27 mayo 2024
Editorial

El error perennialista de Guenon – La fantasía de la tradición primordial

Por Abdul Karim Mullor

Bismi-l-Lahi-r-Rahmani-r-Rahim – En el Nombre de Allâh, el Todo Misericordioso – el Que manifiesta Su misericordia

Allahumma salli ‘ala sayyidina Muhammadin ‘abdika wa rasulika nabiyyi-l-‘umiyyi wa ‘ala ‘alihi wa sahbihi wa sallimu taslima – Oh Allâh haz la plegaria sobre nuestro señor Muhammad, Tu servidor y Enviado, el profeta iletrado, así como su familia y compañeros; y sobre todos la paz perfecta.

La vida da una enormidad de vueltas. ¿Quién me diría, precisamente a mí, un joven entusiasta de las doctrinas de Réné Guénon en aquella época de los finales de los 70 y principios de los 80, que iba a ser yo precisamente, uno de los dos musulmanes que han denunciado con mayor detalle, su obra, así como su pertenencia a la Masonería, seguramente hasta los últimos meses de su vida. Si se arrepintió de sus nocivos escritos o ideas, no soy yo precisamente quien para saberlo; ya que, como dice el hadiz hay gentes que corren por el camino del mal hasta que llegan casi al borde del precipicio, y, de repente, antes de llegar, se dan la vuelta y marchan hacia el Paraíso. Sea como fuere, no hemos visto una publicación del autor en cuestión en la que pida excusas y declare contra el mal que contenían sus obras, que era mucho y grande.

Considero que, de alguna manera, es más que útil dejar en evidencia a un personaje quien, en el transcurso de su vida, tuvo algunos aciertos y muchos errores. Sabemos que terminó sus años como discípulo de un pretendido maestro sufí, aunque si está documentado que dicho “maestro”, de nombre Salama Radi, se rebeló contra su šaij de la Tariqa Shadiliyya, y para poder ejercer como “šayj” hubo de inscribir su nueva “tariqa”, si a eso le podemos llamar tariqa, en una oficina de registro que los ingleses habían abierto en el Cairo, y donde se inscribían todas las sectas masónicas y seudo sufis que pululaban por el país.

Sea cual fuere su final, poco importa para aquello que vamos a tratar en estas nuestras palabras, las cuales no pretenden ir en contra de su persona, pero sí al encuentro frontal de los errores producidos por las palabras del señor Guenon, las cuales han quedado grabadas a sangre y fuego en algunos corazones anhelantes en pertenecer a una “élite intelectual superior”. Y para ello, aunque a algunos pueda molestar, nos vemos obligados a referirnos al personaje en cuestión, a fin de abrir los ojos a los ciegos, los oídos a los sordos y los corazones a los descuidados.

A pesar de ese pretendido espíritu tradicional que era el suyo, encontramos dicha reivindicación por el amor a lo tradicional contrastada  con  su gusto  por  lo raro y refinado; seguramente de ahí su instintiva atracción primaria por el hinduismo en un París cuna de todas las modas. Su formación como matemático, frustrada por una enfermedad, que no le permitió seguir los cursos en la universidad de la Sorbona, queda reflejada en el exceso de fijación en sus escritos. Por otra parte, su frustración por no poder estudiar en la universidad, la vemos reflejada en un capítulo de su obra bajo la designación: «La superstición universitaria». No podemos olvidar que las rentas de Guénon, de las que se ayudaba en su economía personal, procedían de unos viñedos y bodegas  heredados de su familia, familia de vinateros, en el departamento de Blois donde nació. Estas rentas, junto con el dinero ganado dando algunas clases, permitieron a Guenon disponer  el tiempo necesario para escribir, así como para practicar la masonería, el Hinduismo (del cual fue expulsado por revelar sus secretos) y el Sufismo (verdadero o no, afirmamos con firmeza que no).

Si pudiéramos resumir el “perennialismo” guenoniano, seguido por Valsan, Schuon, Lings, Evola, Mitrai de Miterovich, Ageli y alguno más, seguramente lo haríamos sin falta al pronunciar sus términos y conceptos más destacados:

Tradición, tradicional, Tradición Primordial o Hiperbórea, Elite intelectual, iniciación, realización, Oriente-Occidente.

