10 octubre 2026
Sufismo

Ibn Arabi sobre la Futuwwa IV – Fernando Mora

LOS CAPÍTULOS, 42, 146 Y 147 DEL FUTUHAT AL MAKIYA

Ibn ʿArabī dedica tres capítulos de Al­-Futūḥāt al-makkiyya a la cuestión de la caballería espiritual. En el primero de ellos, el capítulo 42, afirma que la futuwwa es una estación de capacidad, poder y competencia, subrayando asimismo que es Allāh es el auténtico alimento porque sostiene tanto a los agradecidos como a los desagradecidos, sin establecer ningún tipo de distinción en este sentido. También manifiesta que, con excepción del ser humano, Dios no ha creado nada más poderoso que el aire, lo cual significa que lo más débil termina convirtiéndose en lo más fuerte. Y cita un hadiz en el que Allāh dialoga con los ángeles y estos le piden que cree algo más fuerte que el viento. Allāh responde de manera afirmativa creando al creyente –que debemos interpretar como «caballero espiritual»–, quien hace el bien con su mano derecha sin que lo sepa su izquierda, siendo en este sentido más enérgico que el viento. Pero el poder de los fityān –comenta el Šayj– se halla orientado, sobre todo, contra su propio yo, lo que les permite refrenar y controlar sus bajas pasiones. Ibn ʿArabī cita a continuación la siguiente aleya coránica: «Dios es el proveedor de todo, el Fuerte, el Firme» (51:58), relacionada con la definición anterior de que Allāh es el auténtico alimento.

La futuwwa –escribe– es el estado intermedio entre la infancia y la vejez. El esplendor de la vida se sitúa aproximadamente a los 40 años, lo cual es una edad crítica porque, durante ese periodo es cuando sucede la famosa crisis de los cuarenta y porque, como señala el psicólogo Carl Gustav Jung, la vida empieza, en realidad, a los 40. El periodo anterior ha sido un ensayo y un aprendizaje. Los 40 es un periodo que él denomina «mediodía de la vida», la plenitud de la existencia. Y en apoyo de la afirmación anterior, añade la siguiente cita coránica: «Dios es quien os creó débiles; luego, después de ser débiles, os fortaleció; luego, después de fortaleceros, os debilitó y os encaneció. Crea lo que Él quiere. Es el Omnisciente, el Omnipotente (30:54).También escribe el Šayj, en el Fūṣūs al-ḥikam, que ningún profeta, incluido Muḥammad, ha emprendido su misión profética antes de los cuarenta. Pero, en esencia, la futuwwa es atemporal.

En este sentido, Ibn ʿArabī concede gran importancia a lo que se denomina makārim al-aqlāb (el cultivo de los nobles rasgos de carácter). No podemos olvidar que el profeta Muḥammad señaló que había sido enviado para perfeccionar (o completar) los nobles caracteres, una idea esta –la de completación de los rasgos– sumamente importante, ya que es una de las cualidades distintivas de su enseñanza. Como apunta Ibn ʿArabī: «Así pues, aunque no sea consciente de ello, quien se conforma a las nobles cualidades sigue una ley de su Señor […] Perfeccionar los nobles rasgos de carácter consiste en despojarlos de cuanto ocasionalmente pudiera envilecerlos, pues los caracteres sólo son viles por accidente, siendo nobles por esencia».

Para Ibn ʿArabī, las expresiones «asumir los rasgos de carácter de Dios» (al-tajallūq bi ajlāq Allāh) y asumir los rasgos de Sus nombres son procesos homónimos que definen en qué consiste, en buena medida, el sendero espiritual del ṣūfīsmo y cuál es, en definitiva, el objetivo último de la existencia humana y de la futuwwa. Porque sólo actualizando estas cualidades, representadas por los nombres y atributos divinos, aparentemente contradictorios, puede el ser humano participar de la plenitud de la existencia.

Cualquier situación, experiencia o emoción, incluyendo las que nos parecen más negativas –como cólera, apego o celos, por ejemplo–, es noble en esencia porque hunde sus raíces en un atributo o nombre divino. No deviene innoble sino en la medida en que se despliega al margen de los límites establecidos por la Ley religiosa. Cuando son reasumidos en dichos límites, hasta los rasgos más groseros recuperan su carácter divino. Por ese motivo, el Šayj manifiesta las siguientes palabras, que son toda una muestra de lo que es una visión unitaria de la realidad: «Todo en el mundo es elevado, no existe entre las esencias del mundo supremacía alguna […]. Nada en el mundo es vil, puesto que toda esencia mundana está ligada a una esencia divina que la conserva. Todo es virtuoso, noble, elevado, no al contrario. Hablamos de noble y vil sólo para entendernos, como se habla corrientemente en la calle».

         Por ese motivo, la auténtica caballería espiritual consiste en el cultivo de los nobles rasgos de carácter. Los fityān –escribe el Šayj– son gentes de abundante conocimiento. Sin embargo, uno sólo puede ser llamado fatā cuando identifica la presencia de Dios en todas las situaciones y en todos los seres. En consecuencia, debemos tratar a cada uno de acuerdo con esta visión positiva y respetando su valor intrínseco.

         Un punto importante en este sentido es que el fatā carece de adversario; no es enemigo de nadie. Se mueve o permanece quieto de acuerdo a la sabiduría que encuentra en sí mismo. Y prosigue señalando Ibn ʿArabī que los verdaderos fityān sólo se cuentan entre los malāmiyya porque Dios ha confiado a sus almas la autoridad espiritual. Ellos son sultanes disfrazados de criaturas y príncipes vestidos de harapos.

