19 julio 2024
Editorial

El Islam en la red

Cuando en el segundo quinquenio de la década de los 70 comenzaron las conversiones al Islam, la información que poseíamos de éste era poco menos que nula. Los nuevos conversos escogimos nuestro camino, a través de la lectura de una ingente cantidad de libros, así como a través del contacto con personas, quienes encontrándose en la otra orilla del Mediterráneo, nos enseñaron la religión en mayor o menor profundidad.

Es pues nuestra generación, la de un grupo de luchadores y aventureros, quienes no se encontraban satisfechos con las explicaciones sesgadas sobre el origen del hombre y de la vida que nos proveía la sociedad y la cultura mal llamadas occidentales. Viajamos, luchamos, gastamos, sufrimos para aprender.

Queríamos ir más lejos, necesitábamos descubrir la verdad de nuestra existencia, así como saber en qué debíamos desempeñar nuestras vidas.

Pudimos traer el Islam de retorno a Al-Andalus, a casa, sin pensar en la Historia ni en el lugar; simplemente, el Islam llegó solo, sin estar acompañado por reivindicación histórico-cultural alguna; pues era el Islam el que respondía a nuestras necesidades vitales internas como seres humanos creyentes en la Divinidad. Pero esto no se trataba sino de un tímido comienzo. Habrían de seguir otros acontecimientos, los cuales dejaron patente la inmadurez de este amanecer intelectual.

Algunos abrazamos el Islam a través del Sufismo, otros se encontraban motivados por la insatisfacción histórica de ver una tierra, antiguamente musulmana, que había dejado de serlo.

Ello no pasó desapercibido al otro lado del mar. Algunos países se precipitaron a subsidiar ciertos proyectos islámicos, frotándose las manos por tener un elemento que les podría favorecer en sus pretensiones geopolíticas. «Hay que recuperar el espíritu de Al Andalus», decían; cuando en realidad eran ellos quienes predicaban contra ese espíritu intelectual y científico que existió en el Al Andalus de Averroes e Ibn Arabi. Su estrategia era dirigir este movimiento desde lejos, fomentando a la vez la rivalidad de su grupo con el resto de las comunidades, todo ello a fin de asegurarse el control de este nuevo y desconocido fenómeno: el renacer del Islam en nuestra tierra.

Inexpertos y cándidos, muchos musulmanes cayeron en este juego. ¿Quién iba a pensar que en los países árabes se utilizara el Islam como arma de dominio geopolítico y comercial?

Pronto, de esta manera, las taifas poblaron Al-Andalus, una vez más.

En una época en la cual la religión de amasar es practicada en los cuatro horizontes, ¿quién iba a ofrecer el dinero que se lleva en el alma a cambio de nada? Los países que trataron de imponer su visión sesgada del Islam, no estaban realizando un acto de generosidad, estaban haciendo una inversión, la cual en el futuro, así pensaban ellos, les podría devolver el capital “ofrecido” multiplicado por diez.

De esta manera, el wahabí prometía el infierno al sufí, y éste a su vez, trataba al resto de sus hermanos musulmanes con una arrogancia propia de pequeños faraones. El salafi hacía dawa prometiendo el infierno al resto de los grupos y las sectas satánicas al estilo de aquella de Omar Ali Scha e Idries Scha comenzaron a florecer, realizando entre otros actos la edición de libros falsos de Ibn Arabi los cuales era imputados a él, así como corrompiendo los auténticos en sus traducciones monitorizadas.

Y así continuaron las cosas, hasta que hizo su aparición, un tan inédito como imprevisto fenómeno: el Internet. Si ya la situación era complicada entonces, el nuevo invento venía a sembrar la confusión total en el panorama islámico. No ya solamente en Al-Andalus, sino por todo el universo musulmán.
El Internet, mezclado con la aparición de la nueva generación, no solamente era una bomba convencional, pronto se convirtió en una de protones.

¿Por qué hablamos de la nueva generación? Precisamente porque nacida o educada en una época de relativa bonanza económica, la de los años 80, sus miembros encontraron todo fácil en su vida, hasta el punto de que algunos llegaron a poderse permitir el lujo asiático de llevar una vida bucólica, sabiendo por otro lado, que sus ingresos se encontraban asegurados.


Los hijos de los musulmanes de los 70, en general, no experimentarion esa sed de conocimientos que teníamos nosotros veinte años antes. Otro factor importante es el hecho de que estos nuevos musulmanes han sido educados en sus propios hogares, sea en el desprecio, sea en el odio a los musulmanes de las otras taifas, los cuales son mirados como enemigos a batir, antes que como hermanos con los cuales compartir la vida.

El internet se ha convertido en la droga anti islámica más peligrosa que existe. Toda la información pasa por él, mejor es recibida cuanto más adornada se encuentre de los elementos de reclamo que podemos localizar en todas las páginas. Muy pocas personas son conscientes que la red no es el mejor sitio para aprender el Islam.

Ya no era necesario tomarse esa fastidiosa molestia en leer libros, en estudiar con esfuerzo y fatiga. Ahora había que seguir la consigna del charlatán de turno que todo nos lo ponía fácil para aprender. Si bien en la web había escritos de valor, estos se veían mezclados con otros en los que se seguían las consignas de predicadores quienes seguían el modelo de “propaganda subliminal” tan utilizado en marketing, el cual consistía en crear imágenes en el cerebro que proponían falsas necesidades a los, en este caso, “consumidores religiosos”.

Con esta técnica casi nadie era capaz de distinguir el bien del mal, lo genuino de lo falso, ya que el medio en sí, proveía de una cantidad de información imposible de gestionar y clasificar.

Quien la proveía, quien “enseñaba” no era una persona visible, sino una pantalla que se podía activar y apagar al gusto de cada uno. Podíamos hacer hablar y callar al profesor al gusto de nuestra voluntad; claro, y esto resulta ser una inimaginable ventaja para el consumidor, que con su actitud, no se daba cuenta del mal que le estaba causando esta manera de proceder. El profesor no estaba presente; la molestia del contacto directo con su severidad y seriedad había desaparecido; a la par que la inenarrable ventaja, todo hay que decirlo, de tenerle delante nuestra a fin de dilucidar cualquier duda con aclaraciones directas, ofrecidas a cada uno según su nivel.

Todo esto resulta ser absolutamente sorprendente e inédito para un grupo de personas quienes, como nosotros, gastamos nuestro tiempo, esfuerzo y medios económicos para proveernos de una enseñanza fidedigna y segura. Sabiendo de lo precioso de un conocimiento sin igual, comprendimos, desde el primer momento, que para obtenerlo había que emprender una gesta. Nada podía ser conseguido sin, de alguna manera, ser emprendedores, luchadores, buscadores insaciables, prescursores, a fin de merecer ser dignos depositarios de una Sabiduría preciosa que no estaba destinada sino al que gastaba su vida en buscarla; y una vez encontrada, ser dignos depositarios del tesoro hallado gracias a nuestra gesta, apoyada, sin duda alguna, por la asistencia Divina.

Así pues, podemos decir que «el Islam ha caído en la Red«. De tal manera que los musulmanes se encuentran allí enredados sin darse cuenta de que han sido llevados con los cebos del orgullo y la codicia que han hecho pensar a muchos que pueden ser dignos depositarios de una sabiduría cibernética, solamente abriendo los ordenadores o teléfonos, leyendo consignas fáciles, charlar y chatear sobre sus progresos virtuales, y ser, como no, entendidos de todo y sabios de nada.

Que Allah nos proteja. Amin