13 abril 2024
Corán

Dijo: Realmente no podrás tener paciencia conmigo.

El Ser humano habla mucho y reflexiona poco; es precipitado, tanto en su lengua como en su mente. Se suele hacer ideas fijas sobre un asunto sin meditarlo suficientemente de manera previa, y ejecuta en consecuencia elecciones equivocadas en gran parte de las ocasiones. Pocos tienen la paciencia debida para escudriñar los asuntos y desmenuzarlos a fin de observar lo que se encuentra detrás de las apariencias; peor aún es, si esto lo hace dejándose llevar por ideas preconcebidas y/o prejuicios personales o sociales.

El hombre pide el mal de la misma manera que pide el bien, el hombre es siempre precipitado. (17-11)

Esto es humano, ocurre en todas las facetas de la vida: en la vida social, el estudio, el trabajo, la familia, la religión y en todo lo demás. Uno tiende a afincarse en ideas fijas, ayudado de un amor propio mal entendido.

Incluso, todo un profeta como Mûsâ – sobre él la paz – no fue paciente con al Jadir, según nos informa el Corán en el episodio que relata su encuentro, muy seguramente en Ceuta, ya hace algún que otro milenio.

Dijo: Realmente no podrás tener paciencia conmigo.
¿Cómo podrías tener paciencia con algo de lo que no puedes comprender lo que esconde? Dijo: Si Allâh quiere me hallarás paciente y no te desobedeceré en nada.
Dijo: Si me sigues no me preguntes por nada si yo no te hago mención de ello.
(18 – 67 a 70)

Dijo: ¿No te dije que no podrías tener paciencia conmigo? (18-75)

Dijo: Esta es la diferencia entre tú y yo.
Voy a decirte la interpretación de aquello con lo que no has podido tener paciencia
(18-78)

Efectivamente, las ideas preconcebidas, las posiciones inamovibles son las que solidifican nuestras posiciones de “nafs”. Para alimentar el “nafs” queremos que nuestras convicciones sean verdaderas forzosamente, no tanto porque sean legítimas, sino porque son “nuestras”. Porque “Yo soy yo, y mis circunstancias, y no hay nada más que hablar”.

Casi nadie soporta hoy que le digan que está equivocado en un planteamiento, en un pensamiento, en una afirmación. Tienes que andar de puntillas para llegar a sugerirlo de una manera magistral, con la ayuda de un arte más fino que el ojo de una aguja. Todo esto hace que la Verdad no se pueda transmitir, porque los “nafs” no aceptan que alguien sepa más que ellos, cerrándose así a ellos mismos las puertas a cualquier tipo de saber que pueda ser transmitido. Si tú le sugieres a alguien en materia de religión que eso no se hace de esa manera, te preguntará con qué derecho le corriges. Lo peor es que él no cambiará su mal proceder, precisamente porque tú se lo has dicho, para mostrarse con su nafs antes de pararse a pensar si lo que dices es cierto o no lo es.

Ciertamente, tampoco aquel que corrige está obligado a perseguir que se le haga caso, y entonces ocurre que abandona el asunto y deja a su suerte a quien comete el error y se separa de él. Total, si uno corrige por la Causa de Allâh, y él mismo tiene el buen hábito de escuchar a otro cuando le corrige a él, entonces ese tiene todo ganado y no necesita ir detrás de nadie que no quiere escuchar. Este proceder, visto lo visto, es legítimo de todas todas, y al final será el quién gane y el otro el que pierda por su empecinamiento. Se pierde mucho por no escuchar, y más a alguien que habla con un Permiso de Rabbi, porque puede ser que esas palabras, si las rechazamos, no tengamos la oportunidad de escucharlas una segunda vez.

Da la Sabiduría a quien quiere, y a quien se le da la Sabiduría se le ha dado mucho bien. Pero no recapacitan sino los que saben reconocer lo esencial. (2-269)

Por eso hermanos, muchos no aprenden, por falta de paciencia y de humildad; porque, como dice el Corán, “no saben reconocer lo esencial”. Y lo esencial es lo esencial; y Allâh no lo dice por decir. ¡Mucha atención! La sabiduría no es cualquier cosa, es el motor de la vida, es el motor del Din. Es asimismo que se echa en falta una sinceridad sin ambages, pues si la sinceridad es fuerte podrá con el orgullo y con la impaciencia.

Lo peor de todo esto es que son dichas actitudes las que van al encuentro de la Filantropía, la generosidad y la toma en custodia de las gentes más desfavorecidas por parte de aquellos cualificados para ello. Las relaciones humanas de base se han roto, y han sido sustituidas por las del abuso implacable de los poderosos sobre los débiles. Aquellos, aprovechando que los débiles no tienen asidero, al haber sido abandonados a su suerte por su empecinamiento, los devoran, tanto por fuera como por dentro.

Si las relaciones humanas de base estuvieran en su lugar; si las gentes unieran sus voluntades para trabajar juntos; si los ignorantes aprendieran para no serlo de aquellos que les pueden enseñar sin pedirles nada a cambio, nadie podría abusar de los débiles, pues esto se habrían convertido en fuertes al estar amparados por la sociedad de los justos y de los generosos.

Ellos, los poderosos, los que ejercen el abuso sobre el resto de la Humanidad, no son nadie si nadie les tiene en cuenta y obedece sus dictados. Por eso, ellos intentan atizar a unos contra otros, intentan disipar y hacer perecer desde su nacimiento el espíritu vivo e inocente de la Bondad que anida en el corazón humano. Ellos viven, respiran, de enfrentar al vecino con el vecino, a los padres y a las madres con los hijos, al marido con la mujer; resumiendo: a todos contra todos.

Es también el mal que aqueja el Islam; el de la ignorancia de unos, el abuso de otros, el orgullo como las montañas del Himalaya, el de la falta de compasión, la avidez, la envidia, el de querer acaparar cual Faraón lo que a uno no le pertenece, ni en cuestión de bienes, ni de Sabiduría; soñar con el puesto como un canario en el nido de un águila. Les hacemos el juego; baten las palmas al ver cómo nos relacionamos entre nosotros; se frotan las manos viendo que una Umma de más de 1.500 millones de personas no tiene cabeza, ni referencias, ni unidad, hasta tal punto que no es ni Umma ni nada que se le asemeje.

Una mezquita en cada esquina; un Nafs en cada casa; un listo en cada cátedra; un jefe debajo de cada piedra; un sabio de cafetín en cada terraza; un pedir y no dar; un mandar y no obedecer; un decir y no escuchar; un no vivir ni dejar vivir. Ese es el estado de los musulmanes como comunidad; un desastre, una hecatombe sin precedentes. Una enfermedad que no se curará hasta que un médico de las almas se haga cargo de aquellos cuya falta de entidad es como la de la espuma del mar y los pequeños corazones de los pájaros.