19 julio 2024
Sufismo

Astronomía islámica – El Sol

Autor: Ahmad Ibn Mustafa al Alawi

Traducción: Abdul Karim Mullor

El Sol es el alma del sistema solar (al hayyii’a-l-falakiyya) evocado precedentemente en la medida en la que él ejerce control sobre las partes de este sistema, es decir, los cuerpos separados de él. El centro de dicho sistema es lo que el corazón es al cuerpo, y es por lo que se le conoce como “la fuente”, pues los cuerpos celestes que se le encuentran ligados extraen sus recursos de él. Es el caso de nuestra Tierra, que si se viera privada de él vería llegar su fin “…y la Luna se ha partido en dos” (54-1). El Sol es pues una condición de existencia de la Tierra: “es la constante de Allâh que ya sucedió otras veces” (48-23). Él ha dicho: “…hasta un día en el que las miradas se quedarán fijas” (14-42), y en el que los océanos serán encrespados. Cuando el Sol, como un rollo se pliegue, cuando los astros caigan (81-1): he aquí una parte de lo que llegará en razón de dicho enrollamiento, a saber, la desaparición de la luz. Allâh menciona el ensombrecimiento de las estrellas y el desencadenamiento de los océanos, pues el Sol es como el espíritu, que cuando abandona el cuerpo, provoca la extinción de los sentidos. Es esta pues una de las características del Sol. En cuanto a su volumen se refiere, difícilmente podemos medirle sino es de una manera aproximada. Las tradiciones proféticas hablan de un volumen inmenso, de una talla mucho más grande que la de la Tierra, y en cuanto a los científicos se refiere (ahlu-n-nadhar), hablan de un volumen un millón de veces superior al de nuestro planeta, lo que es verosímil, cuenta habida de la gran distancia que nos separa. Su luz no cesa de beneficiarnos, y su inmensidad no deja de estar presente: “Es la obra de Allâh, que ha hecho magistralmente toda cosa” (27-88). La inmensidad del Sol es ciertamente algo extraordinario, a un punto tal, que si la Tierra cayera dentro a él no le afectaría en nada, y diría: “Algo más aún” (50-30).

Reflexionad en la inmensidad de este cuerpo celeste y a la identidad de Aquél que le impide desaparecer. Santificado sea Aquél cuyo poder es inmenso.

Sabed que el Sol reúne tantas características impresionantes que sería tarea vana tratar de enumerarlas todas. El se encuentra muy alejado de la Tierra, a una distancia inconmensurable; basta con decir que él se encuentra en el cuarto cielo para comprender lo difícil que es situarle en referencia a nosotros, si fuéramos capaces de reflexionar solo un poco sobre la distancia que nos separa de él. El tiempo mismo habría desaparecido antes de que lográramos viajar hasta él. Y, a pesar de todo, no dejamos de beneficiarnos de su fuego sin ni tan siquiera podernos preservar de su calor; es increíble como este calor no se ve afectado por la distancia que nos separa. Si nos imagináramos lo que es la inmensidad de Su (de Allâh) poder – exaltado sea, tal y como se manifiesta en la inmensidad de ese cuerpo (el Sol), nuestra imaginación sería reducida a cenizas; más aún si tratáramos de fijar nuestros ojos en él, sin tener en cuenta que la realidad sobrepasa la imaginación.

El Sol es un cuerpo de fuego, en el que se ven rodeados puntos vacíos llamados por los astrónomos “el negro sobre el blanco” (las manchas solares), siendo la mayor parte del tiempo invisibles, sabiendo que la menor región en él es del tamaño de la Tierra.

Brevemente, el Sol es una realidad prodigiosa que se caracteriza por una agitación propia (iḥtisas, es decir, su propia rotación), y un movimiento (iḍtirab) “a punto de desbordarse en cólera” (67-8). Por su agitación propia, todos los planetas se mueven, así como por su movimiento es todo el sistema solar que orbita. Si este último movimiento no se evidencia a nuestros ojos, es porque el legislador (Muhammad) no hablaba de ello, habida cuenta del riesgo de perturbar las mentes de los creyentes, no siendo, por otra parte, el objetivo de su mensaje, que era claramente obrar por el beneficio inmediato de los hombres y el de llamar a la comprensión de las verdades evidentes, dejando a un lado las particulares: frecuentemente, él no se entretenía en disertaciones, no recurriendo sino a los argumentos claramente demostrables. ¿Qué hubiera dicho el Qurayš si él hubiera afirmado que el movimiento del Sol es aparente y que es el de la Tierra el que provoca la ilusión de que él gira alrededor nuestro? Si hubiera sido así, él tuviera entonces que haber dedicado una gran cantidad de tiempo para probar dichas afirmaciones, multiplicando las explicaciones, siendo que ya era tratado como un loco cuando les hablaba de la Unicidad divina, la cual, no obstante, no da lugar a largas explicaciones para poder ser comprendida y aceptada. A pesar, entonces, de su grado eminente, él no llegó a instalar la fe en sus corazones sino después de una argumentación irrefrenable, de tal magnitud que hubiera reducido las montañas en polvo.

He aquí entonces, porque él se abstenía de hablar de temas que no se correspondían con un objetivo o un interés incontestables. Con frecuencia, él no respondía a lo que se le preguntaba tratando de llevar la conversación a un terreno más útil. Es así, que cuando se le preguntaba porque la Luna crece y mengua, que es una cuestión que releva de la ciencia de la Astronomía, que uno no puede representarse sin dificultad, Allâh le inspiró una respuesta que permitía pasar de inmediato a temas de mayor importancia: “Te interrogan sobre las fases lunares; di: ellas son referencias temporales para los hombres y el peregrinaje… Más tarde; Allâh ha significado otra cosa más importante diciendo: “La piedad no consiste en entrar en las casas por detrás, la piedad consiste en temer a Allâh” (2-189). Aún si las dos partes de la aleya no se encuentran ligadas a los mismos asuntos durante la revelación, el secreto de su proximidad es el siguiente: la pregunta que habéis hecho no constituye un objetivo esencial, siendo aquél por el cual los Enviados han sido destinados no otro que el de tener fe en Allâh.

