18 abril 2024
Nuevos Musulmanes

La adoración en Ramadán

Por ˤAbdul Karîm Mullor

Sobre la ˤibada de Ramadán

A-s-salamu ˤalaykum

Queridos/as hermanos/as:

Primeramente quiero felicitaros por la entrada a este bendito mes pleno de bendiciones. Y es que, si lo aprovechamos bien, encontraremos que él nos puede transportar lejos en nuestra adoración a Allâh. Ramadán nos puede hacer descubrir cosas que antes nos estaban veladas.

Supongo que algunos o muchos tienen la experiencia de que cuando faltan comida y bebida el cerebro se vuelve más lúcido, el alma se vuelve más paciente y el corazón se ilumina. Esto es literalmente así cuando uno se encuentra sumergido en el pasaje de estos 29 o 30 días. Son sensaciones y experiencias que no podemos aprender en libro ni clase algunos, porque tienen la fuerza de lo real.

Y puesto que nuestro nafs se apacigua por la escasez y la paciencia de manera tan taxativa en un mes como este, yo quisiera preguntar ¿por qué no hacer otro tanto el resto del año? Al fin y al cabo quien tiene Sakina en el corazón no desea otra cosa que encontrarse siempre ante la Faz de Allâh.

Los bienes de este mundo son perecederos. La cara alegre con la que se nos presentan y anuncian para seducirnos, se avieja o avinagra después del primer impacto. En realidad, ellos no son otra cosa que pura apariencia.

En una ocasión un cristiano de Bagdad quiso burlarse en la persona de ˤAbdul Qadir Ŷilani – que Allâh esté satisfecho de él – de un hadiz en el que se dice que “este mundo es el Infierno del verdadero creyente y el Paraíso de los incrédulos.”

El maestro pidió entonces a este cristiano que se le acercara, y él lo hizo. Entonces, estirando el brazo izquierdo, el šayj le dijo al cristiano que mirara por la manga de su túnica. El cristiano miró y vio el Infierno con sus castigos y sus sufrientes moradores.

Invitado por el maestro a mirar por la manga derecha de su túnica, el cristiano miró el Paraíso con todos sus deleites y sus moradores.

Ni que decir tiene que este hombre quedó totalmente anonadado ante un tal espectáculo.

Entonces, el Šayj le preguntó cómo le parecía esta vida en relación a lo que había visto en la manga izquierda del vestido de su vestido. El cristiano le respondió que este mundo, en relación a lo que vio, era el Paraíso.

Cuando el Šayj Ŷilani le preguntó cómo veía este mundo en comparación del Paraíso observado en la manga derecha, el cristiano respondió que este mundo era un infierno.

Dicho y hecho, el cristiano pronunció los dos testimonios y fue un asiduo discípulo del Šayj desde ese mismo instante.

Es así que Ramadán, si somos inteligentes, puede hacernos comprender que más allá de esta vida de complicaciones y placeres efímeros, se encuentra un mundo total. Y este último es el mundo real que solamente podemos percibir cuando se relajan las apetencias del nafs de manera progresiva hasta que ella se relaja en sus peticiones y se purifica. Debemos tener esta visión.

Cuando comparamos este talante con el objetivo de otros de “tener y acumular hassanats” vemos que el de estos no es un camino inteligente para comprender lo que se nos brinda en ente mes de Ramadán. Es como si se nos presentara delante de nosotros un tesoro, se nos brindara tomar lo que queramos de él, y nosotros eligiéramos las monedas de menor valor, dejando a un lado las joyas y las perlas.

No animo con esto a abandonar actos meritorios de este mes, como son la lectura del Corán o acudir al salat Tarawih. Hay que comprender que lo que estoy exponiendo no es otra cosa que asegurar que hay que considerar la ˤibada de las hassanats por debajo del amor a Allâh y los actos de adoración que esta conlleva. Actos estos que siempre son más sublimes que los que acabo de citar.

Cuando se adora para obtener méritos y recompensa, se ha de comprender que no se puede obtener de esa adoración otra cosa que el peso de las obras. Ese peso es Allâh Quien lo mide y da en recompensa a través de una tasación acomodada a cada uno de los siervos.

Ahora bien, el acto “Lillâh”, aquél que se hace por Amor, sin esperar otra cosa a cambio que acercarnos al Bien Amado (Allâh), es extraordinariamente superior al primero. La recompensa no pedida se encuentra en el acto mismo. Pues quien es capaz de adorar a Allâh con desprendimiento y si interés, una parte de su recompensa viene en el hecho de poderse comportar de una manera pura y luminosa, lo cual produce una alegría inenarrable.

Y la luz atrae la luz. Luz sobre luz, una y otra vez, hasta que sentimos y vivimos que este mundo es el Infierno de los creyentes y el Paraíso de los infieles, tal y como dice el hadiz.