         Y seguidamente pasa, en el capítulo 42, hablar de Ibrāhīm (21:50-73), al que Dios –como hemos indicado– llama fatā (21:60) porque rompió todos los ídolos (aunque, en realidad, fue Dios quien los rompió, si bien sirviéndose para ello de la mano de Ibrāhīm). Y el Šayj relata entonces la historia de este importante profeta, que, como sabemos, fue encarcelado por el rey de Babilonia –por quebrantar los ídolos– y arrojado a una pira cuyo fuego se vio transformado a la postre en flores y del que emergió Ibrāhīm completamente indemne.

         La imagen de Ibrāhīm, en el momento en que ocurre este incidente, es la de un hombre fuerte en plenitud de facultades, lo que responde al modelo del fatā que venimos considerando. A partir de este profeta, la adoración a la voluntad de Allāh devino la herencia de los creyentes. Asimismo, Ibrāhīm es el polo de la futuwwa en torno al cual gira la presente estación espiritual. Allāh ordena a los musulmanes adoptar el mismo lugar de adoración en Meca donde Ibrāhīm adoraba y rezaba, puesto que él es un claro ejemplo a seguir.

         Cuando apareció la primera cana en su barba, Ibrāhīm se sorprendió y se dirigió a Allāh para preguntarle:

         –Señor, ¿qué es esto?

         –Es el waqār –le respondió Dios.

         –Señor, dame más waqār –le dijo Ibrāhīm entonces.

         Y comenta el Šayj que esa, precisamente, es la condición propia de la futuwwa. La palabra waqār se refiere a un estado de equilibrio, tranquilidad física y solemnidad, relacionándolo con la paciencia imprescindible para evitar la precipitación y que es considerada esencial para conseguir la calma y la estabilidad emocional, siendo lo contrario al atolondramiento y la precipitación, que suelen ser signos de inmadurez.

         Futuwwa significa, pues, actuar sin apresurarse, concediendo a todas las cosas y situaciones su debido tiempo. Waqār también quiere decir solemnidad y, como hemos señalado, es un término que está relacionado con la paciencia, la cual, según menciona el sagrado Corán, no sólo es una cualidad esencial de los creyentes, sino también un signo de confianza en la providencia divina, que nos permite aceptar todo aquello que nos sobrevenga o nos depare el destino. Paciencia y gratitud –dice Muḥammad– son las dos partes de la fe (īmān).

         En cualquier caso, las canas son el anuncio de la vejez y la muerte. Y, en ese sentido, la respuesta de Ibrāhīm es una señal de su completa sumisión a Allāh. Tampoco podemos pasar por alto que el Corán llama a Ibrahim «amigo íntimo de Dios» (4:125). Para resumir, estas son algunas de las características de la futuwwa de Ibrāhīm:

         Firmeza ante la idolatría de su pueblo: el ídolo es el símbolo del nafs. Y, por ese motivo, ese ídolo tiene que ver, sobre todo, con nuestro propio ego y debe ser destruido.

         Hospitalidad: Ibrāhīm también es el que concede hospitalidad a sus amigos e incluso a sus enemigos, tal como se recoge en el episodio coránico correspondiente: «Y ya trajeron nuestros enviados la buena nueva a Ibrahim. Dijeron: “Paz”. Dijo: “Paz” Y no tardó en traer un cordero asado. Y cuando vio que sus manos no lo tocaban, sospechó de ellos y sintió temor de ellos. Dijeron: “¡No temas! Se nos ha enviado al pueblo de Lot» (11: 69-70). Estos seres extraños que despertaron, de entrada, el temor de Ibrāhīm, eran ángeles. Ibrāhīm es el fundador de la tradición de la hospitalidad dentro del islam (donde de todos es sabido que hay que dar cobijo y alimento durante tres días a los extraños sin pedirles nada a cambio), puesto que uno puede albergar ángeles sin saberlo, como le ocurriera a Ibrāhīm. El fatā es entonces el que alimenta tanto a sus amigos como a sus enemigos, tanto al creyente como al idólatra.

         Generosidad y abnegación, simbolizados por el intento de sacrificio de su propio hijo, también son otras dos virtudes que adornan la sabiduría de Ibrāhīm. Debido a esta generosidad hacia su Creador no duda en ofrecer en sacrificio a su hijo, que en el último momento es reemplazado por un cordero (37:100-107).

         Ibrāhīm es considerado un ejemplo de fe y sumisión a Dios. En el Corán, se dice que él fue el primer musulmán (2:131) y que se sometió completamente a la voluntad de Dios (2:132). Según el Corán, él y su hijo Ismail construyeron la Kaaba en La Meca, que se convirtió en el lugar más sagrado del islam (2:125-127). El Corán afirma también que Allāh bendijo a Ibrāhīm y lo convirtió en un líder y un ejemplo para la humanidad (2:124). En resumen, el Corán presenta a Ibrāhīm como un ejemplo a seguir de fe, sumisión y liderazgo.

         El más elevado de los caballeros es, en suma, el que actúa de manera respetuosa con los más débiles. Ibn ʿArabī pasa a relatar entonces la historia de las hormigas que ya hemos comentado para ejemplificar la virtud de la futuwwa, que repite en el capítulo 146 y que abordaremos allí en su plenitud.

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