13 abril 2024
Editorial

El origen y las claves de la Islamofobia en España

Por Abdul Karim Mullor

La paz sobre vosotros y feliz viernes, el día santo de los musulmanes.

Decir que existe Islamofobia en España no puede extrañar a nadie. Los musulmanes de ascendencia española podemos dar testimonio de ello por lo que hemos vivido y aún vivimos: tener dificultades y sufrir abusos en el mundo laboral es y ha sido el denominador común de lo que a todos y cada uno de nosotros nos ha tocado y nos toca vivir.

El Islam está mal visto en España. Se podría argumentar que esto podría ser a raíz de la mala imagen dada por los fundamentalistas, pero no es así. Mucho antes de que surgiera el famoso fundamentalismo actual, el musulmán ya era, digámoslo claramente, tratado injustamente en la sociedad; todo lo injustamente que permitía el no infringir la Ley, al menos de manera tan visible y flagrante que pudiera “dañar la vista”.

Es curioso que algo que no se conoce sea mal visto en sociedad. Eso habla del escaso nivel de conocimientos y de información que tiene el pueblo español sobre temas que se encuentra lejos de conocer. Y es que el español medio suele ser “muy mucho español”, como decía alguien ha poco de cuyo nombre no es interesante acordarse, por lo efímero e insulso de su mandato. Tan español-español que todo lo de fuera es considerado de otra galaxia ¿Estamos diciendo entonces de manera indirecta que el español es un pueblo manipulado y mal informado? Un observador imparcial diría que sí; que no puede ser de otra manera.

Nada más hay que ojear uno de esos libros de texto de la asignatura de Historia de segundo de Bachillerato para encontrar que los godos “se refugiaron” en la Península, pero los árabes “la invadieron”. Que poco importara que Rodrigo hubiera violado a una doncella porque Rodrigo era “español”, y eso ha de estar por encima del bien y del mal; tampoco importa que desde el reinado de Recaredo los godos católicos estuvieran masacrando a los otros godos arrianos, porque los del rey eran “de los nuestros”. Aprendemos en esos libros de texto que un grupo de godos era una “sociedad” y uno de árabes una “facción” en el mejor de los casos, cuando no era una horda; que Abderrahman I no fue un “gobernante” sino un “advenedizo” o un “refugiado”; que Musa Ibn Musair era “el Moro Muza”; que los almohades y los almorávides eran “integristas” y Fernando un “santo”; que Santiago, que nunca estuvo en España, era “matamoros”; que el desfiladero se llama “Despeñaperros”; todo ello para predisponer desde jóvenes a la población en las aulas de lo que graciosamente se ha dado en llamar “Educación”, que no siéndolo, sí debería de serlo; pero eso ¿a quién importa? Se obvia de manera consciente que ya Abderrahman III contaba con un obispo entre los consejeros de la corte; cosa esta de la que el actual estado español debería aprender y tomar nota. Todo esto, tan peculiar, ocurre en la España moderna de la “integración”; del “respeto a las diferencias”; de la “aconfesionalidad”; palabras estas vacías de contenido, pues la realidad de todos los días las contradice de manera bastante reveladora.

Raíces históricas

Ahora bien; ¿de dónde procede esa Islamofobia? ¿Cuáles son sus raíces históricas y sociales? ¿Procede del pueblo llano y de sus experiencias de vida, o más bien de una rivalidad poco noble y mal entendida de la Iglesia Católica que ve en el Islam un enemigo potencial al que hay que debilitar mediante la propaganda? O ¿pudiera ser quizás por razones políticas que históricamente hubieran deformado de manera consciente la imagen del Islam para que fuera rechazado y odiado? Bien claro es para mí, y para muchísimos musulmanes españoles, que la Islamofobia ha sido tradicionalmente extendida por el fundamentalismo católico espoleado por Roma y por los intereses políticos que, a través de la Historia, han querido ver en un pensamiento diferente una amenaza para el absolutismo ideológico, el cual ha sido el bote de seguridad que ha salvado, tanto a los reyes de Castilla y de Aragón, como a los Austria y a los Borbones del naufragio. La sed de poder acaba con todo. La paranoia de que alguien te pueda quitar lo que atesoras solamente agobia a los poderosos y a los codiciosos. Y éstos no conocen barreras ni tienen cuenta de las personas para salir adelante.

