El creyente de la familia de Faraón y los magos

Abdul Karim Mullor

El creyente de la familia de Faraón y los magos

Dicen que las gentes de mi edad, los que sobrepasamos los 60, comenzamos a pensar en la Otra vida. Puede ser. Pero en lo que es mi caso, siento que la muerte es solamente un paso; un paso necesario.

Mis pensamientos y mi espíritu planean en esa Realidad global que lo envuelve todo, y veo este mundo, consecuentemente, como un espacio de trabajo que da acceso al Conocimiento y a realizar acciones de bien que sean útiles a nuestro entorno y a la Comunidad.

Vivimos unos pocos años. Porque ¿qué son 70, 80, 90 o 100 años en nuestra vida global que es eterna?

Por eso, veo el trabajo, en mi caso el que desarrollo en el mundo del conocimiento, como mi estatus natural. No contemplo otra forma de vida, porque en realidad no sabría vivirla ni tampoco la necesito ni la deseo.

El Conocimiento no tiene fin. Siempre hay cosas nuevas; mundos nuevos; aparición de realidades que se imponen por su misma fuerza; por la misma fuerza de las cosas.

Aprovechar la vida es estar donde se debe realizando lo que nos permite evolucionar, hora tras hora, día tras día, por un camino claro y seguro, tomando como objetivo lo mejor para este mundo y el próximo. Ambos mundos se encuentran dentro de nosotros y no hay que ir muy lejos ni esperar mucho para entrar en ellos.

Hoy, mirando precisamente el Corán que siempre tengo sobre mi escritorio, en la Surat 40, que algunos nombran como “El creyente”, y otros como “El perdonador”, me he dado de bruces con un pasaje del que poco se ha hablado. Curiosamente, a pesar de su importancia y de la extensión que el Corán concede a este hecho, parece ser de esos pasajes sobre los que la gran mayoría no presta atención.

Se trata de la irrupción de un familiar del Faraón en la conversación que éste tenía con sayyidina Mûsâ – sobre él la paz -. Faraón había decidido poner al pueblo en contra de Mûsâ, e incluso había sugerido su ejecución. De pronto, una voz irrumpe en su defensa y en la de la Verdad. Y esta voz, no solamente goza de una elocuencia indescriptible, sino que destila autoridad y conocimiento.

Sus palabras denotan sosiego, control de sí mismo y conocimiento de la situación. Por no hablar de su valentía y del aplomo mostrado ante el gobernador de ese poderoso país que era el Egipto de la época. Este hombre sabio, dice esto:

Y dijo un hombre creyente de la familia de Firaun que ocultaba su creencia: ¿Vais a matar a un hombre porque os dice: Mi Señor es Allâh, cuando os ha traído pruebas claras que vienen de vuestro Señor y que, en caso de que sea un mentiroso, su mentira se volverá contra él, mientras que si dice la verdad, una parte de lo que os asegura os afligirá?
Allâh no guía a quien sobrepasa los límites y es un farsante.


¡Gente mía! Hoy tenéis la supremacía dominando la tierra, pero ¿quién os auxiliará ante la furia de Allâh si ésta viene a vosotros? Dijo Firaun: No os hago ver sino lo que veo y únicamente os guío al camino de la recta dirección. Y dijo el que creía: ¡Gentes! Es verdad que temo para vosotros lo mismo que les ocurrió a todos los que se confabularon
La misma suerte que corrieron la gente de Nuh, los Ad, los Zamud y los que vinieron después de ellos.
Y Allâh no quiere la injusticia para Sus siervos.
¡Gentes mías! Temo para vosotros el día en que unos se llamarán a otros.)
El día en que os volveréis dando la espalda y no tendréis quien os defienda de Allâh.
A quien Allâh extravía no hay quien le guíe.
(Corán 40 – de 28 a 33).

Posteriormente Faraón trata de convencer a la corte mediante argumentos basados en amenazas; llegando incluso a sugerir a Hamam que le construya una alta escalera a fin de demostrar la inexistencia de Allâh.

