18 abril 2024
Editorial

El espejismo de la lógica y de la razón

La paz sobre vosotros

Hoy que tratamos de la razón y de la lógica, antes de llegar a una conclusión ayudados por los postulados y por el método de llegar al resultado por las causas y las pruebas, vamos a comenzar por el final, al que sin duda llegaremos de nuevo a través de nuestro análisis. Por eso, nos atrevemos a decir, sin más lo que sigue:

La razón y la lógica distorsionan la realidad.

Ahora, una vez dicho, pasemos a demostrarlo:

Vivimos en un mundo limitado por las percepciones de nuestros sentidos y el alcance de nuestros pensamientos. Estos últimos se sirven de los razonamientos y de la lógica a fin de ayudarnos a sobrevivir, tanto física como psicológicamente o anímicamente, en el trascurso de nuestros días, en este mundo tan peculiar en el que vivimos. Es en este sentido que le damos a los razonamientos y al uso de la lógica la importancia que merecen aplicados al campo que les está destinado de pleno derecho, que es, digámoslo nuevamente, el de poder sobrevivir y actuar en el mundo en el que nos movemos y vivimos.

Ahora bien, experimentaremos grandes dificultades cuando entramos en el campo de la moral o Ética; y ello por la sencilla razón de que ni la razón, ni la lógica pueden construir, aunque lo intenten, unos principios éticos que sean válidos. Y esto ocurre porque una buena parte de la Ética y de sus códigos no proceden de lo humano, es decir: no son ni pueden ser producto del razonamiento ni de la lógica actuando por ellos mismos, sin unos principios que nos revelen qué es lo que está bien y lo que está mal.

Esto era parte del campo de batalla del maestro Sócrates con los sofistas griegos, que todo lo basaban en lo superficial, renegando de los principios de las cosas.

Es en el campo de la Ética que la razón y la lógica deben estar al servicio de la Fe, es decir, de la creencia o de la certeza de que la fuente Divina es la que determina dónde está el Bien, donde está el Mal.

Esto, cualquier persona con un conocimiento básico de la religión puede comprenderlo y aceptarlo. Para todo creyente es así sin más. Y no nos extendemos más en este sentido porque nuestro escrito va dirigido a todos aquellos que tienen fe en el corazón, que creen en Allâh sin duda alguna.

Cuando hemos reconocido esto, entra en liza otro elemento que podemos llamar “inteligencia”. Esta inteligencia es el traductor y el informador de la conveniencia de estos principios de fe a fin de hacerlos comprensibles a la razón y a la lógica. Ya que, la inteligencia comprende la veracidad de los principios éticos revelados y es capaz de explicar, no solamente lo verídico de aceptarlos, si no lo conveniente de seguirlos.

Esta inteligencia que se encuentra dentro de nosotros experimenta un problema esencial; y este problema es que ella no se conoce a ella misma y no tiene capacidad de auto control ni de auto evaluación consciente. Pues para conocer es necesaria la consciencia, y esta es aplicable solamente al mundo de los sentidos y de los pensamientos.

Esta consciencia no es capaz de trascenderse a ella misma, quedando como está, entre las cuatro paredes de la existencia.

Estas líneas que siguen son importantísimas, cruciales, y están destinadas a todos aquellos quienes queriendo conocer algo más han caído presa de personajes o grupos que les separan de la Verdad.

Vamos a ello:

Esta consciencia que conocemos en nosotros mismos no puede ser trascendida. Escuchadlo bien: no puede ser trascendida.

Se trata de una consciencia de uso eminentemente mundanal, es necesaria entonces para organizar nuestros asuntos y nuestra vida en este mundo.

Muchos pretenden que esta consciencia puede reforzarse, extenderse o elevarse; pero nada de esto puede hacer. Y esta pretensión ha hecho caer a muchos presas de falsos maestros o brujos que enseñan el arte de Harut y Marut. Todo el mundo quiere saberlo todo, pronto y fácil; pero muchos han equivocado el camino y están inmovilizados con los pies anegados en el barro por la simple equivocación de querer trascender la consciencia con la consciencia. Y esto no es otra cosa, en resumidas cuentas, que querer saberlo y aprenderlo todo por medio de la razón y de la lógica. ¡Tengo que ser consciente de lo que sé, a la fuerza, a mi manera! Dice la ignorancia.

Hay otra consciencia de la que la gran mayoría de los humanos no tiene noticia. Es esta consciencia la que, manifestándose en nosotros, aunque fuere con una pequeña luz, puede guiarnos en el camino del Yaqin (la certeza).

Esta consciencia, que no deja de ser personal de cada uno de nosotros, es la que nos puede hacer llegar a que conozcamos nuestro interior, a tal punto de que se nos haga patente esa recomendación profética de conocernos a nosotros mismos. Y es que, cuando llegamos a la realidad de lo que es nuestra personalidad, entonces podemos comprender el origen y el fin de nuestra existencia, que no es otro que ese lazo que nos une con lo Divino y que nos aclara la visión interior a fin de poder observar las realidades que están, y siempre estarán, ocultas a nuestra consciencia conocida.

Si quieres dar a esta tu consciencia otra dimensión es como si quisieras agrandar la Luna con tus propias manos. Nunca podrás; apártate entonces de aquellos que juegan con tus aspiraciones y con tu alma; se inteligente, déjalos en la estacada y cada uno a lo suyo.

Otra mala, nefasta idea, podríamos decir, es pensar que como Allâh es Infinito el conocimiento ha de serlo así.

Esta ocurre porque quien esto piensa vive bajo el imperio de los razonamientos y de la lógica, queriendo aplicar ambos a aquello que les sobrepasa.

¡Cuidado! ¡Dejad en paz la Ilahiyya divina y no la toquéis! ¡No traspaséis los límites de Allâh!

Porque conocer a Allâh no se puede saber lo que es hasta que no se llega a ello.

Nadie puede alcanzar el Sol con solo verlo; nadie puede saber lo que se encuentra detrás de los velos hasta que Allâh se lo revele; y en esta revelación hay grados; cosa esta que demuestra que nunca hay un conocimiento completo, siendo como es, que el mejor conocedor que es, fue y será, es el Santo Profeta Muḥammad – sobre él la plegaria y la paz -.