Filosofía islámica – Capítulo V – La trascendencia

CAPITULO V

FILOSOFIA Y TRASCENDENCIA

(Tesis 20 a 22)

Una vez demostrado lo errado de las tesis de la Filosofía Occidental, el chayj continúa construyendo el edificio sólido de la verdad.

La Filosofía no es un fin en sí misma, sino una ayuda necesaria para poder comprender realidades ocultas detrás del velo espeso de la existencia. Ella es pues válida a fin de localizar y enumerar los elementos que entran en liza, sin no obstante, proponerse a ella misma como solución. Más allá de su corteza se encuentran realidades las cuales no podemos alcanzar por los sentidos corporales y la razón, sino a través de querer ir más allá en el conocimiento e intentar abrir las puertas de los sentidos internos inherentes al espíritu.

Una vez se penetra en la naturaleza de esas realidades ocultas percibiremos que la verdadera esencia del ser humano, tanto en su sentido externo como en su alcance profundo, no presenta contradicción alguna, siendo como son estos dos, aspectos complementarios y diferentes de la misma realidad, quedando como única diferencia existente el nivel donde nos colocamos.

Es en ese sentido que la filosofía es útil, siempre y cuando no la queramos hacer llegar más lejos de lo que ella puede avanzar.

VEINTEAVA TESIS

La  verdadera filosofía no contradice la doctrina de la pura Unicidad

 Resulta muy común el constatar como en la comprensión común de las gentes, el término filosofía se ha convertido en el símbolo de la doctrina corrupta (Su’u-l-‘aqida). Esto es debido al Ateísmo (Al Ilhad) profesado por ciertos filósofos. En realidad, esta oposición es la de los intrusos o los filósofos quienes no llegan a sobrepasar las cosas sensibles para llegar a todo cuanto ellas esconden de sutil.

 Ahora bien, es un principio primordial de la filosofía el tratar de conocer la naturaleza de las cosas, según la capacidad (A-t-taqa) y las disposiciones (Al-Isti’dad) del buscador. No hay duda que aquel quien, en su búsqueda, va hasta el fondo de las cosas, con una mirada sincera y una inteligencia penetrante (Bi Naẓarin sadiq wa basira nafiḍa) no faltará por llegar al punto de percibir el hilo el cual engarza cada cosa a un mundo invisible: objeto de búsqueda del sabio y frescor de los ojos de las gentes de la Unicidad (Al Muwahhidun).

 A este punto las concepciones de los filósofos encuentran y se aproximan a las de los grandes hombres de todas las religiones. En estas condiciones, la persecución de una tal búsqueda no puede llevar sino es a la Unicidad, aún si al principio se corre el riesgo de extravío. Pero esto no es posible más que si ellos no se paran en la piel, sino que se dirigen al núcleo; contrariamente a los materialistas quienes han decidido no acordar ninguna importancia a todo aquello cuanto se encuentra más allá de la materia, es decir, a las cosas espirituales. Al contrario, aquellos quienes han mirado más allá de lo material, han visto ideas vírgenes (Akbar al Ma’ani) sonreírlos a través de los fenómenos. Lo que les llevó a declarar que existe una mano la cual obra detrás de los velos densos de la materialidad, poseyendo ella sola el poder ejecutorio y el juicio categórico.

 Ellos poseen ahora la certeza de la existencia de un poder escondido, cuyas acciones se manifiestan a los sentidos a través de fenómenos, y que más allá existe “lo que ningún ojo ha visto, oído escuchado jamás y ningún espíritu puede concebir” (hadiz). Así, ellos han llegado a reconocer la necesidad de bajar la cabeza y curvar la espina dorsal delante de este extraordinario Poder que la naturaleza humana no puede imaginar.

 Tal es, en resumen, la concepción de esta categoría de gentes. Ella se encuentra en el límite de todo cuanto puede ser alcanzado en metafísica. Siendo además precisado en el Qur’an: “Mientras que su ciencia no puede alcanzarle” (Corán 20-107).

Conclusión de la veinteava tesis

 No se debe pensar que la filosofía, por su naturaleza propia, concluya necesariamente en la negación de Dios (Ihad). Es cierto, no obstante, que ella es causa de caída para todo aquel quien no se encuentra preparado. Añadamos que estamos hablando de la metafísica y no de las otras áreas de la filosofía.

