27 mayo 2024
Nuevos Musulmanes

En aras del Patrimonio perdido

En busca del Patrimonio perdido

Si hay algo que caracteriza a la cultura del Islâm es un amplio patrimonio que abarca, desde las ciencias más elementales para el desarrollo de la vida cotidiana, como son: la Lengua, las Matemáticas, la Astronomía, la Arquitectura, la Política, la Sociología, la Economía, etc.; pasando por las ciencias del pensamiento, como es la Filosofía; continuando con las Ciencias menores del conocimiento: Fiqh, Hadiz, Corán, Tafsir, etc.; y terminando por la más sublime, que es el Conocimiento de la Verdad, o Haqiqa, o Maˤrifa, como se la desee nombrar, pues diversos nombres tiene lo que tan grande es.

Ese Patrimonio se encontraba protegido precisamente por la Sociedad Islámica. Ya fueran los gobernantes justos o injustos, las ciencias florecían en todo su esplendor por toda la tierra del Islâm. Desde Indonesia, hasta el Medio Oriente y Al Ándalus, la sociedad islámica reproducía diferentes escenarios bajo los mismos patrones. Estos facilitaban y patrocinaban un desarrollo y crecimiento del patrimonio tangible e intangible.

Nos encontramos ante una sociedad bien estructurada que facilitaba la vida de sus gentes mediante la institución de gremios. Esto permitía ejercer y heredar un arte o un oficio, que por ende, era útil a la sociedad, ya que se fabricaban bienes y utensilios realmente necesarios, dejando únicamente lo suntuoso para las almas sibaritas, que se quiera o no, siempre existieron y existirán hasta que la Tierra siga girando sobre su propio eje y se vayan sucediendo los días y las noches.

Las sociedades islámicas fueron fuertes durante muchos siglos. Se venció a los cruzados y a los templarios. Se venció incluso a los mismísimos mogoles, cuando el posteriormente sultán de Egipto, Baibars, los atrapó en una peculiar batalla en ˤAin Yalut. Esta lugar, curiosamente es el mismo en el que el profeta y rey Dawud – sobre él la paz – descalabró a aquel gigante llamado Yalut, poniendo a los filisteos en desbandada. Esos temibles mogoles que en gran número se convirtieron al Islâm, enriqueciendo el patrimonio humano de la Religión. Cuando Uzman, hijo de Ertugrul, y primer califa turco, bajo el consejo de su maestro Ŷalaluddin Rumi,  derrotó a los cruzados y templarios, legando para su posterioridad un camino libre hasta Constantinopla, actual Estambul, se abrió un nuevo camino de esperanza. MehMet II tomó Constantinopla, abriendo aún un camino insospechado a un Islam en alza.

 Cuando las costumbres se relajaron, y el pueblo y los gobernantes olvidaron a Allâh (Dios). Desde el momento en el que las gentes se dedicaron a amasar y a gozar de pasatiempos efímeros. Cuando dedicaron sus vidas al atesoramiento de bienes, entonces Allâh les trajo un enemigo mortal. No es el enemigo quien les venció, sino que fueron los musulmanes mismos quienes, cual mansos corderos destinados al matadero, pusieron sus cuellos a disposición de los lobos para ser devorados.

Es entonces que el lobo inglés encontró corderos dóciles, fácilmente domables, en Arabia. Estableció desde allí una influencia diabólica, que no solamente buscaba apoderarse de tierras y bienes, sino de los mismos corazones de los musulmanes.

Muchos se vendieron al tintineante sonido de las monedas, corrompiendo más y más las sociedades islámicas. No se apercibieron de que era el propio diablo quien se había vestido con piel  británica, el que iba reclutando la diablesca de turno entre los musulmanes corruptos.

Desde Arabia, este fuego se extendió a Egipto, Siria, Jordania, Iraq, Irán, Pakistán, etc.

Todo terminó cuando el masón Ataturk acabó con el califato turco. Entonces, por propia inercia, cayeron los demás países del Norte de África. Encontrándose desprotegidos por el poder de un califa ya inexistente, se vieron invadidos por tres países europeos: Italia, Francia y España.

Al mismo tiempo que acababan con las tierras y gobiernos del Islam lo hacían con la religión. Pocos pensaron que el diablo es listo, y que conoce los entresijos de la Religión mejor que la gente del pueblo y que muchos sabios. Se adulteraron los hadices, y se intentó hacerlo con el Corán en las lenguas no árabes. Se desarticuló el entramado social y religioso del Islâm que tantas ciencias y sabiduría había extendido en todo el Orbe. En dos palabras: se dejó a los musulmanes a la disposición e influencia de fuerzas oscuras y siniestras.

Hoy, el Patrimonio del Islâm son piedras y son libros. Piedras estas de las que algunos presumen sin reflexionar que en su interior no hay absolutamente nada. Monumentos vacíos, ruinas sagradas de un tiempo que muchos añoran sin saber cómo retornar a él. Libros que son las cenizas de un conocimiento que antaño les dio vida.

¿Dónde se encuentra hoy nuestro patrimonio?

Cuando el Patrimonio es humano; cuando como el nuestro es islámico, él se encuentra en aquellos que son capaces de retenerlo y salvaguardarlo. Podemos decir que socialmente se encuentra en estado embrionario, aunque totalmente en vida y esplendor en las gentes que lo detentan.

Por decirlo claramente, el Patrimonio del Islâm se encuentra en buenas manos. En hombres y mujeres que han resistido el empuje impetuoso de las adversidades. Gentes que conservan las llaves del sistema islámico y que, llegado el caso, podrían desarrollarlo convenientemente. Y es que Allâh las ha dotado de la Sabiduría y del arte necesarios para hacerlo realidad.

Ahora bien, y aunque esto sea tal y como lo acabamos de decir, nada será restaurado hasta la venida de aquél que ha sido anunciado por nuestro Profeta – sobre él la plegaria y la paz -. Es el deseo y la Orden de Allâh.

Ese Mahdi (Bien guiado) muntaẓar (esperado) que devolverá al mundo siete años de Justicia. Su venida será el preludio de la de aquél Daŷŷal, que será vencido prontamente, y del profeta ˤIsâ – sobre él la paz – . Este último vendrá al mundo por segunda vez, para que, siguiendo la religión del Islâm, toda la religión sea de Allâh.