12 octubre 2026
Diálogo interculturalNuevos Musulmanes

El Concilio de Nicea – El post concilio

Abdul Karim Mullor

El Concilio de Nicea – El post concilio

El Imperio Romano se encontraba en sus horas bajas. Entretanto, el número de partidarios del Cristianismo Paulino y trinitario iba creciendo; iba aumentando debido a la progresiva debilitación del imperio, que ya no daba abasto para controlar a su población. La época de conquistas acabada, ya solamente quedaba retrasar el declive amparándose en una sola idea: La religión.

Un imperio en el que se adoraba a las estatuas y a las deidades romanas, heredadas de las griegas, quizás a través de aquél Eneas quien, huyendo de Troya, dio en casarse con Lavinia, la hija del rey de los Latinos.

Los intereses de los dioses, que tradicionalmente habían estado en liza unos contra otros, eran contrapuestos. Esto era contraproducente, ya que se buscaba unificar para resistir. Los romanos, atacados por un lado por las tribus germanas y por otros enemigos situados más al Este, necesitaban un “solo dios” al que recurrir en grupo y en sociedad.

La idea de la trinidad (tres dioses en uno), en realidad, venía que ni pintada. Por un lado, no se cambiaba bruscamente a la idea de un Solo Dios. Había tres a quien pedir; y además estaba la Virgen María a la que también se podía acudir.

Solamente quedaba sustituir unas estatuas por otras; unas imágenes por otras. La Iglesia incipiente comenzó a sustentarse de la venta de productos “sagrados” imprescindibles en todas las casas. Rosarios, estampitas, escapularios, pinturas, imágenes, cálices y sagrarios. Y además, ahora ya en el poder, la Iglesia se podía enriquecer con la obtención de tierras y tierras que producían bienes agrícolas y minerales, sufragando así la vida lujosa y ociosa de sus representantes. Nuevos ricos “piadosos”.

Había que “documentar” el “sistema”, y para ello se dieron como buenos unos Evangelios trucados, un Nuevo Testamento documentado con cartas y epístolas, cuyos autores ya no podrían contestar la mentira de su autoría, porque habían fallecido tiempo ha.

Y esos nuevos libros deberían ser utilizados únicamente por el clero; no sea que si la gente supiera su contenido pudiera tener materia para contestar las mentiras de las que se componíaese Nuevo Testamento adulterado (incluido el libro del Apocalipsis).

Especial mención merece este último libro, en el que cualquiera que penetre con un espíritu clarificador, se percatará que se trata de una serie de alucinaciones procedente de lo más granado de aquél arte de Harut y Marut que aquellos ángeles enseñaban, no sin decir: “no lo aprendas es corrupción”. Un libro repleto de inventos y de símbolos absurdos y paranoicos que contrastan con la gran claridad de los hadices del Profeta – sobre él la plegaria y la paz – quien dijo cuanto habría de pasar en estos días con una exactitud pasmosa.

Dejemos los detalles y adentrémonos en las condiciones históricas en las que se celebró dicho concilio.

A él, acudían dos cristianismos: el Católico, representado por el Imperio Romano y sus clérigos acólitos; a la cabeza, el obispo Osio de Córdoba. Y por otro lado el Cristianismo Unitario representado por los obispos Arrio y Eusebio de Nicomedia.

En realidad, dicho concilio se celebró (año 325 dc) con el fin de “evangelizar” al Imperio Romano, o a lo que de él quedaba, y apoderarse de él, poniendo al Papa al nivel del Emperador, o quizás en un nivel superior. Se trataba de un negocio redondo, en el que Arrio y Eusebio de Nicomedia molestaban. Ya se encargó el obispo Osio de Córdoba de declararlos herejes, y por lo tanto, justiciables.

¿Cómo es posible que “los textos sagrados” del Catolicismo se hayan aprobado 292 años después de la Ascensión de Jesús a los cielos?

La respuesta es simple: se han escrito y en ellos se ha relatado lo que convenía políticamente a la adquisición del Imperio Romano por parte de la Iglesia.

De dicho concilio se salió con el Nuevo Testamento aprobado y con el control religioso del Imperio Romano en ruinas. Una nueva Roma había nacido; y, a partir de ahora, los mártires no serían dados a los leones del circo, sino a un animal más depredador aún que aquel que se ha dado en llamar “rey de la selva”; a saber: el ser humano corrupto.

(En la imagen, la iglesia en la que se celebró el concilio sumergida en el mar)

Uno de los más rabiosos perseguidores de los arrianos fue Agustín de Hipona, a quien la nueva Iglesia no tardaría en canonizar.

En aquellas famosas “Confesiones” que yo leí ya hace más de 46 años, su fijación contra los arrianos era enfermiza. Llegando incluso a inventar de mala fe que los arrianos adoraban al Sol y a la Luna. Su fijación por el pecado era enfermiza; una y otra vez no hablaba de otra cosa.

La verdad es que los arrianos adoraban a un Dios Unico y tenían a Jesús como un profeta, al igual que el Islâm. Pero había que enervar a las masas y crear un enemigo al que se le podía ultrajar, calumniar, e incluso perseguir y ajusticiar, a fin de que la Nueva Iglesia Católica aumentara su poder y control.

Agustín era un inquisidor embustero y de mala fe. Queriendo trepar a lo más alto del escalafón de la Iglesia, utilizó el odio al Arrianismo para ello. Era del Norte de África, y como corresponde a la época, muy aficionado a los leones, a quienes preparaba para ajusticiar arrianos.

Así pues, Arrio y Eusebio partieron de aquel contubernio llamado concilio, ya condenados a muerte, por el pecado de adorar solamente a Dios.

El principio de esa oración católica llamada “Credo”, parece de broma:

“Creo en un Solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu santo”.

En mi vida he podido leer algo con más descalabro.

Si es Uno no puede ser tres. ¿Cómo es posible que esa doctrina haya calado durante tantos siglos y en tanta gente?

Solamente hay una explicación. Y esta explicación es la verdadera:

Por la violencia.

La violencia hacia los arrianos – La violencia de los visigodos católicos hacia los visigodos arrianos – La violencia del Papado hacia los que se negaban a ser Católicos – La violencia en América Latina hacia los aborígenes – La violencia de la Inquisición hacia los moriscos – y más violencias que no es necesario recordar pues no queremos hacerlo ya por tedioso.

No hay mayor poder que el de la sugestión. Pues el poder armado puede hacer que se rebele la víctima. Y, sin embargo, el poder de la sugestión puede inmovilizar mentalmente a quien se deje embaucar y convencer.

Ahora comprendo por qué los católicos se esconden de un debate contra el Islâm.

Porque serían vencidos de una manera total.

Es mejor para ellos entonces, calumniar desde lejos para preparar mentalmente a los ignorantes que atacarán a cabezazos el muro impenetrable de la fortaleza islámica.

Allá cada uno con lo que embiste.

Como dijo aquél poeta español llamado Machado:

“De diez cabezas, nueve embisten y una piensa.”

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