VIGESIMOPRIMERA TESIS

La duda en un rector (Mudabbir) del mundo es una de las pruebas de Su existencia

 No está excluido que exista en la naturaleza original del hombre (Fitra) lo que nos guía para encontrar, a partir de toda cosa, la prueba de la existencia de Dios, y esto, en la medida en la cual se utiliza la inteligencia y una sensibilidad sana. Pero, muy frecuentemente el ser humano rehúsa reconocer la prueba cuando la encuentra: “Ciertamente el hombre es ingrato hacia su Señor” (Corán 100-6).

 Dado que nada se encuentra absolutamente vacío de signos de la Existencia de un Regente del mundo, conviene al hombre sabio no pasar por alto lo que le permite afirmar la Existencia del Creador del universo. Tanto más, cuanto él es capaz de llegar a la deducción de una cosa a través de su contrario. ¿Cómo puede pasar por alto las sabidurías luminosas contenidas en las criaturas y los misterios escondidos (al-Mugayyanat al-Mustatara) detrás de ellas, siendo como es cierto que aquello lo cual le escapa es más grande que lo que él conoce?

¡Pero ay! ¿Por qué no considera que la Verdad forma parte de aquello lo cual se le esconde, y no espera un poco quedando aún en la duda? Que considere bien el asunto, puede ser que en esto pueda encontrar la existencia de aquello de lo cual duda; puesto que esta duda es algo; ahora bien, en toda cosa hay un signo (‘Aya) de Allâh. No es por tanto nada extraño que pueda encontrar en ella un signo probatorio de la existencia de Dios. En efecto, basta con conceder un mínimo de atención para constatar que dicha duda se encuentra compuesta de dos contrarios: la Negación (Nafy) y la Afirmación (Izbat). Esto, sin que la una quiera ocupar el lugar de la otra. Es este un signo específico que se encuentra raramente. Por otra parte, si uno se inclina hacia estos dos contrarios, se constata que los datos de la afirmación se conciben únicamente gracias a una influencia exterior. ¿Cuál es pues la clase de influencia la cual ha precisado de un tal grado de afirmación en un corazón libre de todo lazo? Sería ilógico decir que esta afirmación ha aparecido como si nada; o entonces, haría falta admitir que un hombre inteligente pueda negar una existencia la cual entra en el dominio de lo posible. Ahora bien, lo que es imposible, es imposible y no se puede dudar sobre su inexistencia.

 Nos diremos, en resumen, que la afirmación de la Existencia de Dios se ha vuelto posible por los sentidos internos (Al Išasatu-l-batin), y que el hombre no puede ser insensible. Pero es necesario que aquel quien cuya sensibilidad es débil no juzgue a aquellos cuya sensibilidad es más fuerte. Lo que acaba de ser dicho sobre la afirmación considerada como el efecto de una causa externa no puede aplicarse a la negación. Pues esta es la expresión de una ausencia de lazos; ella se encuentra ligada a la inexistencia del ser humano. “Allâh os ha hecho salir del vientre de vuestras madres, y no sabíais nada” (Coran 16-78). Una vez el ser humano ha llegado a la madurez (Istakmala-l’wuŷud), entonces comienza a sentir le existencia de un poder inconcebible encontrándose en el exterior o en un lugar ignorado. Tan pronto él la afirma, tan pronto la niega. Su parte de fe en ella es igual al grado de afirmación interior, la cual es una de las propiedades esenciales de este Poder.

 Un hecho tal es considerado como eminentemente precioso, aún si no es completamente firme. Cuando se produce, se convierte en la escalera (Mi’raŷ) la cual permite al hombre alcanzar el misterio de la fe en Dios. El puede igualmente, siempre quedando atento en permanecer en ese grado de afirmación, meditar sobre ciertas causas las cuales le llevarán hasta esta fe. Esta terminará por tomar en su interior un lugar para nada insignificante. Y si él permanece confiado (Sakana), encontrará la Paz de su consciencia: sobre todo si él une su propia fe a la certeza de otro, provisto que los argumentos se fortifican los unos a los otros.

 Añadamos que la situación de éste de quien hemos hablado en esta premisa es la de aquel quien se adhiere al Misterio divino (Al-Gayb) y no de aquel quien rechaza el testimonio de la Unicidad. Que Allâh nos ayude.