Digan lo que digan los historiadores “oficiales” del reino, el alma humana es como es; la codicia y la avaricia son lo que son. Ningún relato inventado puede encubrir la verdadera naturaleza humana. Y ello se ve claramente, aunque las invenciones de Sánchez Albornoz no quiten ni pongan rey, sino que ayuden a su señor.

Hay que emplazarse en el siglo XIV, en el cual las coronas de Castilla y Aragón dominaban la casi totalidad de la Península, exceptuando el Reino musulmán de Granada. La peste, el dinero invertido en las guerras, prestado de los judíos, habían dejado a ambos reinos en la bancarrota. Conquistar Granada era empresa fácil, pero no interesaba por los lucrativos servicios comerciales que el reino nazarí ofrecía a los cristianos. Era beneficioso comercialmente que Granada continuara siendo musulmana, debido a sus privilegiados contactos comerciales con el resto de los países musulmanes del Mediterráneo. Por este motivo, y no por otro, se pospuso la conquista hasta el año 1492, hecho este que ha quedado en los anales de la historia española como una gran proeza, cuando en verdad se trataba de una estrategia para debilitar el creciente poder turco en el Mare Nostrum. Un califato turco, por cierto, que se formó como respuesta a la invasión de los cruzados en Anatolia durante el siglo XIII.

La expulsión de los sefardíes en 1492 acabó con las deudas contraídas con estos de manera radical; sin contemplaciones; y aunque ellos habían gozado del producto de la usura, esto pudiera haber sido solucionado de otra manera si lo que se buscaba en verdad no fuera otra cosa que acabar con la deuda. Isabel y Fernando sabían lo que hacían, conociendo de antemano que poco ruido internacional iba a producirse con su decisión debido a la tradicional animosidad cristiana con quienes, según los adulterados Evangelios del siglo IV, “crucificaron a Cristo”.

Después de haber obligado a los musulmanes a la conversión, a la adoración de la cruz, sabiendo como sabían, que esta conversión era para salvar la vida y nada de verdad había en ella, los muladíes convertidos con el hisopo mágico en cristianos, protestaron una y otra vez contra las injusticias de las que eran objeto por parte de gentes que olvidaron lo bien que eran tratados los mozárabes cristianos en la época de Al Ándalus. El dios de la espada y el cadalso sustituyó al 200 o 300 años antes, Dios de la Misericordia. La Inquisición trajo el potro de tortura, la violencia, el castigo, el mal; separar a hijos de los padres; entrar en las casas violando la intimidad de las vidas privadas. La Inquisición, todo hay que decirlo, fue creada para erradicar a los musulmanes y al Islam, no para perseguir brujos.

Levantamiento de las Alpujarras sofocado por Don Juan de Austria para gloria del Rey y de España, hasta que, de pronto, Felipe III, el rey de la paranoia, pensó que los “malvados” moriscos, que ya no podían prosperar en esta tierra, sometidos al campesinado y a los trabajos manuales, se podrían aliar quizás, vaya usted a saber, con el turco. Y esa decisión, que en 1609 produjo una crisis económica profunda, acabó con el Islam en la Península, ayudada por el adoctrinamiento obligatorio en las escuelas y el rapto de los hijos a los padres musulmanes, los cuales pasaban a manos de la Iglesia y del reino para ser convertidos en serviles y fructíferos cristianos controlados mediante el sacramento de la confesión, donde unos contaban los secretos de otros en toda impunidad.

