13 julio 2024
Sufismo

Comentario Hikam Al Alawi – Hikam XXV

Hikam XXV

Los más alejados de Allâh entre las gentes son aquellos mismos que exageran las alabanzas de Su pureza.

Comentario

Cada cual ensalza aquello que no tiene. En este sentido, esta sentencia abunda en imágenes reales que ocurren en los actos de todos los días.

Cuando algunos ensalzan los Nombres divinos comparándolos con las carencias humanas, es en ese momento que el discurso sale de los raíles trazados de antemano por la Verdad.

Podemos decir que Él es el Rico y nosotros pobres; es más, esto lo dice el Corán. Asimismo dice el Libro de Allâh que Él sabe y nosotros no sabemos. Podemos decir que Él es el Rey y nosotros los siervos. Asimismo diremos que Él es el Paciente y nosotros precipitados; que Él es la Santidad y nosotros cometemos faltas en todo momento, y así hasta completar las oposiciones entre Allâh y nosotros Sus siervos.

No obstante, y aunque este discurso sea aceptable al nivel de demostrar que Él es la Divinidad, así como el Señor, ha de quedar solamente vinculado a este aspecto de Poder-indigencia (Poder de Allâh e indigencia del servidor).

Si, al contrario ese discurso procede de la idea de que los atributos de Allâh son demasiado grandes y puros para que nosotros podamos integrarlos en nosotros mismos, entonces estamos separándonos de El a una considerable distancia.

En efecto, hay Nombre de Esencia (Dat) como son el Todo Misericordioso (A-r-Rahman), El que es el Mismo la Paz (A-s-Salam) y otros cuya cualidad solamente puede darse en El Mismo. De otra manera, existen atributos divinos que pueden y deben verse reflejados en el servidor.

Tales atributos divinos son aquellos que actúan como un puente de acceso a Su Conocimiento – alabado sea -.

Pongamos algunos ejemplos:

El Generoso (Al Karim), pues dicha generosidad debe verse reflejada en nosotros. El Paciente (A-ṣ-Ṣabur), pues la paciencia ha de ser uno de nuestros tesoros.

Esto viene avalado por el Corán y por la Sunna. En el Corán por la frase:

Y cuando tu Señor dijo a los ángeles: Voy a poner en la tierra a un representante Mío (2-30)

En cuanto a las palabras del Profeta – sobre él la plegaria y la paz – al respecto podemos destacar las siguientes:

El creyente es el espejo del Creyente

Ambas palabras constituyen diferentes maneras de expresar la misma realidad.

Volviendo entonces a la sentencia expresada por el Šayj Al ˤAlawi, podemos decir que aquellos quienes no son conscientes de este principio básico de la naturaleza del Ser humano, es decir, poder llegar a ser representante de Allâh en la tierra, se encuentran verdaderamente lejos de Allâh.

Ellos no han conceptuado la realidad de que Allâh se encuentra presente en nosotros mismos, delante nuestro y asimismo en toda partícula y átomo de la creación. Han magnificado Su pureza hasta el punto de desconocer que esa pureza puede entrar en nosotros y apoderarse de nuesrto propio ser.

Consideran un Dios lejano, inabordable, ausente, restándole así, sin saber que es por ignorancia, un Poder que Él tiene sobre todas las cosas.

Quien se considera lejos de Allâh es precisamente él quien se aleja, pues El – alabado sea – dice por boca de Muḥammad en una tradición santa:

Yo me comporto con Mi servidor según la idea que Él se hace de Mí.

No saben que Allâh dice:

Ni los cielos ni la tierra pueden contenerme; pero el corazón del verdadero creyente, sí puede contenerme.

Creemos y expresamos que la Ka’aba es la Casa de Allâh. Nadie en su sano juicio podría dar a estas palabras un sentido literal; pues un cubo de 11x11x11 jamás podría contener a un Señor Infinito e Inabarcable.

De la misma manera, el corazón del verdadero creyente es la Casa de Allâh, a mejor título que la casa que acabamos de describir.

Y si este corazón es consciente de la Presencia de las presencias en su seno ¿cómo entonces podría conceptuar a un Dios alejado y ausente?

Pues El, como dice Su Revelación:

Y cuando Mis siervos te pregunten sobre Mí…
Yo estoy cerca y respondo al ruego del que pide, cuando Me pide; así pues que ellos Me respondan y crean en Mí, ¡ojalá se guíen rectamente!
(2-186)