Al-Gaira, los celos divinos

Por el cheij Aḥmad ben ‘Aŷîba. Notas de El Mehdi Flores

«Los celos es ser reacio a ver a la persona amada en compañía de otros; rivalizar en esfuerzos con otros para obtener la posesión exclusiva de la persona amada. Al-Shibli dice: «Hay dos tipos de celos: los celos humanos que afectan a las personas y los celos divinos que tienen que ver con los corazones.
El significado de este dicho es que, por naturaleza, el hombre es reacio a ver a la persona que ama, su pareja, por ejemplo, con otro; en cuanto a Dios, Él odia ver los corazones de sus amigos unidos a otro que no sea Él. Como dijo el profeta: «Nadie es más celoso que Allah, por eso ha prohibido la deshonra exterior e interior».

No hay otra cosa en la existencia más que los celos divinos, los cuales penetran en sus lugares epifánicos.

Los celos que se ejercen hacia las personas son los de la gente vulgar, que es celosa de los ataques al honor de su familia; los celos que afectan a los corazones son los de la gente selecta; son recelosos de que su corazón se incline hacia otro que no sea su Amado; los celos que tienen que ver con los espíritus y las conciencias íntimas son los de los elegidos entre los selectos; son recelosos de que su espíritu se vuelva hacia otra cosa que no sea el Amado y que el Amado se incline hacia algún otro.

En este subido sentir, el servidor tiene el derecho de estar celoso, como dijo el poeta:

«Si no compito por Tu amor y no tengo celos de Ti, entonces, dime, ¿por quién tendré yo que batirme? No desprecies mi alma, pues Tú eres su amado y cada ser desea a quien se asemeja».

Puede ser que Allah esté celoso de sus amigos y se vengue de quienes les hacen daño. Este es también un efecto de Sus celos que no revela a todos; Él los guarda con un esmero celoso y solo les deja encontrarse con Sus criaturas bajo el velo del incógnito, puesto que ellos son las novias de su Noble Presencia».

Notas

La palabra árabe «gaira» ( غيرة ) emana de la raíz léxica g-y-r que significa a la vez alteridad y celos. Cuando se dice que «no hay otra cosa en la existencia más que los celos divinos (gaira) los cuales penetran en los lugares epifánicos», hay que entender que la existencia (wuǧûd) es solo una imagen del Creador que se refleja, como en un espejo, en sus «lugares epifánicos» (maẓâhir taǧaliyyatih) que son las conciencias limitadas de las criaturas. Una imagen reflejada no es el ser real (al ḥaqq) pero tampoco es otro que Él (gayruhu). La imagen o criatura existe pero no es, la existencia es un barzaj, un estado intermedio que oscila entre el ser y el no ser. El único Ente real es Allah que se refleja o encuentra en innumerables existentes (mawǧud). La existencia de la criatura depende totalmente de Allah, como la sombra depende del objeto que la produce, por eso se dice que esta es un «esclavo» (‘abd) de su Señor. Esa dependencia ontológica se conoce también como faqr (indigencia) y al indigente como faqîr. El hecho de reconocer la nadidad de todo existente pone ipso facto de manifiesto su excelencia, pues saca a relucir al Ente verdadero que es su substancia, que no es otro que Allah, de ahí que el profeta dijese: «faqri, fajri» (Mi indigencia es mi honra).

Entender esto nos abre la puerta a la comprensión de la cristología islámica, que Ibn Arabí resume magistralmente en una sentencia: «Dios es Jesús, pero Jesús no es Dios». La creación es una imagen similar al Creador, es decir una simulación. Ninguna imagen puede compararse con el Ente real en cuanto que carece de «entidad» para ello.

La imagen existe porque Dios le «presta» atención, y esa atención es la «gaira«, la alteridad que viene aniquilada simultáneamente por los celos de Su unicidad.

Esa creación-aniquilación simultánea es el latido del corazón divino, lo que la ciencia moderna llama la energía, el pulso causante de la creación, siempre renovada a cada instante (jalq ǧadid). La existencia depende de ese ritmo divino, por eso Ibn ‘Aǧiba dice que en la creación no hay otra cosa que la gaira e Ibn Arabí que «todo en la creación está en movimiento».

«Nadie es más celoso que Allah -decía el profeta Mohammed- por eso ha prohibido los pecados contra la honra familiar (fawâḥiš) exteriores e interiores». Los fawâḥiš son los actos que atentan contra el honor de cualquiera de los integrantes de una familia, en especial el marido y la esposa. Aquí se compara a Allah como un cónyuge celoso de su pareja que no puede soportar que desee a otro (gayr).

Allah está celoso de sus amigos (awliyâ’) y los aparta de las miradas de las criaturas como las novias (arâ’is) se ocultan de la mirada de los otros. De ahí que los awliyâ’ pasen generalmente desapercibidos al común de la gente de tal modo que, al decir de Ibn Arabí «cuando están presentes nadie les presta atención y cuando están ausentes nadie les echa en falta». Los fawâḥiš exteriores son las transgresiones de la shari’a, los interiores son estados de conciencia dualista, cuando la criatura cree «ser alguien». Cuentan que Rabi’a al- ‘Alawíya se encontró un día con un santo varón acompañado de sus discípulos y que este le confesó: «Durante cuarenta años he domado mi alma de tal modo que ya no le permito cometer pecado alguno». A lo que Rabi’a le contestó: «Vives en pecado mortal si crees que estás vivo». Es decir, el mayor de los pecados es creer que eres alguien al lado de Allah. Es lo que el profeta denominaba el shirk jafí. De ahí la reticencia entre los gnósticos (‘ârifûn) a pronunciar el pronombre personal «yo» (ana) dado que es una palabra que solo Él puede emplear. Como dice Rumí: «Solo Él tiene derecho a decir yo».

Ben ‘Aǧiba nos dice que los amigos de Allah son las novias de Su Noble Presencia, en árabe ‘arâ’is ḥaḍratih. La ḥaḍra es la presencia divina en cada plano de la existencia. Ibn Arabí los compendia en cinco planos que descienden desde la ‘Ahadiyya (Unicidad más allá de la Unidad) hasta el Mulk o mundo de la pluralidad física. Allah ha elevado a sus amigos del grado de siervos al grado de esposas lo que les permite compartir los secretos de alcoba que están vedados a otros. Disfrutan del honor de la intimidad (uns) y Allah los honra y bendice a aquellos que los honran. Por eso dice el Corán que «Allah y sus ángeles rinden honores al Profeta». Su presencia en esta tierra es como la de un árbol frondoso bajo el que se refugian las criaturas para escapar del ardiente sol del mediodía. Son la fresca sombra de Allah en el desierto de este mundo, de ahí que su compañía sea una fiesta, un preludio de la dicha infinita y eterna que aguarda a los que Allah tenga a bien otorgarla.

¡Qué Allah se compadezca de nosotros y nos permita disfrutar en ambos mundos de tan dichosa compañía!