Después de todo esto, de todos estos atropellos ¿de dónde procede el odio al musulmán? A un musulmán que nada hizo sino padecer, sufrir con paciencia todos los males que les causaron.

Fue de la siguiente manera:

Se inventaron historias de fantásticas maldades; se fabricaron mentiras contra la religión del Islam cuando nadie poseía conocimiento para contestarlas. Se protegió a la corona del turco con las peores calumnias y los inventos más atroces, a fin de que el pueblo llano odiara al musulmán. Y a esto contribuyeron sobre manera Roma y su Iglesia. Una Roma por cierto, que supo a finales del siglo XVII de que pie cojeaban los Austrias cuando Carlos III expulsó a los jesuitas bajo la acusación de servir al Papado. Pelillos a la mar, los malos siempre fueron los musulmanes.

La época actual

Si bien, en nuestro país, hay cada vez más gente consciente del valor del pasado andalusí, y de que el Islam es una religión y doctrina de paz, todavía queda mucho camino por andar en la buena dirección para que los musulmanes sean bien vistos y aceptados; pues la tan nombrada «integración» distaría mucho de serlo si son solamente los musulmanes los que tuvieran que dar el paso, como si de presuntos culpables de la actual situación se tratara.

Volviendo a los acontecimientos que de primera mano hemos vividos los convertidos al Islam, podemos decir que hemos sufrido y sufrimos por un poso islamófobo que se encuentra en la sociedad; y todo ello, digámoslo claramente, por la ignorancia de unos y las difamaciones de otros. Cualquiera de nosotros hubiera prosperado más en el mundo académico y profesional sino fuera musulmán, y esto por poner solamente un ejemplo, pues tedioso sería enumerarlos todos.

Y ¿por qué no citar para demostrarlo que nadie ha hecho nada para tratar con los musulmanes tomando como portavoces a personas cualificadas sobre las que no recae sospecha alguna? ¿Somos los musulmanes españoles considerados como unos renegados? Al menos, es esto lo que se nos hace sentir de manera consciente o inconsciente, cuando, sin razón alguna se toma como portavoces de los musulmanes a gentes que no representan sino intereses muy particulares, cuando no a políticas de otros países. ¿Es esto integración? ¿Quién ha de integrarse entonces? Hasta ahora, nadie nos ha respondido a estas preguntas.

Es absolutamente increíble, cuando no, cómico y sorprendente, que en nuestro país se conozca mejor la cultura china o hindú que la musulmana, la cual tenemos al otro lado del Estrecho. Esta incultural laguna no es producto de la casualidad, sino de un rechazo a todo aquello que no se conoce, como es el Islam, ideología, filosofía y doctrina a la que se considera tan fuerte que podría cambiar las mentalidades de las gentes, quienes pudieran funcionar de otra manera en la sociedad capitalista del consumo ciego e irreflexivo. La gallina cuida a sus polluelos.

Para apartar a las gentes del conocimiento de la cultura que tan cerca tienen de su geografía es necesario lanzar una propaganda desleal. Y esto ha de hacerse ya desde la escuela para que nuestros hijos miren a otra parte y se salven de las “maldades” que se encuentran en la doctrina del Islam.

Se estudia a Aristóteles y a Platón en las escuelas y universidades, pero no a musulmanes sabios e ilustres españoles como:

Ibn Arabi de Murcia – Abu Madiam de Cantillana – Ibn Abbad de Ronda – Abul Abbas de Murcia – ibn Hazn – Al Qurtubi – Averroes (Ibn Rušd) – A-t-Turtusi.

!Cero en Historia señores educadores. Cero en Historia para ustedes!

Algo está pasando para que algo como esto, tan surrealista, aparezca en un país que se jacta de haber superado las lacras de un pasado dictatorial; algo que dice que la dictadura ideológica sigue vigente y no ha dado a su fin.

¿Cambiará? Está por ver…