Filosofía islámica IV – Capítulo III – Las implicaciones sociales

CAPITULO III

LAS IMPLICACIONES SOCIALES

El chayj nos aproxima a un aspecto intrínseco al ser humano: la sociabilidad. No podemos ver en este hecho sino es un reflejo de la Unicidad Divina, cuya luz viene a manifestarse en la unidad armónica de los seres humanos que habitan este mundo. Los principios fundamentales de dicha sociabilidad se encuentran en la naturaleza humana misma. Todas las partes de esa naturaleza son individuales si las tomamos por separado, pero, a la vez, no son nada sino están en contacto directo las unas con las otras, ordenadas de una manera equilibrada, y por tanto, natural.

En efecto, el ser humano se encuentra provisto y dotado de miembros los cuales funcionan de una forma armónica. Pero a su vez, esta armonía se encuentra dirigida por el órgano al cual le han sido asignadas las facultades de control y de guía: la razón.

Asimismo la sociedad se encuentra compuesta de miembros individuales, los cuales, en ninguna manera podrían subsistir por si mismo sino hubiera un ente superior que acogiera a todos en su seno, es decir: la sociedad.

La sociedad es y debe ser pues, la imagen de un cuerpo humano ordenado, de tal manera que si uno de los miembros sufre, todo el cuerpo padece las consecuencias. Y, al igual que el cuerpo humano, debe tener un miembro que la dirija por el camino adecuado para obtener su fin principal, el cual es y debe ser, la salud y bienestar de todos  y cada uno de sus miembros. Así pues, el gobernante de la sociedad ocupa el lugar paralelamente equivalente al del cerebro o la razón en el cuerpo del ser humano.

Por supuesto, ni que decir tiene, que ambos, sea el cuerpo humano, sea el cuerpo social, no podrán manifestar un comportamiento armónico y saludable que si existe una guía superior la cual los dirige a la mejor consecución de sus fines, siendo ella a este efecto la Ley religiosa.

Un aspecto muy olvidado por los eruditos del sufismo, y no obstante, esencial, es que los elementos corporales y sociales, tanto en su formación como en su funcionamiento, son un reflejo de la Unidad universal que relaciona todos los seres entre sí, tanto en el mundo celeste como en el mundo material.

Iremos aún un paso más lejos diciendo que la dicotomía material-espiritual no existe, salvo si se conceptúan las cosas externamente a la Unidad fundamental de la cual todo extrae su razón de ser y existir. La materia es espíritu, y aquella se percibe como tal materia en la visión incompleta del ser humano que no ha llegado a su fin principal para el cual ha sido creado: el conocimiento.

OCTAVA TESIS

El hombre es a la sociedad lo que el miembro es al cuerpo

 Los hombres constituyen una verdad única (Muttahid al-Haqiqa), aún si ellos son numerosos y esta verdad no actúa sino es en vista de fortificar la humanidad en el hombre. Y es que realmente, el hombre no es múltiple.

 Dios ha dicho: “Vuestra creación y vuestra resurrección son para El como la de un solo ser” (Corán 31-27)

 Esto muestra que el individuo humano es, cara a la sociedad, como el miembro lo es en relación al cuerpo. Ahora bien, los miembros y órganos del cuerpo difieren entre ellos, pues sus funciones son diversas. No se puede dispensar a ninguno de ellos de su funcionamiento, bajo pretexto que existe otro miembro del cuerpo más noble. Cada uno de entre ellos es noble en razón de su necesidad y del beneficio que el cuerpo puede obtener; y ello porque las necesidades del cuerpo se encuentran ligadas tanto sus miembros como a sus órganos.

 Es lo mismo para la sociedad humana: sus necesidades se encuentran ligadas a los miembros que la constituyen. Cada grupo tiene la responsabilidad de ciertas necesidades humanas y debe satisfacerlas. En ningún caso se puede dispensar a la sociedad de alguno de los grupos. Lo mismo ocurre para cada miembro de la comunidad; “A cada uno se le facilita hacer aquello para lo cual ha sido creado”, dice un hadiz.

 Mientras que un miembro del grupo trabaje para el bien de la comunidad más que para sí mismo, puede ser considerado como un miembro de la comunidad. En el caso contrario sería semejante a una parte del cuerpo afectada de parálisis y cuya existencia produce al cuerpo más mal que bien.