A esto, de nuevo el hombre tomó la palabra diciendo:

Y dijo el que había creído: ¡Gente mía! Seguidme y os guiaré al camino de la recta dirección.
¡Gente mía! Esta vida de aquí es simplemente un disfrute pasajero pero la Última Vida es el hogar de la Permanencia.
El que haya cometido maldad sólo recibirá el pago equivalente a ella, pero quien haya obrado rectitud, sea varón o hembra, y sea creyente, ésos entrarán en el Jardín donde se les proveerá sin limitación.
¡Gente mía! ¿Cómo puede ser que yo os esté llamando a la salvación mientras que vosotros me estáis llamando al Fuego?
¿Me llamáis a que reniegue de Allâh y Le asocie aquello de lo que no tengo conocimiento, mientras que yo os llamo al Poderoso, al Perdonador?


No hay duda de que aquello a lo que me llamáis no puede responder a lo que se le pida, ni en esta vida ni en la Última, y a Allâh hemos de retornar. Y los que vayan más allá de los límites serán los compañeros del Fuego.
Os acordaréis de lo que digo. Confío mi asunto a Allâh, es cierto que Allâh ve a los siervos.
Allâh lo libró de las maldades que tramaron y cayó sobre la gente de Firaun el peor castigo.
(Corán 40 – 38 a 45)

Ibn Abbas – que Allâh esté satisfecho de él – dice que este hombre era un copto, y asegura que únicamente dos personas del pueblo del Faraón terminaron siendo creyentes: él y la esposa del Faraón y madre adoptiva de Mûsâ; una de las cuatro mujeres del universo (Así’a).

Poco o nada se ha escrito sobre este creyente, del que nadie aporta el nombre. A la vista de sus palabras podríamos fundarnos sobre el hecho de que fuera un profeta enviado a los coptos. Sabemos que Mûsâ fue enviado a los Hijos de Israˤil y que fue apoyado por su hermano Harun, quien también fue profeta, pero no enviado, ya que no trajo con él libro sagrado alguno.

Este hombre podría haber sido enviado a los egipcios y estos se negaron a seguirle. Esta tesis la apoyan las palabras siguientes:

¡Gente mía! ¿Cómo puede ser que yo os esté llamando a la salvación mientras que vosotros me estáis llamando al Fuego?
¿Me llamáis a que reniegue de Allâh y Le asocie aquello de lo que no tengo conocimiento, mientras que yo os llamo al Poderoso, al Perdonador?

Aquél que ofrece la guía a su pueblo con el permiso de Allâh es un profeta. No hay lugar a dudas sobre ello. Y más, cuando siguiendo el texto de su discurso, sus palabras denotan de la complacencia y el permiso Divino a su respecto.

Independientemente de esta consideración, y teniendo en cuenta la afirmación de Ibn Abbas que solamente dos personas del pueblo de Faraón fueron creyentes, podemos inclinarnos a creer que aquellos dos magos vencidos por Mûsâ y que fueron castigados por haber dado testimonio de fe, no eran coptos.

O bien puede ser que Ibn Abbas los haya obviado debido a la inmediatez entre su profesión de fe y su ejecución. No obstante, abogamos por la primera tesis, es decir, pensamos que no eran coptos.

Entonces los magos cayeron postrados y dijeron: «Creemos en el Señor de Harún y Musa».
Dijo: ¿Creéis en él sin que yo os haya dado permiso?
Ahora veo que él es vuestro maestro, el que os ha enseñado la magia. Os cortaré una mano y un pie del lado contrario y os crucificaré en un tronco de palmera. Así sabréis de verdad quién de nosotros castiga con más severidad y duración
(20 – 70 y 71)

Ibn Abbas dijo sobre ellos:

Estos magos eran magos al principio del día y mártires a su final.

Ibn Abbas dice que eran en un número de cuarenta. Se trataba de jóvenes de los Hijos de Israˤil a los que Faraón había obligado a aprender y ejercer la magia. Por este motivo ellos respondieron al Faraón cuando fueron amenazados por él:

Nosotros creemos en nuestro Señor para que nos perdone las faltas y la magia a la que nos forzaste. Allâh es mejor y permanece. (20-73)

Esto refuerza y clarifica la tesis de Abbas de que solamente dos egipcios fueron creyentes. Los magos que, cayendo postrados, creyeron, eran Hijos de Israˤil a los que Faraón obligó a ser magos.

Y Allâh sabe más.