El creyente – entre el agradecimiento y la paciencia

Suhaib Ibn Sinan Ar-Rumí – que Allâh esté satisfecho de él- relató que el Mensajero de Allâh – sobre él la plegaria y la paz – dijo: “¡Es sorprendente el caso del creyente! En todo asunto hay un bien para él, y esto no ocu­rre con otro que no sea creyente. Pues, si le llega un bien, es agradecido con Allâh y eso es bueno para él, y si le llega una adversidad, es paciente y también eso es bueno para él”.  
Sahih Muslim

Antes de nada, hay que determinar qué es un creyente, y de que grupo de personas está hablando el Profeta – sobre él la plegaria y la paz -. Como hemos dicho en otras ocasiones el muslim (musulmán), hombre o mujer, no es igual al mu’min (verdadero creyente), asimismo hombre o mujer. Este segundo ha trascendido el grado del Islâm y se ha internado en el del Imân que se vincula a la limpieza del alma y a la obtención de la virtud.

El Islâm (primer grado dentro del Dîn global del Islâm) tiene sus exigencias, que todas ellas confluyen en el cumplimiento de los mandatos Divinos, ya sean en materia de obligaciones o de prohibiciones. No obstante, el Imân cuenta con, además del mismo grado de exigencia que el Islâm, un grado añadido de dificultad y de dedicación. Esto implica que el musulmán mu’min es probado y exigido más que el musulmán que no llega a serlo.

Al adentrarse en el dominio del Imân el mu’min ha adquirido un compromiso con Allâh, y asimismo Allâh le ha ofrecido un grado mayor que el del musulmán en razón de la voluntad declarada del mu’min de acercarse a Él.

Es así que todos los episodios de la vida del mu’min se encuentran catalogados de una manera especial, ya que ellos ocurren dentro del marco de una educación que Allâh le facilita en virtud de su voluntad de vincularse a Él en exclusividad.

Después de haber aclarado este punto importante, no vamos a entrar en esta ocasión en cómo suceden los acontecimientos para el resto de los musulmanes al no ser el objeto del presente escrito.

Seguimos entonces aclarando de qué naturaleza son estas cosas o estos episodios que le acontecen al mu’min, los cuales suscitan ya sea su agradecimiento o su paciencia.

Normalmente el mu’min vive en lo que podemos llamar el Ŷalal (el Rigor) más que en Ŷamal (la Belleza); es decir, los episodios que le suelen acontecer son fundamentalmente aquellos que disgustan a su nafs, y ello, aunque de tiempo en tiempo le ocurran cosas que acaricien sus deseos. Es decir, el mu’min es educado por Allâh, de tal manera que, en función de la confianza (btiqa) que él mismo va adquiriendo en Allâh, al final termina viendo lo positivo y lo negativo al mismo nivel, el Ŷalal y el Ŷamal.

Los acontecimientos negativos, tal y como dice este hadiz, purifican el nafs, educan al mu’min, y hacen de él un pilar de sí mismo, de la familia, de la sociedad; una referencia de sobriedad y de sabiduría. A nadie le complace que le ocurra algo aparentemente negativo; cuando esto ocurre el nafs tiende a impacientarse o a encolerizarse, a buscar culpables por todas partes a fin de asegurarse a ella misma de que lo ocurrido es altamente negativo. Pocos piensan en que es Allâh el agente de lo que nos disgusta, porque hay que reconocer que el primer golpe, la primera impresión siempre es el sinsabor, la amargura. Es así que paso a paso, esta educación del nafs cobra efecto y el mu’min va apaciguando sus impulsos y comprendiendo que de nada sirve alterarse ante las decisiones de Quien todo lo puede.

Si ya las palabras del Profeta – sobre él la plegaria y la paz – son, por ellas mismas, explicativas de que Allâh nos educa a Su manera a fin de beneficiarnos, el segundo paso es aceptar con el pensamiento, la acción y las reacciones que esto es verdaderamente así, considerando que todo cuanto nos llega es procedente de la increíble y magnífica Bondad divina y reaccionando consecuentemente a esta convicción.

Dice el Profeta en otro hadiz al efecto:

– Entre los hombres, los profetas son los primeros en experimentar la desdicha, vendrán después aquellos quienes se les asemejan, y ello gradualmente. El hombre será probado en la medida de la firmeza de su fe; si su fe es firme, la desdicha lo será igualmente, pero si su fe es débil, la desdicha lo será también. La desdicha no cesa de afligir al hombre, hasta que le hace marchar, desprovisto de todo pecado, sobre la tierra.

(Relatado por Sa’id, recopilado por Al-Bujari)

Hay que confesar que esto es altamente difícil de admitir para el alma; y, no obstante, es altamente cierto de que las desgracias suceden por nuestro bien si es que somos mu’minun (verdaderos creyentes). Si no fuera de esta manera, ¿cómo entonces las desgracias tocarían más a los profetas que al resto, de tal forma que ellas van en disminución según sea la fuerza de la fe de la persona?

Cuando el mu’min se encuentra satisfecho de los progresos obtenidos en el camino de la purificación, súbitamente recibe una fuerte prueba a fin de que se aperciba de que esos progresos no son suficientes, de que todavía hay más. Y así, de esta manera, Allâh le va purificando hasta que no queda de su nafs sino las cenizas de lo que antes fue un retoño y ahora un árbol erguido y majestuoso. De él surge una utilidad de la que pueden aprovechar todas las criaturas; semejante a una abeja que recoge los mejores materiales a fin de elaborar un producto beneficioso para la Humanidad.

De su vientre sale un jarabe de color diverso que contiene una cura para los hombres. Es cierto que en eso hay un signo para gente que reflexiona. (La abeja – 69).

Es esta la Victoria que encontramos en la Surat an Nasr

En el nombre de Allâh, el Misericordioso, El que manifiesta Su Misericordia.
Cuando llegue la victoria de Allâh y la conquista,
y veas a la gente entrar por grupos en la adoración de Allâh.
Glorifica a tu Señor con Su alabanza y pídele perdón.
Él siempre acepta a quien a Él se vuelve.

La conquista es la claudicación del nafs; los grupos son los deseos; y el perdón, si Allâh lo concede es la purificación total.