No obstante, su tesis preferida, a la cual dedicó más palabras, la que le produjo más desvelos,  es la de la « Tradición Primordial”, entendiendo por ésta una especie de súper religión de “elegidos” que eran una especie de súper hombres dotados de una naturaleza intelectual muy superior a la del resto del común de los seres humanos. No olvidemos que nos encontramos en la época de los súper hombres, propugnados desde Nietzche, cuyas consecuencias han sido llevadas al extremo por individuos que han dado «color» a la Historia del siglo XX; individuos, por otra parte, que son ya viejos conocidos de cualquiera de los historiadores de la pasada centuria. Esa Tradición Primordial hubiera, según él, dado a luz, una después de otra, a todas las demás religiones. Dichas religiones, según Guénon, serían una expresión imperfecta de dicha tradición Primordial, siendo la menos imperfecta de todas y más acorde a la matriz la “religión hindú”; esa religión en la que se adoran estatuas, existe una raza de intocables y en la que las viudas se tiraban a la hoguera cuando fallecía el esposo.

Réné Guenon no consideraba el Islam sino como una religión mediocre, la cual se debía tomar debido a la imposibilidad de nosotros, los «embrutecidos e ignorantes»  occidentales en seguir el hinduismo, el que, según Guenon, se encontraba por encima del Islam. Nunca Guénon se desdijo de esto último, lo que, no deja de ser el sello de la casa, una confesión no pedida de una, más que discutible, militancia en el Islam.


Era pues, según él, el Islam, una religión de compromiso, solamente válida para seguir la tradición primordial vinculándose al sufismo. He aquí el por qué muchas sectas seudosufies presentan esos tintes masónicos denunciados por muchos de los musulmanes.

Esta es la declaración de intenciones, la carta de presentación de los escritos guenonianos. Siguiendo sus razonamientos, la realización espiritual sería únicamente posible si la religión seguida era o no una expresión de esa Tradición Primordial de «héroes intelectuales»; de esos Aquiles cuyo punto débil era desconocido por la plebe.

La Shari’a islámica, según el perennialismo guenoniano, no es sino una burda expresión, necesaria para la plebe, pero insignificante para los elegidos. !Que contraste con las palabras del Profeta – sobre él la plegaria y la paz – significando el salat como el colirio de sus ojos! He aquí uno de los velos de Guenon: “El orgullo”.

Dicho orgullo, el cual le sugirió siempre formar parte de la “élite de elegidos”, fue el hilo destructor de sus escritos en los cuales explicaba la iniciación y realización como estando presentes en mayor o menor proporción en todas las religiones, siempre, como no, dependiendo de su vinculación más o menos directa con la sacrosanta e inalcanzable Tradición Primordial.

Otro descubrimiento que hemos hecho recientemente es su desesperada defensa de la franc-masonería (judeo-masonería) en sus controversias con Monsieur Jouin, quien editaba una revista anti judeo-masónica titulada “La revista internacional de las Sociedades Secretas”. Curiosamente, estas controversias, como declara Samir Hariche en su obra, fueron suscitadas durante su estancia en el Cairo, lo cual nos da pie a pensar que el pretendido Šayj de Guenon era cualquier cosa salvo un verdadero sufí, mucho menos un šayj.

Increíbles dichas controversias procedentes de alguien quien en sus escritos precedentes había denigrado la franc-masonería, nacida en los estertores del siglo XVIII. Probablemente sean ciertas las presunciones de algunos de su pertenencia a la  judeo-masonería hasta los últimos días de su vida. Nosotros no lo sabemos a ciencia cierta, pero si sabemos que las obras escritas a partir de 1934, fecha en la que se vinculó a un presunto šayj sufí, no demuestran un cambio de ideas en sus errores sobre la tradición primordial. Es más, lo más sorprendente es que en los últimos escritos de Guenon no existe arrepentimiento alguno con respecto a sus teorías precedentes. ¿Era pues Guenon un segundo Pablo de Tarso tratando des escindir el Islam? Es verosímil esta posibilidad cuando contemplamos los horribles estragos que han causado sus teorías en el seudo-sufismo.