 A este respecto, los miembros y órganos del cuerpo son muy instructivos. La actividad de cada uno de ellos aprovecha mucho más a las otras partes del cuerpo que a él mismo, y todos ellos juntos se unen para el beneficio del mismo cuerpo; por ejemplo, mientras que los sentidos participan todos juntos al aumento de la percepción (Taqwiyyatu-l-hissi-l-muštarak), la razón escoge lo que es útil al cuerpo. Mismamente, ella no obra para ella misma sino para el conjunto del cuerpo; además, lejos de perseguir un fin egoísta, la actividad de los órganos, los sentidos y las facultades morales (Al-Idrikata-l-batina) persiguen el bien del conjunto de las partes del cuerpo.

 A partir de ahí, es fácil generalizar la tesis. Lo que tratamos de hacer comprender, es que el individuo humano debe ser considerado en referencia al cuerpo social, como el órgano en referencia al cuerpo propiamente dicho. El debe pues actuar más para el bien de la colectividad que en vista del suyo propio.

 Naturalmente él tendrá la parte que le corresponda, pues en tanto miembro de la colectividad, él es dichoso o desdichado en la medida en que ella misma es lo uno o lo otro. Si el conjunto de la colectividad decide el hacer respetar este principio por cada uno de sus miembros, no existe duda alguna, que pronto o tarde, ella conocerá la dicha y el prestigio entre las naciones. Este debería ser el objetivo de todo Reformador (Muslih).

 Una de las mejores referencias a este respecto es la Palabra del Profeta – sobre él la plegaria y la paz – según la cual: “Los creyentes son parecidos a un solo cuerpo; si uno de sus órganos se encuentra enfermo, todo el cuerpo es alcanzado por el insomnio y la fiebre”

 Cómo, en efecto, explicar que todo el cuerpo sea así alcanzado sino es porque el órgano del cual se trata es más útil al cuerpo que a sí mismo. Lo mismo ocurre con el individuo que es útil a la sociedad; si éste se queja de algún mal, esta no tardará en sufrirlo en ella misma.

 Conclusión de la octava tesis

 Que cada uno localice bien el sitio que le corresponde en el conjunto de la sociedad y que se interrogue a sí mismo sobre su actividad o su inercia, así como sobre el valor y la utilidad de su acción.

NOVENA TESIS

De lo que constituye el valor del hombre en el seno de la sociedad

 El hombre es considerado en su sociedad relativamente a las necesidades y a las cosas complementarias las cuales es capaz de satisfacer en provecho del cuerpo social. Esto explica el adagio, según el cual: “El valor de un hombre reside en lo que hace de bien”. En esto, los hombres son semejantes a los órganos de un mismo cuerpo. El valor útil, del ojo por ejemplo, no es el mismo que el de la pestaña, ni el valor de ésta el de las cejas; pero ningún órgano es inútil. Es así pues como ocurre con los hombres en el seno de la sociedad.

 Aunque su valor sea diferente, ninguna criatura es vana. Es así que los seres humanos no han sido creados inútilmente, y ello aunque sus actos no sean siempre buenos. A este respecto el Qur’an afirma: “¿Acaso creéis que os hemos creado vanamente y que no retornaréis a Nos?” (Corán 23-116).

 Ocurre sin embargo que no se puede encontrar siempre la secreta razón (Waŷhu-l-hikma) por la cual tal persona pueda encontrarse en una determinada situación; pero uno se vuelve más consciente de ello desde el momento en el cual constata que la realidad perfecta es utópica. Consecuentemente nadie debería subestimar la función que es la suya en la sociedad, sea cual fuere la modestia de dicha función.

 Esto a condición de que no se despoje de un cierto realismo, ya que no se pueden violar las leyes naturales (Fitratu-l-Lâh) a las cuales Allâh ha sometido a los hombres. Y ello porque Allâh ha concedido a cada una de Sus criaturas la parte que le es propia. Que cada uno, entonces, actúe conformemente a la naturaleza de sus capacidades y que las desarrolle tanto como pueda. Ello es lo mejor para él y lo más útil para sus semejantes.

 La verdad de una cosa no puede ser transformada en su contrario, aún si uno se esforzara en ello: el oído no podrá nunca ver, ni la mano hablar; y cada órgano no puede hacer una cosa diferente de la de aquella para lo cual ha sido creado.