Conclusión de la vigesimoprimera tesis

 Se trata pues de un simple examen en vista de atraer la atención del lector. Es, en efecto, difícil, de hacer admitir una prueba al opositor decidido a no admitir ninguna, aunque ella fuera del tamaño del universo todo entero.

VIGESIMOSEGUNDA TESIS

El culto es innato al ser humano

 La naturaleza divina (Al-Fitra-l-Ilahiyya) depositada en el seno de la humanidad no cesa de incitar al hombre responsable a volverse hacia su Creador y a someterse a Sus obligaciones y Sus prohibiciones. Es un sentimiento imposible de sofocar enteramente, se quiera o no. Todo el mundo conoce la atracción que experimenta, a pesar suyo, el ser humano por un tal principio: “Según la naturaleza que Dios ha dado al hombre cuando le ha creado”. (Corán 30-29).

 Es pues imposible sustraer este principio enraizado en el ser, sean cuales fueren los esfuerzos hechos por el hombre moderno en este sentido. Sí, él lo ha intentado, pero ha sido en vano. El constata su impotencia ante la Naturaleza eterna enraizada en el ser humano desde su aparición. Atracción la cual durará tanto como dure el hombre, aún si ella pudiera perder algunos de sus caracteres. Y es casi seguro que no existe consciencia la cual se encuentre desprovista de ella.

 Algunos la reconocen o podrían reconocerla, si no fuera por la tiranía del amor propio, la cual les impide afirmar en alta voz la verdad de los hechos.

 Digamos en una palabra que la servidumbre (Al –‘Ubudiyya) en el ser humano se encuentra más atraída por el principio de adoración (Al-Ma’budiya) que el hierro por el imán. Lo que prueba esto es que el hombre la busca en las cosas exteriores; ya se la imagine en las piedras, ya en el fuego. Como el sediento en el desierto viendo un espejismo, él se dirige hacia ellos creyendo que se trata de agua.

 “Pero cuando él lo alcanza, no encuentra sino a Dios” (Corán 24-38)

Conclusión de la vigesimosegunda tesis

 Se debe meditar sobre la sabiduría de la Palabra de Dios. “Todos aquellos quienes están en los cielos y en la tierra se presentan ante el Misericordioso como simples siervos”. (Corán 19-94)

VIGESIMOTERCERA TESIS

El hombre moderno tiene más necesidad de religión que el primitivo de civilización

 Esta premisa se dirige a aquellos quienes se imaginan que la religión es una cosa y la civilización es otra. Antes bien, en realidad, la religión de cada pueblo representa la civilización que era la suya antes de caer en la facilidad, y más aún en la decadencia. Tal es la ley natural (A-n-Namus) que convenía para el hombre en cada época, la cual era igualmente obra de Dios.

 Pero supongamos que la religión y la civilización sean dos cosas diferentes, diremos entonces que el hombre moderno tiene más necesidad hoy en día de religión que la ha tenido de civilización en épocas anteriores. Pero de hecho, el ser humano nunca ha cesado, aunque se tratara de un solo día, de tender hacia la civilización.

 Desde la época en la cual estaba obligado de subirse a los árboles para recolectar y comer de sus frutos y cubrirse con sus hojas, y hasta sus estadios ulteriores, él nunca ha cesado de progresar en el tiempo, con el florecimiento de su consciencia. En ningún momento de los estadios por los cuales debió pasar perdió su tendencia a civilizarse. Siempre ha luchado contra la naturaleza a fin de diferenciarse de su especie general, y alejarse de su condición anterior hasta que ha llegado al estadio actual. El pasará por otros estadios aunque sólo Dios conoce lo que le desvelará el porvenir.

 Sea como fuere, es necesario constatar que el hombre moderno tiene hoy en día más necesidad de religión que la tenía de civilización en el pasado. Dicho de otra manera: él se encuentra más próximo de la regresión que del progreso.

 “Práctica constante de Allâh con quienes os precedieron. Y no encontrarás en la costumbre de Allâh ningún cambio” (Corán 33-62)

Conclusión de la vigesimotercera tesis

Parece que una civilización sin dimensión religiosa no puede estar segura de su continuidad en el progreso. Pero toda ciencia pertenece a Dios.