Mientras Rasul – sobre él la plegaria y la paz – nos conmina a considerar a los musulmanes como hermanos, sea cual fuere su condición o la fuerza o debilidad de su fe, para el perennialismo guenoniano se trata, salvo en el caso de los sufís, claro está, de plebe de baja casta intelectual, extraviados de la verdad.

Es curioso, que después de unos cuantos años de Islam algunos necesiten aún estas palabras para desembarazarse de este error. Sin embargo, después de haber comprendido lo necesario de esta exposición, a fin de hacer desaparecer de algunos espíritus el “tabú perennialista” y la “guenondependencia” nos hemos decidido escribir, rebatiendo esta engañosa tesis a la luz del  Qur’an y de la Sunna.

Y ahora hablemos de la fantasía de la Tradición Primordial.

Como hemos esbozado la Tradición Primordial Guenoniana es una religión superior nacida en los albores de la historia, en aquello lo cual la doctrina hindú de los ciclos cósmicos llama: La Edad de Oro de este Manvántara.

Según esa doctrina, cada ciclo, llamado Manvántara consta de 60.000 años y cada ciclo de Manvántaras consta de catorce de estos, es decir 840.000 años. Al final de cada Manvantara la tierra es destruida y vuelta a resurgir de sus cenizas al principio del siguiente, con la ayuda, como no, de una élite intelectual de elegidos los cuales se ocuparán de hacer el trasvase (esto último más masón que hindú, por cierto), donde el club de los « amigos de Guenon” sin duda tendría un protagonismo de honor. Un ciclo indefinido en el cual nunca existe un fin temporal. Un amor exacerbado de la vida de este mundo, puesto en relieve como trasfondo a una teoría de elucubrantes.

Cada Manvantara consta de cuatro edades: Oro, Plata, Bronce Y hierro. Ahora nos encontramos en la edad de hierro y después de la destrucción de la tierra, otra será creada en su lugar. En la edad de oro la espiritualidad se encontraba en su punto álgido y va perdiendo paulatinamente hasta que llegamos a la edad de hierro donde predomina la ignorancia, edad esta en la cual Guenon afirma que nos encontramos desde hace 10.000 años.

Aprovechando esta doctrina, Guenon asegura que la Tradición Primordial comienza y es perfecta en la Edad de oro,  pierde parte de su originalidad primaria en la edad de plata, se oscurece en la edad de bronce y queda proscrita y oculta en la edad de hierro, edad en la cual, siempre según el señor Guenon, predomina la oscuridad y la barbarie.

No nos extraña en absoluto la expulsión de Guenon del Hinduismo por parte de su gurú, precisamente por haber revelado y hecho públicos los secretos bien guardados de dicha “religión”.

Conociendo las tesis, éstas se pueden rebatir, y fácilmente además, como lo vamos a hacer en unos instantes. Como dice un dicho popular español: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”. El gurú de Guenon, viejo diablo avezado en mil batallas, sabía que su inocente discípulo no podía comprender el alcance auto destructor de sus secretos desvelados paseándose por muchas de las librerías de Occidente.

Y ahora vamos a ver como un solo hadiz qudsi es capaz de destruir de una sola vez la teoría hindú de los ciclos, así como la teoría Guenoniana de la Tradición Primordial.

« Allah estaba Solo y nadie con El. Tomó un puñado de Luz de Si Mismo, lo hizo salir de Su Mano diciendo: “Sé Muhammad” (Kun Muhammadan).

Con esa Luz fueron creados los cielos y la tierra y todo  cuanto  ambos  contienen.

Este hadiz destruye la teoría Guenoniana de la Tradición Primordial. ¿Cómo? Pues simplemente diciendo que Muhammad – sobre él la plegaria y la paz – es la luz de la cual han salido todos los Profetas, que esa luz tomó cuerpo hace casi 1500 años y que el mismo Muhammad se refirió a su generación y a las dos siguientes como las mejores generaciones que jamás hayan existido.