Conclusión de la novena tesis

 Todo esto puede ser útil al ser humano en la medida en la cual le permite penetrar en el secreto de las cosas (Asraru-l-ka’inat) y de percibirlo en las más pequeñas criaturas. El no puede entonces desdeñar a ninguna de ellas, sea cual fuere el grado inferior en el cual se encuentre.

DECIMA TESIS

La sociedad humana tiene necesidad de dirigentes

 Hemos visto en los análisis precedentes que el hombre estaba más anclado a su “animalidad” que él lo está a su humanidad; dicho de otro modo, él es más animal que humano. El tiene asimismo necesidad de un guía. Es por lo cual, además, la Sabiduría divina ha hecho lo necesario para que él se encuentre sometido a las leyes celestiales (Awda’ samawiyya).

 De hecho, el hombre ha escogido voluntariamente esta situación, y ello en razón de su creencia en el mundo del Más Allá. Esta creencia tiene por origen la pareja “amenaza-promesa” (A-t-targib wa-t-tarhib) y constituye para la sociedad humana un asidero en cuanto a su humanidad se refiere. En cuanto a su animalidad, esta necesita una barrera (Muwasir) y dicha barrera no es otra que las leyes dictadas por el poder temporal (Al-Qawanin A-s-sultaniyya).

 La Sabiduría divina ha hecho de tal manera que estas leyes vengan a completar las órdenes divinas en vista de guiar al hombre a domar exteriormente su animalidad. La religión y el poder político aparecen como asociados en vista de educar el comportamiento del hombre, de suerte que cada uno de ellos tenga necesidad del otro.

 Si, por ejemplo, la religión quedara silenciosa respecto a algún punto de orden ético o de otra naturaleza, el poder político intervendría completándola en ese punto. Es pues necesaria la existencia de los dos de una manera conjunta. En cuanto a aquel quien pretende que el poder político no tiene necesidad de la religión y que puede por sí mismo garantizar los derechos y deberes de los ciudadanos, se encuentra en el error.

 El no creyente, en efecto, no respeta las leyes sino cuando se encuentra en público, no haciéndolo en secreto. Ello porque las rigurosas sanciones previstas al encuentro de cualquier desobediencia a las leyes no le son aplicables sino bajo el auspicio de pruebas concretas; ellas no son pues disuasivas sino es en el caso en el cual él se siente observado. Pero, ¿qué le impide, mientras se encuentra solo, con un dinero que no le pertenece o una mujer que no es la suya, el cometer cualquier delito si sabe que no va a ser visto? ¡Por Allâh! Nada lo puede impedir sino si él teme a Allâh el Señor de los mundos.

 Aquél quien, en la elaboración de las normas pasa por alto las prohibiciones de origen, puede ser sospechoso de no tener fe; es como si él permitiera la transgresión de las leyes cada vez que uno se encuentra al abrigo de las miradas indiscretas. Es pues, hombre en público y animal en secreto.

 Pero el hecho de que nos estimemos necesario la intervención de un poder sagrado de una forma privada (Sulta diniyya batiniyya) para ayudar al poder externo (A-s-sulta-ẓ-ẓahiriyya), que es el poder político, a fin de proteger la libertad del hombre en su cuerpo, sus bienes y su honor y a fin de que sea protegido en secreto y en público, no significa que concibamos este poder sagrado como una simple institución (Muŷarrad siyasa) llamada “ley divina”.

 Quienquiera sostuviera dicha concepción, lo haría pensando que esta ley divina no le concierne y que se encuentra perfectamente al corriente de la situación real. Un individuo tal forma pues necesariamente parte de aquellos que estiman que la violación de las leyes en secreto se encuentra permitida. Ahora bien, es contra esto que habíamos llamado la atención precedentemente.

 El hombre no puede encontrarse al abrigo del error sino si él considera los imperativos divinos (Al ‘awamiru-l-‘ilahiyya) de la misma manera que él considera las leyes humanas (Al-Qawaninu-s-sultaniyya), es decir, como leyes en el sentido propio de la palabra y no en el figurado (‘Ala-l-haqiqa-l-maŷas). Es solamente entonces que él entra en la categoría de aquellos quienes creen en Allâh y en el juicio último.

Conclusión de la décima tesis

 Que quede claro que el papel de la religión en la protección de los derechos del hombre no es menos importante que el del poder político.