Ahora retornemos a la cuestión del movimiento del Sol en el que algunos pasan pena para conciliar las fuentes tradicionales y la razón. Por un lado, existe un versículo coránico explícito que afirma que el Sol se mueve, y, por otra parte, para algunos, él es en realidad el centro alrededor del cual giran los planetas.

La razón no puede declarar que algo es imposible contradiciendo para ello una aleya que es explícita, salvo que Allâh Mismo declarara que tal cosa fuera imposible; ahora bien, El ha dicho: “Y el Sol que corre a un lugar de reposo que tiene” (36-38). El movimiento del Sol es por tanto un artículo de fe, aunque todo depende seguramente del sentido que se le dé a este término de “movimiento”.

Algunos teorizan de que este movimiento no es otro que el de la rotación sobre en él mismo, excluyendo cualquier desplazamiento: el Sol, sería por lo tanto para ellos el centro alrededor del cual los planetas giran. De esta manera, aunque este movimiento de rotación resulta difícil de percibir, sería el movimiento del que habla la aleya. Ellos otorgan fe entonces a esta aleya de alguna manera, hasta que Allâh les tome de la mano a fin de hacerles comprender la realidad. Otros, cuyos conocimientos son más bastos que los de los precedentes, dicen que el Sol realiza un movimiento difícil de percibir, que le lleva a desplazarse llevando en ese desplazamiento a la Tierra a su vez. Sería pues el hecho de que la Tierra se encuentre ligada a él lo que nos impide percibir dicho desplazamiento, ya que ese movimiento aunque real, no puede ser percibido a causa de que la Tierra es solidaria con el Sol. He aquí pues, entonces, porqué los observadores se ven obligados a quedarse ahí; sin ir más allá. Es como si alguien se encontrara en un barco en un punto cualquiera, cerrara los ojos, y cada vez que los abriera constatara que esa parte no se mueve ya que se encuentra bajo su mirada en cualquier circunstancia. ¿Debería por ello concluir que esa parte es inmóvil? En realidad, la Tierra tiene tres movimientos: ella gira alrededor de ella misma, lo que produce la sucesión del día y de la noche; asimismo ella gira alrededor del Sol, lo que produce las cuatro estaciones, y ella sigue al Sol en su propio desplazamiento, Sol cuyo movimiento es determinado por otro astro (kawkab), del cual algunos dicen que se trata de uno de los astros de las Pléyades (zurayyah). Veremos más adelante cómo es el movimiento de la Tierra; aunque, sea como fuere, “el Sol se mueve según una trayectoria impuesta[1], aún si este movimiento no es en sí tan manifiesto que pueda ser observado por nuestras miradas. Según Abû Suˤud esta aleya ofrece una lectura diferente: wa-š-Šamsu taŷri li-mustaqarrim lahâ, siendo que la “la” de “lahâ” posee el significado de “laysa”, dicho de otra manera el Sol no cesa de aparecer; si él se pone desde el punto de vista de algunos hombres, él es de la misma manera levantándose para otros. Es esta la postura adoptada por la mayoría de los sabios tradicionales. Como transmite el autor del Ruḥ al bayân[2], el imam de Al Haramayn (Ŷuwainî), dice que no hay divergencia alguna entre los sabios sobre el hecho de que el Sol, si se pone para unos habitantes de la Tierra, al mismo tiempo sale para otros. Las noches son más largas que los días para unos habitantes de la Tierra y más cortas para otros, siendo siempre iguales al día únicamente al nivel del ecuador. De esta manera, el Sol no se encuentra en momento alguno totalmente escondido, lo cual es radicalmente contrario a lo que algunos se imaginan que piensan que el Sol se escondería en una fuente terrestre. Rasî y los autores del tafsir llamado “Al Ŷalâlayn”, dicen que la puesta del Sol (de la cual es cuestión en la aleya 18-86 “se ponía en un manantial cenagoso”), no es una puesta real, y es por ello que Allâh ha dicho de Dul Qarnayn que él le encontró (waŷada) poniéndose en una fuente hirviente. El no ha dicho que era el caso según el cual pudiera deducirse que el Sol desaparecía en realidad. El sentido de esto – y Allâh sabe más – es que él tuvo la impresión que su mirada le transmitió sobre este asunto, a saber, que el Sol se ponía en una fuente hirviente; es como si se dijera: “Me encontraba en una región tal, y encontré el Sol poniéndose sobre el mar”. De esta manera la puesta en una fuente hirviente no es otra cosa que una figura retórica. ¿Cómo podría ser de otra manera puesto que precedentemente los sabios tradicionales más autorizados establecen que el Sol es inmensamente más grande que la Tierra? Como lo dice Rasî, citado por el autor del Ḥusûn al hamîdiyya[3], las gentes que se refieren a las tradiciones dando un sentido literal a esta aleya son necesariamente dignos de que nos salvemos de ellos, mientras que la Palabra divina es totalmente inocente de sus dichos.


[1] La transcripción de estas palabras del Corán en árabe es: Šamsu taŷri li-mustaqarrim lahâ dâlika taqdiru al Asisu-l-ˤAlîm

[2] Ismaˤil al Ḥaqqi (1653-1725).

[3] Hussain Ibn Muhammad al Ŷasr a-t-tarabilisi.