19 julio 2024
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El relato aviceno de Hayy Ibn Yaqzan y la fuente del agua de la vida

El relato de Hayy Ibn Yaqzan comienza con el encuentro de su protagonista como un viejo sabio llamado Vivens, de la estirpe de Filius Vigilantis. Su patria era la Jerusalén Celestial y profesión “estar siempre de viaje: dar la vuelta al universo a fin de conocer todas las condiciones”.  El viejo sabio comienza hablando a su discípulo de la existencia de tres circunscripciones de la tierra: una de ellas media entre Oriente y Occidente, y “posee cosas maravillosas”. De las otras dos, aquellas que se sitúan más allá de Occidente y de Oriente, dice que sus puertas sólo están abiertas para “los elegidos de entre la masa, aquellos que han adquirido una fuerza que pertenece inicialmente al hombre por derecho de la naturaleza”.

Lo que ayuda a adquirir esa fuerza es sumergirse en la fuente de agua que corre próxima la Fuente permanente de la Vida. Cuando el peregrino ha sido guiado por el camino que lleva a esa fuente, y se purifica en ella y bebe esa agua agradable al paladar, en sus miembros aparece una fuerza que le hace capaz de atravesar inmensos desiertos. Parece que los desiertos se involucionan ante él. No se hunde en las aguas del Océano; escala su dificultad la montaña de Qaf y los guardas no pueden precipitarlo a los abismos del infierno”.

Continua el relato explicando el viejo sabio que “habrás oído hablar de las Tinieblas que reinan permanentemente en las proximidades del polo. Cada año el Sol levante brilla sobre ellas en un momento determinado. Aquel que afronta estas tinieblas y no teme hundirse en ellas por miedo a las dificultades, llegará a un vasto espacio, ilimitado y lleno de luz. Lo primero que se presenta ante él es una fuente viva cuya agua se derrama como un río sobre el barzakh. Cualquiera que se bañe en esa fuente se torna ligero al punto de caminar sobre las aguas, escalar las altas cimas sin experimentar fatiga, hasta que finalmente llega a una de las circunscripciones de las que este mundo se encuentra separado” (Corbin, 1995: 150-151). Esta primera circunscripción es el Occidente mítico.

Sólo pueden acompañar al viejo sabio aquellos que se separan de sus “compañeros”. Estos son tres: delante anda “un mentiroso, un charlatán frívolo, que adorna falsedades y forja ficciones”. Sin duda está aludiendo a un nuestro ego, a nuestra máscara exterior. A la izquierda nos escolta “un indecoroso, un glotón, un lúbrico: nada puede llenar su vientre salvo la tierra; nada apacigua su hambre salvo el lado y la arcilla. Lame, saborea, devora, codicia. Es como un cerdo al que se hubiera tenido sin comer y se hubiera soltado luego en la basura”. Por último, y a la derecha, nos vemos acompañados por un ser que “es muy violento; cuando es presa de la cólera, ninguna opinión puede controlarlo”. Está hablándonos de nuestro lado colérico y violento.

Sobre el lugar dónde “los elegidos de entre la masa” extraen, para orientarse así, una fuerza que no deben a su nacimiento natural, sino a un segundo nacimiento espiritual, éste se sitúa en el campo de la gnosis y el hermetismo (Corbin, 1995: 164). El símbolo del Agua de la Vida, del Agua Permanente (Aqua vitae, Aqua Permanens) aparece con frecuencia en los tratados alquímicos. Mediante el bautismo en el agua de la vida se recibe el intelecto.

El sitio “exacto” dónde se sitúa la fuente del agua de la vida estaría, según H. Corbin, “en el punto ideal de inserción de la Forma en la Materia, allí donde la Forma declina como “el sol cuando se pone” en el Occidente de la Materia, por tanto en la frontera de Oriente y Occidente, en el punto donde se reúnen las líneas imaginarias que perfilan y delimitan la región intermedio, nuestro mundo mixto” (Corbin, 1995: 165). Este lugar ideal es designado como el “polo”, en las proximidades de cual reinan permanentemente las Tinieblas. Estas tinieblas aluden a nuestra ignorancia. Para adquirir el Conocimiento tenemos que descender a los infiernos del inconsciente.

En palabras de H.Corbin, “la Fuente de vida, el Aqua permanens, es la gnosis divina, la philosophia prima. Cualquiera que se purifique en ella y beba de ella no gustará jamás la amargura de la muerte” (Corbin, 1995: 166). Gracias al baño en la fuente del agua de la vida nacemos al mundo de los símbolos. A partir de este instante se despierta nuestra conciencia y adquirimos una percepción superior. Llegamos al “Oriente intermedio”, al mundo intermedio de lo imaginal, que es el lugar de todos los relatos visionarios, como también es el mundo “en el que se corporifican los espíritus y se espiritualizan los cuerpos”.

Henry Corbin resumen este episodio del relato de Hayy Ibn Yaqzan afirmando que “emerger de la Fuente de la vida es emerger en el límite donde confluyen la conciencia y la transconciencia, en el límite donde se unen Forma Ideal y materia sensible, Oriente y Occidente. Y eso es estar en el límite donde lo inteligible se anuncia en símbolos y dónde lo sensible se transmuta en símbolo; el límite en el que se sitúa el tawil y donde la imaginación activa actúa como órgano de la metamorfosis” (Corbin, 1995: 168).

Son muchas las ideas personales que me han surgido después de las dos horas y media que he dedicado al amanecer a la lectura y el estudio del relato visionario de Hayy Ibn Yaqzan. No hubiera hecho este esfuerzo ni me hubiera levantado tan temprano si no sintiera una profunda inquietud por conocer el significado del símbolo de la fuente del agua de la vida. Se desprende de este relato que hay dos fuentes que discurren próximas: la del Conocimiento y la de la Vida. Hablamos de fuentes, pero podríamos hacerlo de dos árboles: el del Bien y el Mal; y el de la Vida.

Beber las aguas del Conocimiento nos aporta la fuerza capaz de superar todas las dificultades. Para alcanzar su fuente es necesario descender primero a las Tinieblas. Las puertas del inframundo se abren en el preciso momento en el que “el sol levante brilla sobre ellas”. Para atravesarla necesitamos gran valor y decisión. ¿Cuál es este momento preciso? Puede que se refiera a ese instante de lucidez que a todos nos llega en algún momento de la vida. Hay quien escucha la voz de la diosa o la del viejo sabio que le anima a acompañarle y emprender la aventura del héroe o heroína (Campbell, 2015). Por desgracia hay muchas personas que desatienden esta señal y siguen el camino de la vida acompañados por los “tres compañeros” del fingimiento, la pereza y la ira.

Quien escucha la señal y la sigue con valentía llega a la fuente del Conocimiento y la de la Vida. En ellas se sumerge para obtener sabiduría y vitalidad. Gracias a ambas aguas tenemos acceso al mundo intermedio o imaginal: un mundo rico en experiencias, significados y capacidad de autotransformación y crecimiento espiritual.