnos llevar por la piedad, la belleza o el lado fascinante que ese conflicto acarree consigo. Hoy celebramos el día de la Educación, de esa que se escribe con mayúscula y que debiera marcarse en negrita. Leeremos artículos, (me disculpen la osadía por este y cuentan ustedes con mi permiso para la crítica), se publicarán noticias, se darán charlas y todos haremos uso de grandilocuentes frases (la mayoría de ellas copia y pegas de internet) con la que felicitarnos a todos por este día, el día internacional de la educación. La ONU proclamó el 24 de enero para celebrar el esencial papel que la educación desempeña en la paz y el desarrollo de la sociedad (la explicación también está extraída de internet, de nuevo me disculpen). Hablar hoy del valor esencial de la educación y no reconocer que tenemos un problema nos dejaría encadenados en una caverna sin la capacidad de mirar hacia atrás para lograr entender el origen de ese encerramiento. Recordemos que Platón, en su Mito de la Caverna, merecedor de ser igualmente escrito con mayúsculas y en negrita, deja a esos hombres encadenados admirando unas sombras falaces y engañosas que los distrae de la realidad: la caverna en la que permanecen encadenados. Siempre he sentido debilidad por esta disertación de Platón, hasta el punto de considerar que esta alegoría de la teoría de las ideas es válida para explicar muchos de los entresijos del mundo en el que nos movemos y entenderlo con una visión coherente. Si llegados a este punto alguno de los lectores ha pensado que el mito de la caverna pudiera explicar a la perfección el valor de la educación, entonces estamos en la misma sintonía. Durante décadas, la educación (la que se escribe con minúscula y que va siendo modelada, pulida o reciclada a tenor de las corrientes ideológicas de los que tengan en ese momento la difícil responsabilidad de gestionarla) ha sido motivo de debate y ruido sobre el qué, cómo, dónde o quién: ¿Metodologías activas o tradicionales?,¿Aulas o espacios alternativos?,¿Generalistas o especialistas?,¿Contenidos o competencias? , ¿Examen o rúbrica? , ¿Evaluación estandarizada o no estandarizada? Sin menoscabo de que todos los anteriores interrogantes deban ser reflexionados y merecedores de encontrar una respuesta, haríamos bien si de vez en cuando nos liberamos de las cadenas, miramos hacia atrás y nos preguntamos lo que debiera centrar la esencia de la educación: para qué. Cualquier docente sabría responder a esta pregunta con mayor clarividencia que a todas las anteriores, y lo haría con el convencimiento que da la “auctoritas” que le otorga su profesión para emitir una opinión cualificada al respecto.   Educamos para procurarles a nuestros alumnos y alumnas la comprensión del mundo. Los educamos para enseñarles a situarse dentro de él, comprenderlo y así comprenderse mejor a ellos mismos, como individuos y como parte de la sociedad a la que pertenecen. Pero ¿qué sucede cuando los discentes empiezan a no compartir con nosotros el fin último de la educación? Esa ingente tarea de construcción requiere un esfuerzo nada despreciable. No sirve para comprender el mundo una enseñanza fragmentada, resumida o recortada. Tampoco sirve una enseñanza que intente disimular el esfuerzo requerido. La propia identificación como sociedad y su consecuente comprensión y capacidad de crítica a través de un juicio sustentado en el conocimiento no es una actividad baladí, todo lo contrario. El aprendizaje para adquirir una capacitación profesional de calidad es también un ejercicio costoso. Le exige al alumnado una dedicación a la que no siempre está dispuesto.  Nos movemos en la era de la comunicación y las redes sociales en las que todo ha de ser rápido, instantáneo, y poco perdurable, la calidad ha dejado de ser importante. Lo importante es estar, aparecer y, por encima de todo, parecer: una instantánea, una historia de treinta segundos, un tweet de ciento veinte caracteres, un golpe de like, una realidad fragmentada y fugaz. Un escaparate ideal donde los vendedores de humo ofrezcan sus sucedáneos. El conocimiento exige esfuerzo y la Educación, la que se escribe con mayúsculas y en negrita, exige tiempo.  Pero ¿Dónde están nuestros alumnos? ¿Responde la escuela al “modus vivendi” que impera a su alrededor? ¿Debe la educación permanecer impertérrita y sustentada en los cimientos que la erigieron como disciplina, o la adaptamos a riesgo de convertirla en un entretenimiento cada vez más vacío de contenido, de esfuerzo,  de exigencia de responsabilidad? ¿No parece este un debate necesario? ¿Qué hacer con la educación cuando los docentes tienen la sensación de que sus discípulos habitan tan lejos de ellos? Pensar cuesta trabajo. Hacer es molesto y ocupa tiempo. Asociar ideas es complejo. Memorizar es cualquier cosa menos instantáneo. En una sociedad de mensajes recortados y sin verificar, la comprensión de la historia, la rigidez de la gramática, la reflexión sobre las ciencias, la abstracción de las matemáticas o la comprensión de la filosofía se antojan ejercicios arduos. Hoy puede ser un buen día, como cualquier otro, para quitarnos las cadenas y mirar hacia atrás, obligarnos a caminar hacia la hoguera, a pesar de la luz, del molesto sol y de la verdad. Tenemos dos caminos: el camino del esfuerzo real hasta comprender el verdadero problema o seguir entretenidos en imágenes falaces y engañosas sobre los llamados problemas educativos. Homero es considerado el maestro por excelencia de la antigua Grecia, en la que la educación iba encaminada al cultivo de la mente, el cuerpo y la búsqueda de la “areté”, la excelencia, el anhelo del logro de la virtud que les otorgaba la capacitación para saber pensar, hablar y obrar con éxito. La cultura griega ya sintió que la educación iba encaminada a mejorar la sociedad. Eso también lo saben los buenos educadores. No todos podían servir al pueblo como poetas, tampoco hoy todos los educadores están a la altura de esta noble profesión. La autocrítica debiera ser entendida como un ejercicio virtuoso. La Educación, la que se entiende como el ejercicio encaminado a mejorar nuestra sociedad, debe ser objeto de reflexión, de modo que seamos capaces de buscar un nuevo paradigma que nos recoloque en el verdadero sentido de su propósito. Es necesario poner en el centro la calidad, el esfuerzo, la dedicación y la exigencia bien entendida. Nada debiera ser inmediato, fugaz o cambiante cuando hablamos de la educación que nos define como sociedad, porque encierra nuestros valores más fundamentales y debe ser responsabilidad de todos reclamarla como el eje vertebrador de nuestro país.El poeta y crítico literario T.S. Elliot obtuvo el premio Nobel en 1948. El poeta nos dice que el hombre está abocado a buscar respuestas al mundo que le toque vivir, por muy desorientado y decadente que sea el entorno que lo rodee. En uno de sus poemas “El primer coro de la roca” el autor se lamenta así: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido entre el conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido entre la información?”  ¿Seremos capaces de recomponer entre todos la delicada porcelana de la educación?