5 octubre 2026
Hadiz

El viaje después de la muerte – Primera parte

Abdessalam Ortiz

El viaje después de la muerte – El momento de la muerte

Me he dispuesto a escribir algunos artículos sobre el proceso de la muerte y lo que ocurre de manera subsiguiente, que es la estancia en la tumba. Asimismo hablaré del Día de la Asamblea y el Destino final, y de los acontecimientos más relevantes que vivirá la Humanidad en ese día señalado. Lo he titulado «El viaje después de la muerte» porque esta frase se corresponde perfectamente con el contenido de todos los escritos que voy a realizar.

Como tratarlo todo en un escrito podría resultar demasiado extenso; y, al contrario, al resumirlo demasiado el resultado no sería nada ilustrativo, me he propuesto dividirlo en varios escritos a fin de facilitar al lector hacerse una idea de base que le acompañe durante, al menos, unos años, sino a lo largo de los años o días que le quede de vida.

Hoy vamos a hablar del momento de la muerte y el viaje del alma hasta la llegada a la tumba.

Me ha ayudado mucho la lectura de un libro de Abu Hamid Gazali titulado “La vida después de la muerte”; pero aun así, me he dispuesto asimismo a ilustrarlo de los estudios que he realizado al respecto, así como con experiencias que he tenido yo mismo y otras personas al respecto.

Espero que lo leáis, más aun, que lo escudriñéis con atención porque esto nos atañe a todos, constituyendo el paso a un nivel de realidad muy superior que el que conocemos y en el cual actuamos. Todo cuanto nos disponemos a decir corresponde al dominio de la Verdad. No hay inventos en este escrito; todo procede del dominio de una realidad que nos espera después de nuestros días en esta vida perecedera. Después de leer podréis apercibiros que la muerte es más que un viaje; es una migración de un mundo cuya entidad es relativa a otro de grandes e increibles espacios.

Por eso, nuestro profeta – sobre él la plegaria y la paz  – dijo en un hadiz:

“Los hombres están dormidos y cuando mueren despiertan”.

Vayamos pues a ello; un tema, os aseguro, que no presenta desperdicio alguno. A fin de poder dilucidar y arrojar más luz sobre lo que vamos a escribir, primeramente, hemos de recordar cómo el Ser humano fue creado y cuál es su naturaleza primordial cuando, de alguna manera, fuimos todos expuestos en el dorso de nuestro padre Adam – sobre él la paz -.

En el dorso de Adam

Allâh dispuso a todos los seres humanos. Unos a un lado, otros a otros; unos destinados al Paraíso, otros al Infierno; la mayoría al Infierno. No existe una tercera morada. Cuando Adam preguntó a Allâh – exaltado sea – por qué no presentaba un motivo para condenar a más de la mitad de la Humanidad, Allâh hizo un pacto con todos nosotros.

Nos llevó a una morada llamada Azal, y allí nos hizo la siguiente pregunta:

“¿Acaso no soy yo vuestro Señor?”

Nosotros, todos, al unísono respondimos: “Bala’a” – “Ciertamente”.

A esto se le llama “El pacto primordial”

Y cumplid los pactos, pues es cierto que se os pedirán cuentas por ellos (17-34)

Y cuando tu Señor sacó de las espaldas de los hijos de Adam a su propia descendencia y les hizo que dieran testimonio: ¿Acaso no soy Yo vuestro Señor? Contestaron: Sí, lo atestiguamos. Para que el Día del Levantamiento no pudierais decir: Nadie nos había advertido de esto. (7-172)

Allâh entonces nos guardó bajo el pedestal del Trono desde donde vamos a viajar hasta el vientre de nuestras madres, y de ahí al mundo tal y como lo conocemos.

Ese pacto primordial resultó ser una promesa que le hicimos a Allâh. No podemos argumentar que lo hemos olvidado, porque Allâh nos ha provisto de los elementos suficientes para que lo atendamos y conservemos.

Las obras

Hemos sido provistos de las facultades y de la información de aquello que es el bien y el mal obrar. Cada uno, entonces, hemos adquirido una responsabilidad sobre nuestros actos. No podemos argumentar que no hemos sido informados.

Es así que, de manera general, las obras determinan el destino al cual accederemos después de la muerte. Hemos tenido tiempo para reaccionar en el caso de que no hayamos atendido de manera conveniente el pacto con Allâh.

Y entonces se presenta la muerte ante nosotros.

El momento de la muerte

Primeramente hemos de hacer una distinción entre la muerte del agraciado y la del réprobo o condenado.

Cuando muere alguien de bien podemos encontrar en el momento de la muerte sus ojos a medio cerrar y su boca seca; muchas veces seremos capaces de percibir una sonrisa en su rostro.

En el caso del réprobo observaremos su boca mojada y su rostro contraído.

En el momento de la muerte se comienza a ver realidades del mundo extra sensorial. Diablos tomando la forma de gente fallecida y querida para él vienen para recomendarle seguir el judaísmo o el cristianismo. Al rechazarlos se aparece Gabriel y le toma el alma con la ayuda de cuatro ángeles. Estos últimos le extraerán el alma tirando de cada una de las cuatro extremidades.

El alma[1] del agraciado saldrá como una gota de agua de otra, de manera fácil:

Tanto al agraciado como al réprobo se le mostrará su lugar en el Paraíso o en el Infierno, dependiendo de su suerte final.

Al ángel de la muerte (Asra’il) es el encargado de retirar el alma de los moribundos; aunque, en ocasiones, si el fallecido es de los próximos a Allâh, se presentará Gabriel, o incluso el Profeta – sobre él la plegaria y la paz -.[2]

El viaje del alma inmediatamente después de la muerte

Una vez fallecido, los ángeles toman el alma del agraciado buscando la puerta de los siete cielos.

El agraciado recibirá la bienvenida en cada uno de los siete cielos de los cuales les serán abiertas las puertas.

El alma de los hombres de Conocimiento, pureza y de Bien es llevada más allá, hasta la presencia de Allâh. A algunos de estos, Allâh les hablará; a otros no.

Una serie de velos les ocultarán de Él, Quien les hará reproches varios a cada uno de ellos, aunque después les perdonará.

Mientras, el alma del réprobo tendrá prohibido la entrada a los cielos y los ángeles la dejarán a merced del vaivén de los vientos como si fueran briznas de paja.

Más adelante, el alma vuelve al fallecido y se posiciona al lado de su cuerpo para completar los ritos de la plegaria mortuoria y del enterramiento.

Continuaremos con esto en el siguiente escrito además de tratar sobre la estancia en la tumba…


[1] En este caso, cuando hablamos del alma nos estamos refiriendo al Ruḥ personal. El Nafs ha desaparecido junto con el cuerpo, ya que estos dos nacen y mueren al unísono.

[2] Se cuenta que escucharon al Imâm Ša’arawi en el momento de su muerte como habló diciendo: “Contigo, ya Rasulu-l-Lâh”.

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