El fenómeno del Feminismo en el Islam
Abdul Karim Mullor
El fenómeno del Feminismo en el Islam
Habitualmente, cuando se habla del fenómeno del Feminismo, se hace desde la plataforma de los movimientos en defensa de los derechos de las mujeres. Estos comenzaron en el pasado siglo y se extendieron durante el siglo pasado y el actual. Movimientos estos que se han producido de manera fundamental en el bloque de los países que se han dado en designar como “occidentales”.
No soy amigo del término “occidental”; tampoco lo soy de los términos “feminismo” o “patriarcado”. No me dice nada ninguno de ellos. No creo que ninguno de ambos se corresponda con una realidad. Son el resultado de marcar con clichés ciertas tendencias sociales otorgándolas un nombre que lleve detrás un mensaje que impregne de determinada manera las mentes con unas ideas diseñadas al efecto. Son términos de diseño, no propios a la naturaleza humana.
Los términos “feminismo” o “machismo”, cuando se utilizan en el discurso social, por ellos solos producen enfrentamiento entre hombres y mujeres. Uno piensa con plena convicción que con su utilización en lo social es lo que se está buscando.
Sin embargo, ya desmarcándonos de las proclamas sociales, digamos que ellas, aunque presuntamente intenten pasar por “igualitarias”, de hecho no lo son en absoluto. El lugar desde el que se cocinan estos platos muy lejos no está de intereses tendentes a acabar con la familia como tal.
Puede ser que al leer estas palabras que acabo de escribir, algunos lleguen a pensar que estoy a favor de lo que ellos apodan como “patriarcado”. Pero cuando sigan leyendo lo que voy a exponer estoy seguro que podrán comprender que mi pensamiento se encuentra en las antípodas de esta primera idea que haya podido surgir en sus mentes.
En cuanto al Islâm se refiere
Comencemos diciendo que los términos y conceptos asociados concernientes a Patriarcado – Feminismo – Machismo u otros equivalentes no tienen cabida en las doctrinas del Islâm.
Las relaciones entre los dos sexos en nuestra religión vienen enmarcados en el concepto y realidad “familia”; o mejor dicho “hogar”. En el Islâm, hombre y mujer son dos términos indisociables en toda la vida familiar y social.
Si la realidad de la familia parte y toma su base del amor entre los cónyuges, tenemos aquí presente el mejor punto de partida posible: el amor. Este amor ha de extenderse a la familia, para que, partiendo de ella, se contagie a toda la Sociedad. El amor, partiendo del corazón al cerebro hace personas inteligentes, preclaras y sólidas.
En cuanto a los roles familiares que se corresponden con las naturalezas de cada uno de los cónyuges de la pareja, podemos decir que ellos han de corresponderse con la esencia propia del uno y del otro.
Que la mujer dé a luz no es un capricho de la naturaleza; es un decreto de Allâh. Allâh nos ha creado a cada uno de nosotros para roles diferentes y complementarios. Que los hijos de manera natural se apoyen más en la madre, va en la naturaleza misma de los seres humanos.
Con esto no quiero referirme a un reparto de funciones honroso para uno y denigrante para otra. Quiero establecer simplemente que el reparto de roles ha de ir en función de las diferencias existentes en la naturaleza de cada uno de los cónyuges. No pretendo enumerarlos aquí, ya que me encuentro tratando sobre principios y no sobre reglas.
Destruyendo la familia, destruimos la Sociedad. Que conste esto, dicho bien claro y bien alto.
El problema es que muy pocos conocen cuáles son los roles naturales en el matrimonio, y de ahí, por ignorancia y desconocimiento, la férrea disposición que ha existido durante siglos a atenerse a reglas estrictas desprovistas de sentido.
Estas reglas, tradicionalmente reas de una mala comprensión de la Religión, hemos de confesar, que un poco por todas partes, ha vulnerado los derechos naturales de la mujer.
En efecto, la mujer no ha sido considerada ni tratada como se debería haberlo hecho en nuestra religión; en la mayor parte de la Historia, en la totalidad absoluta de los países clasificados como musulmanes.
Claro está, que si comparamos esto con el trato que ella ha recibido en lo que se llama Occidente, la mujer musulmana ha salido ganando en el curso de la Historia. Algunos llegaron a dudar en si la mujer tenía alma. Y esto, en la misma época en la que Ŷalaluddin Rumi decía que ella es una expresión de lo divino en este mundo.
Está en la naturaleza humana como error, y es inhumano a la vez, que el fuerte se imponga sobre el débil.
La Historia nos da las claves de esta deuda que la sociedad musulmana ha contraído con respecto a la mujer en sí.
En la época en la que se reveló el Corán existía un cuadro social determinado en el cual la mujer estaba relegada al hombre de manera universal en casi absolutamente todo. Si bien la sociedad islámica las hizo reponerse de esta situación, ello no podría ser hecho de manera taxativa y momentánea, ya que ni hombres ni mujeres estaban preparados para ello.
Por lógica, podríamos haber llegado a, digamos una paridad social, en los dos primeros siglos de Islâm. Pero el hombre, cómodo en su situación de privilegio, por regla general, comprendió mal esto y se dejó llevar por su interés.