Así pues, no hay Tradición Primordial, ni edad de oro otra que el Islam, el cual ha sido revelado con la venida del Profeta. ¿Veis que simple?

Sois la mejor comunidad suscitada para los humanos. Ordenáis lo que está bien, prohibís lo que está mal, y creéis en Dios” (Corán 3,110)

Como el Corán es Furkan, es decir, discernidor entre la Verdad y el error, he aquí la prueba de cargo, presentada pro Allâh Mismo en el Corán, la cual debería ser más que suficiente para cualquiera dotado de entendimiento.

El concepto guenoniano de élite, relevando de una presunta supremacía de las capacidades intelectuales, no hace sino seguir las desviaciones occidentales de estos tiempos, donde el ser humano pierde el valor de la bondad que encierra su corazón en detrimento de unas capacidades intelectuales frías y carentes de espíritu. No creo que Guenon hiciera muchos amigos del alma, aunque si aliados de intereses, como así fue.

Nunca en la obra de Guenon, y la leímos entera en su tiempo, hemos visto puestas en relieve las verdaderas capacidades iniciáticas del ser humano, es decir: sinceridad, bondad, misericordia, generosidad responsabilidad y sobre todo sumisión a la Voluntad de Allah. Antes bien, Guenon, como buen masón, ponía en relieve la capacidad intelectual, la cual relevaba de una inteligencia superior y privilegiada. un súper hombre «espiritual».

Rasul dijo:

Todos los musulmanes son tan iguales como los dientes de un peine.

El libro de Allah dice:

El bien que tenéis proviene de Allah y el mal que tenéis procede de vosotros mismos.

Es así pues que desde el punto de vista islámico, los hombres han sido estructurados en grados y la pertenencia a los grados superiores no provienen de otra cosa que del favor de nuestro Señor, pues:

El bien que tenéis procede de Allah…

El primer hadiz qudsi citado, el de la luz muhammadi, también desenmascara la teoría hindú de los ciclos, tendente sin duda a magnificar la existencia terrestre en lugar de reconocer su efímera existencia significada tantas veces en el Qur’an.

El libro de Allah y los hadices de Rasul nos describen nuestra existencia como efímera, a sayyidina Adam – sobre él la paz – y a su esposa Hawa, como nuestros primeros padres y a nuestra generación como una de las últimas.

Después del último toque de trompeta, como dice el hadiz, el género humano será reunido en el desierto del Hiyaz a fin de ser juzgado. Setenta mil de la Umma de Muhammad no serán juzgados y los mártires habrán precedentemente subido directamente al Paraiso.

Dos moradas únicamente después de la destrucción de la tierra por el fuego: el Ŷanna y el Ŷahannam. Dos moradas eternas para una humanidad reducida a la muerte. Ninguna continuidad para la humanidad en la creación otra que una de estas dos moradas.

Una sola pieza ha bastado para echar por tierra la mentira, tal es la fuerza y el poder de la Verdad, la cual destruye la mentira cuando se revela, como si ésta fuera polvo y cenizas.

Es así como el bastón de Muhammad derribó a un Hubal, quien sin duda llevaba alguna que otra centena de años residiendo en la Ka’aba.

Sin duda, les teorías hindúes, al tomar como base una civilización en la cual subsistía un brutal sistema de castas, en el que gran parte de la población era considerada como animales de carga, presentaban en sus postulados la marca de la insensibilidad humana.

Dicha insensibilidad queda recogida en los escritos de Ananda Kentich Coomaraswamy, quien con toda la frialdad y desfachatez del mundo, llega a justificar los sacrificios humanos llevados a cabo por los šivaitas en su horrible obra titulada “El sacrificio de sí mismo”, la cual leímos hace más de veinte años.

No se sorprendan ustedes pues de la amistad que Guenon profesó a este individuo, de la cual somos testigos, pues conocimos al hijo de Coomaraswamy, después que desde el Cairo escribió en apoyo a la judeo franc-masonería, pues muy seguramente el señor Guenon, nunca dejó de ser un masón en realidad.

Seguiremos en otras entradas, denunciando los errores perennialistas. Pronto un capítulo más sobre este tema…