13 julio 2024
Corán

El fuego de la Unidad

Abdul Karim Mullor

El fuego de la Unidad

Varias tradiciones del Profeta – sobre él la plegaria y la paz – manifiestan que aquellos quienes se apegan firmemente a la Verdad son como aquél que tiene una brasa de fuego en su mano. El Corán dice, relativo al primer encuentro de Mûsâ – sobre él la paz – con Allâh en el Sinaí:

¿Te ha llegado el relato de Musa?
Cuando vio un fuego y dijo a su familia: Permaneced aquí, he divisado un fuego y tal vez pueda traeros alguna brasa o encuentre en él alguna guía.
Y cuando llegó a él, oyó una llamada: ¡Musa!:
Yo soy tu Señor, quítate las sandalias pues estás en el purificado valle de Tuwa.
Te he elegido, así pues pon atención a lo que se inspira:
Yo soy Allah, no hay dios excepto Yo; adórame y establece la Oración para recordarme.
(20 – 9 a 14)

En lengua árabe la palabra Nâr designa el fuego, mientras que la palabra Nûr se refiere a la Luz. Ambos términos no son excluyentes el uno del otro, aunque la diferencia de concepto pueda parecer importante. Las dos palabras comparten la misma raíz lingüística. Y esto se justifica desde al momento en el que consideramos el fuego como una de las fuentes de luz.

En este caso, la figura del fuego es utilizada como elemento purificador. Mûsâ, cuando divisó aquella llama, advirtió a su familia. Les dijo que, o bien podría traerles un tizón para que se calentaran, o para que fuera utilizado como luz.

Al igual que un herrero forja los utensilios a través del fuego, purificando el material del óxido y del resto de impurezas, el fuego de la Unidad nos acerca al Conocimiento consumiendo todo aquello que nos impide captar nuestra realidad interior. Al igual que los elementos de metal purificados por el fuego se tornan más fuertes y listos para el uso, así el fuego que consume nuestras carencias y defectos nos hace más sólidos y más útiles a nosotros mismos y a nuestra visión de lo que es el Universo y de lo que somos nosotros.

Hemos descrito en otras ocasiones como los deseos de nuestra alma se multiplicaban a fin de empañar las luces divinas. Y ahora, habiendo localizado cuáles son esos defectos y deseos, hemos encontrado el elemento purificador. Este los reduce a cenizas a medida que la luz penetra en nuestra consciencia.

Es pues que la luz y el fuego actúan dentro de nosotros mismos de una sola vez. Ellos actúan, por un lado, con una función purificante, mientras que paralelamente accedemos a un despertar de la consciencia. A medida que se van quemando las impurezas, se van encendiendo las luces dentro de nosotros. El día llegó, las tinieblas de la noche se dispersaron. Dejaron paso para dar lugar al reinado de ese astro de luz que ilumina los más recónditos rincones de nuestro ser.

En cuanto al conocimiento de la Unidad se refiere, esto significa que, a medida que vamos alcanzando conocimiento, vamos siendo conscientes por un lado del lazo que une toda la creación, siendo que todos los elementos de ella se encuentran vinculados recíprocamente. El hilo conductor que los une ha sido descubierto, pudiendo observar la verdadera naturaleza de los seres creados.

Por otro lado, considerando al Ser humano exclusivamente, así como su relación con su Señor y Creador, podemos decir que esta Unidad es la realización y toma de consciencia de esa “parte de Su espíritu” que El insufló en Adam para darle vida. Espíritu este que todos llevamos en el interior y que el fuego nos ha ayudado a descubrir, dejando iluminados todos los rincones de nuestro ser.

Esta Unidad es algo indescriptible, así como lo es la consciencia de su Verdad. Estamos unidos con Allâh, ciertamente, pero de una manera tal que no se puede representar ni con palabras ni con conceptos. Tampoco podríamos hacerlo medante discursos abigarrados en los que la dialéctica busca adornarse con subterfugios.

Repetimos una y centenas de veces, que la Ilahiyya o ser Deidad de Dios, es Una y no es compartida con nada ni con nadie. Los pensamientos y las imaginaciones no pueden alcanzarla y se quedan petrificados ante su sola presencia.

Esta Unidad que nos da la toma de consciencia necesaria de que somos los representantes de Allâh en la tierra no es otra cosa que la Amana a la que hace referencia el Corán en este pasaje:

Es cierto que ofrecimos la responsabilidad a los cielos, la tierra y las montañas, pero no quisieron asumirla estremecidos por ello. Sin embargo el hombre la asumió.
Realmente él es injusto consigo mismo e ignorante.
(33-72)