Diccionario sufí: al-maḥabba, el amor

Por el cheij Aḥmad ben ‘Aŷîba. Notas de El Mehdi Flores

El amor (al-maḥabba) es una inclinación persistente de un corazón prendado. Esta inclinación se manifiesta primero en los órganos externos (al-ŷawâriḥ) mediante la devoción al servicio divino (jidma), lo que corresponde a la estación de los puros (maqâm al-abrâr). En segundo lugar, se manifiesta en los corazones enamorados (al-qulûb al-šâ’iqa) por la purificación (taṣfiya) y el embellecimiento interiores, lo que corresponde a la estación de los postulantes itinerantes (murîdûn al-sâlikûn). En tercer lugar, se manifiesta en los espíritus (arwâḥ) y las conciencias íntimas (asrâr) purificadas, por la facultad que les ha sido concedida de gozar de la visión del Amado; esta es la estación de los gnósticos (‘ârifun).

El comienzo de la maḥabba se manifiesta pues con la jidma, continúa con la ebriedad (sukr) y el embeleso (huyâm) y se completa con el sosiego (sukûn) y el deleite sereno (ṣaḥw) en la estación de la gnosis (maqâm al-‘irfân).

Por esta razón, los hombres se clasifican en tres categorías (marâtib): los que se dedican al servicio divino (arbâb al-jidma), los dueños de los estados (arbâb al-aḥwâl) y los dueños de las estaciones (arbâb al-maqâmât).

El inicio corresponde al camino espiritual (sulûk) y al servicio divino, el medio al éxtasis (ŷaḏb) y a la extinción (fanâ’) y el final a la lucidez y la subsistencia (baqâ’).

Comentarios

Algunos tienden a pensar que el conocimiento de la realidad (‘irfân) es un conocimiento similar al conocimiento racional y que así como este es considerado tanto más perfecto cuanto más frío, es decir cuanto menos se vea influido por los afectos del alma, así también el conocimiento gnóstico debe ser considerado tanto más profundo cuanto más alejado esté de la esfera del amor. Sin embargo el conocimiento gnóstico no depende de la instancia de la razón (‘aql) sino de una dimensión más profunda a la que se denomina qalb (corazón) y dentro de ella, de otra más íntima denominada sirr (núcleo o secreto). Y en ellas, como bien lo expresa Ibn ‘Arabî, “la medida de tu conocimiento es la medida de tu amor”. Es decir, hay que amar para conocer rectamente. El Amor adquiere en cada nivel una coloración propia: en el nivel del alma se manifiesta como Eros, amor sensual y deseo erótico, en el plano del corazón como arrebato místico y en el espiritual como sosiego y dicha. En este último caso el siervo se convierte en el amante (ḥabîb) y el servicio divino deja paso a las nupcias en las que gusta el océano del vino de la no-dualidad (jamriya) océano de beatitud infinita y eterna. Ese AMOR con mayúsculas no es de este mundo sino que supera infinitamente todo afecto y todo placer que haya podido experimentar el alma en esta tierra. Es un Amor ilimitado, incondicional, indescriptible, purísimo, íntimo, acogedor, compasivo…todo lo sabe, todo lo comprende, todo lo abraza. Todos los epítetos del lenguaje humano no logran describirlo. Y ese Amor es la naturaleza esencial (fiṭra) de la Realidad, de Él venimos y al Él retornamos. El islam no es otra cosa que el camino de vuelta a esa fiṭra, mediante el recuerdo (ḏikr) de lo que somos desde siempre y para siempre y la adoración agradecida de esa Realidad (ḥaqq) que nos ha dado un regalo inmenso, gratuito e inmerecido, porque Dios nos ha amado cuando no éramos nada y nos ha dado, porque así lo ha querido, la Vida.

¡Allahumma, aŷ‘alna min al-šâkirîn! ¡Allahumma haznos de los agradecidos!