No fue así en el mundo del Sufismo en el cual la mujer tiene una consideración de paridad con respecto al hombre. Esto lo delata el caso de Rabi’a Al Adawiyya y de otras, de las que los historiadores de cada época nos han privado de su conocimiento por ser mujeres.
Podemos incluso decir que en el mundo espiritual podría haber una ventaja en el hecho de ser mujer debido a una especie de perspicacia interior y a su mejor adaptabilidad a las diferentes situaciones.
Esto queda patente en la historia de Maryam, madre del Jesús, sobre ambos la paz, en el momento en el que su madre casi llegó a mesarse los cabellos y rasgar sus ropas de descontento por haber dado a luz una hija en lugar del varón. En referencia a esto, y como respuesta al malestar de Hanan, Allâh dice en el Corán:
Cuando dijo la mujer de Imrán: ¡Señor mío! Hago la promesa de ofrecerte lo que hay en mi vientre, para que se dedique exclusivamente a Tu servicio, libre de las obligaciones del mundo. Acéptalo de mí; verdaderamente Tú eres Quien oye y Quien sabe.
Y una vez hubo parido dijo: ¡Señor mío! He dado a luz una hembra y bien sabía Allah lo que había parido; y no es el varón como la hembra. La he llamado Maryam: A ella y a su descendencia los refugio en Ti del Shaytán lapidado.Su Señor la aceptó con buena acogida, hizo que se criara bien y la confió a Zakariyya. Cada vez que Zakariyya la visitaba en su lugar de oración, encontraba junto a ella provisión.
Decía: ¡Maryam! ¿Cómo es que tienes esto?
Decía ella: Esto procede de Allah, es cierto que Allah provee a quien quiere sin limitación. (3 35 a 37)
¿Véis? Allah dice: hembra y bien sabía Allah lo que había parido; y no es el varón como la hembra.
¿Conocéis a alguien que pueda explicaros esas palabras de Allâh: “El varón no es como la hembra”?
Allâh la eligió a ella en lugar de un varón para consagrarse a Él. En realidad, honró el hecho de ser mujer con estas palabras.
Y a su vez, diciendo que el hombre no es como la mujer, estableció claramente que existe una diferencia entre ambos.
Esto último enfada a aquellos que quieren hacer entrar el feminismo radical en la plantilla del Islâm. Algunos de estos pronan la igualdad total de roles entre ambos sexos ayudándose de interpretaciones enrevesadas y hasta cómicas de los textos sagrados. Todo ello para «quedar bien» ante sus amos intelectuales, persiguiendo su aceptación y su dinero.
Pero el Ser humano olvida y es precipitado en sus apreciaciones.
El escenario de los hombres en la tetería jugando al parchís y las mujeres en casa, y de una casa a otra visitando a la familia se ha convertido en una expresión de la ignorancia más irracional.
¡Cuántas familias se han roto por las consecuencias nefastas de este ir y venir, entrando una vez y otras en los secretos de las intimidades de los hogares!
¡Cuántos hijos en la calle por la dejadez de los padres! Y a esto, los ignorantes lo llaman tradición del Islâm.
Algunos han aprovechado esta deuda histórica que las sociedades musulmanas han adquirido hacia la mujer.
La mujer es mucho más que un cuerpo con un trapo encima de la cabeza.
¿Quién ha dicho que ella no puede estar presente en la Sociedad a la luz del Sol, y no encerrada entre cuatro paredes, como pronan algunos adalides de la ignorancia y del rancio tradicionalismo árabe?
En cuanto a la plegaria en grupo
Algunos argumentan y preguntan por qué la mujer no puede dirigir el salat comunitario ni actuar de Imâm de mujeres y hombres.
La respuesta es simple: porque está en su naturaleza.
¿Os parecería decoroso que todo el mundo supiera cuando la señora Fátima tiene su fase mensual, o cuando llega a faltarla?
Esto, sinceramente, es indecoroso en nuestra religión.
Por otra parte, el Profeta – sobre él la plegaria y la paz – dijo que las mejores filas de las mujeres en la plegaria son las que se encuentran detrás. Cualquiera sabe que la disposición natural a observar a personas del otro sexo es más fuerte en el hombre que en la mujer. No es necesario decir más al respecto.
Esto no supone de ninguna manera un menosprecio hacia la mujer. Hay que tener en cuenta primeramente que oficiar un salat no significa tener un lugar de honor en la Comunidad. Y si la figura de un imâm ha llegado a tener más importancia de la debida en el Islâm es debido a que la ignorancia se está enraizando en la Comunidad.
Un imâm, hermanos/as no es una referencia en el mundo del conocimiento; no puede arrojar dictámenes legales, ni está por encima de nadie para dar consejos religiosos.
Sin embargo, la mujer puede enseñar y guiar a todo/as. Y esto es lo que reviste más importancia si cabe en el mundo de la Religión.
A quien se le ha dado el conocimiento se le ha dado mucho bien, dice el Corán.
Para terminar, y poner un broche a este escrito, he de decir que he intentado no entrar en absoluto en el tema de cuáles son los roles de unos y otros. Siendo lo principal manifestar la igualdad básica entre mujeres y hombres, aunque cada uno emprenda roles distintos en función de su naturaleza; roles estos que no han de tomarse de una manera férrea ni universal, y que ajustarse en función de casa una de las situaciones y de los casos.